Prólogo

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Para entrar al castillo solo debían saber que la clave era la llave.
Sí, la llave.
Un juego de palabras que el rey dio, con ironía, al guardián del castillo para que todo aquel que quisiera pudiera atravesar sus puertas.

Todo aquel que pasara por allí sería testigo del genuino aprecio del rey y de su deseo de acercarse y compartir con los más necesitados.

Pues él, en verdad, deseaba ser un rey bueno y justo, como Dios manda.
Durante todo su gobierno había protegido a su pueblo del hambre y de las pestes.

La mente humana, en cambio, parece responder mejor a la violencia.
No obstante, el pueblo, tras hileras de dientes bien preparados, escondía una oscuridad que había enraizado en la traición.
Un callejón negro sin salida. Armas, complots y demasiadas malas intenciones acumuladas durante años de resentimiento y calumnias. Pero, por sí solos, no podían. Les hacía falta un líder o una excusa para alzarse contra sus reyes.
Sin embargo, lo único que les impedía hacerlo era el gran poder del rey. Pues, aunque era bondadoso, también era un estratega muy inteligente.

Tenía a los soldados que habían sobrevivido a las épocas más duras.
Los mejores planes para la guerra y armamento de sobra.
Pero nada de eso bastaba para protegerlos, pues el problema era dentro del reino. Y al final se enfrentarían a un mal que no era de este mundo.
Luego de cada guerra que ganaban, aunque derramaran sangre, no mataban mujeres ni niños debido a las políticas del reino. Si la crueldad tenía un límite, el rey juró que ese sería.

La reina, a diferencia de él, no era conocida por ser dulce y entregada con todos. Pero, si algo era seguro, era que amaba al rey y que escondía un secreto que casi nadie conocía: esperaba un hijo suyo.
Todos los días la vestía con los mejores vestidos. Colores poco comunes, como el azul metálico, el amarillo beige y el rosa pálido, dominaban su armario.
Eran los colores que más le gustaba usar.
Aunque en ocasiones especiales, vestía de rojo cadmio y púrpura eléctrico.

Juntos organizaban los mejores bailes. Y las más espléndidas mascaradas. Derrochando lujos para que todos estuvieran invitados.
Gobernaron con paz y armonía, haciendo alianzas y llevando prosperidad a las naciones que dependían de ellos.
El pueblo, en cambio, se mostraba impecable en sus elogios, pero solo era una fachada.
Escondían un mundo tras las ambiciosas llamas de sus ojos, uno donde la semilla de la discordia no tardaba en germinar.
Lo que en realidad querían era poseer todo lo que el rey tenía. Cada vez que este les abría las puertas de su palacio. Crecían las conspiraciones. Quien entraba también era testigo de la gran riqueza que poseían los reinos de antaño. Una riqueza que parecía inescrutablemente distinta y ajena a las desgracias.
Era un reino que parecía capaz de durar para siempre.
Con la llegada de los Valerius, todo cambió. Lo que antes era solo un rumor creció hasta horrorizar al rey.
Los Valerius llegaron una noche de tormenta. La lluvia caía con fuerza y, cuando por un instante cesó, lo único que se escuchaba era el ruido de sus pisadas. Corrían con rapidez; sus botas golpeaban el suelo con un sonido duro y áspero, formando charcos a su paso.

Diciendo ser amigos de tierras lejanas, se asentaron en el palacio del rey.

Al principio, el rey no confiaba en ellos. Aun así, les dio de comer, los alojó, los bañó y los vistió.
Les ofreció duchas individuales construidas sobre aguas termales de manantial, ricas en minerales para la piel.
El rey desde el principio noto las marcas de esclavitud en las muñecas de las mujeres Valerius. Habían llegado cubiertas de tierra, con bebés en brazos. Sin embargo, no dijeron nada; simplemente procuraron que también fueran atendidas.
Habían gobernado el reino durante tantos años que jamás imaginaron que alguien pudiera arrebatárselo. No conocían ningún reino más poderoso que el suyo.
Pero un día, a través de una carta, el rey descubrió una verdad, justo antes de que atacaran su reino y tuvieran que huir.
La verdad manchaba de sangre a quienes habían sido los antiguos dueños de esas tierras. Las cuales no habían quedado exentas de maldiciones. No hubo ciudad que se salvara de los años venideros, en los que la esclavitud sería moneda corriente.
El rey tomó a su esposa y la sento encima suyo , estaban comiendo y brindando, mesas y sillas de madera Con su vestido largo
Rey-Que hermosa y delicada mujer. Brindaba con sus soldados y generales al mando.
Rey- Si tuvieran una como esta, les aseguro que sus problemas acabarían.
Haciendo chistes estúpidos , todos reían.
Soldado- Si tuviera una así no me verían aquí, y así siguieron los chistes
-Si tuviera una así tendría muchos hijos dijo uno.
Justo cuando trajeron una botella de vino con una carta que debían leerla después. En esta época se creía que tomar vino ayudaba a combatir enfermedades. La reina no tomaba pero por desafío o diversión le dio un gran sorbo. Como ven las mujeres son felicidad pura.
Justo cuando el rey vio a su reina desplomarse con una copa entre las manos.
Mientras un vino que parecía sangre se deslizaba por su boca.
La sostuvo entre sus brazos y limpió su rostro con amargura.
La habían envenenado.
No... Todo era parte de un ritual: la habían sacrificado.
Toda la fortuna de tenerla se había perdido. Aquello que siempre le dio fuerzas ya no estaba. Su belleza ejemplar se apagó tras perder la vida. Nunca envejecería, pero tampoco volvería a despertar. Permanecería dormida para siempre.
Hasta entonces, muchos se preguntaban qué tenía de especial la reina para que el rey la hubiera elegido a ella y no a ninguna otra.
Las jóvenes que antes la envidiaban lamentaron su pérdida y también la del reino, antes próspero, que desapareció como si jamás hubiera existido.
La reina quedó postrada. Fue lo único que se logró salvar antes de que pudiera confesarle al rey que estaba embarazada.
La cena había transcurrido con total normalidad hasta aquella noche. Los rumores sobre su embarazo ya se habían extendido por todo el reino, y ella había revelado que llevaba siete meses de gestación.
Entonces la tormenta arreció con una fuerza descomunal.
Pero lo que realmente se escuchó fue algo mucho peor: el estruendo de una enorme piedra al impactar contra el castillo y la voz furiosa de un hombre mientras la fortaleza comenzaba a derrumbarse poco a poco.
-¡Tiren!
El bebé nació cuando el ruido de la guerra cesó por unos instantes.
Después, los estruendos volvieron con más fuerza. Eran tan intensos que el llanto del recién nacido apenas podía oírse.
Por segunda vez, el ruido cesó durante unos segundos, como si el destino quisiera que el rey contemplara a su hijo.
El bebé había nacido prematuramente y, además, presentaba graves deformidades en el rostro.
El rey intentó tomarlo entre sus brazos y aferrarse a él, pero el rechazo que sintió fue innegable.
Sus fosas nasales apenas funcionaban correctamente y respiraba con enorme dificultad. Ni siquiera parecía humano.
El rey no tuvo más opción que escapar.
Nadie, excepto él, sabía de la existencia del niño.
Todos creyeron que había muerto durante la invasión junto con la reina.
Nadie imaginó que ambos sobrevivirían, aunque de la forma más cruel e insoportable.
Ver a su hijo tan desfigurado, con una apariencia casi monstruosa, borró todo rastro de esperanza para él y para el futuro del pequeño.
El pueblo al que tanto había amado lo había arrastrado hasta aquel destino.
Aquella existencia ya no parecía tener sentido. Todo aquello a lo que podía aferrarse había sido destruido. Solo quedaban las ruinas de lo que alguna vez había sido su hogar.
Una noticia que debía haber sido motivo de felicidad terminó convirtiéndose en la peor de las tragedias.
Toda la fortuna que poseía era lo único que le quedaba.
Pero, para quien lo había tenido todo, ¿qué significaba conservar únicamente sus tesoros?
Estos quedaron escondidos en fosas comunes, cuya entrada se encontraba en una cueva que solo él conocía.
La carta decía:
Marlena, la diosa de los Valerius.
El rey: ¿Todo esto lo hicieron por un dios invisible que nunca han visto?
El rey: ¿Quién es Marlena? ¿Y qué tiene que ver con que derriben nuestro castillo?
Adorada musa de la creatividad, los cambios y las transformaciones, dicho por los Valerius. Aquella que es conocida por ser indiferente a los asuntos de los hombres y la causante del caos.
Seguía leyendo cuando la indignación tomó fuerza.
Ella dará castigo a aquellos que maten despiadadamente.
-Parecía ser más una maldición. ¿Por qué los Valerius hablaban de una recompensa?
A quienes derramen la sangre de los Tepes les concederá la inmortalidad.
-Ellos buscaban vivir para siempre.
Aquellos que se conviertan en vampiros: por primera vez escuchaba el nombre. Tendrán todo, pero nada los podrá saciar.
Jamás lo hubiese pensado, pero ahora eso justo encajaba con lo que les pasaba. Como signo de que el hombre está destinado a asesinarse.
Con una mueca cínica, el rey recibió las palabras al final de la hoja, de los Valerius.
«Disculpen, reyes que nos sirvieron con amor, mas nuestras intenciones son otras desde hace siglos. Y, por fin, nuestro clan la ha encontrado.
Ahora serán testigos de una miseria nunca antes vista. No nos costó mucho decidir entre su vida y la nuestra: vivir para siempre.
Poder destruirlos, poner a todo el pueblo en su contra, que ahora mismo, y solo por su gran riqueza, destruye el castillo, sin saber lo que se oculta en ustedes.
Nosotros seremos poderosos viendo su reino caer por las promesas del rumor que propagamos.»
Fue así que el rey tomó a la reina y escaparon por una puerta secreta antes de que el castillo se derrumbara sobre ellos.
Cómo no ver avecinarse el declive de algo tan puro que no parecía ser de este mundo. El fin de un reino tan poderoso en su propio universo, donde las flores derretían la nieve; incluso en invierno florecían cuando esta cubría todo el pasto.
El rey, aún joven, huyó a un pueblo cercano. Allí se estableció y crió a su hijo. El pueblo estaba atravesado por un gran río que nacía de una cascada. Abundaban los árboles, los bosques y los animales, y sus habitantes sobrevivían principalmente de la caza y los cultivos.
En la mente del rey ya no había nada por lo que vivir. La muerte se había convertido en un pensamiento obsesivo. «¿Por qué no te matas?», se repetía a sí mismo. Pero, aun así, quería a Lifeless y estaba decidido a ser un buen padre para él. Era lo único que le quedaba al niño.
Lifeless creció jugando solo. No tenía amigos y, como apenas podía hablar, los demás niños siempre lo trataron como a un excluido. Existir nunca fue fácil para él; tuvo que endurecerse para sobrevivir.
Su padre pudo darle un hogar y sustento, pero nunca el amor ni el cariño que necesitaba. Tampoco conoció el afecto de una madre, pues Clotilde, a quien el rey le dijo que era su hijo, jamás logró aceptarlo por completo. Hasta entonces, Lifeless solo había conocido el odio.
En algún punto, el rey entendió que esa realidad nunca sería lo que él quería, ni para él ni para su hijo. «Somos unos fenómenos», se repetía. Había algo en él que dolía y empeoraba. Sin saber más que lo que los Valerius le habían dicho sobre el ritual, intentó terminarlo y, para eso, secuestró a su criada.
Comprendió que debía tomar su sangre para transformarse. Lo que no sabía era que no funcionaría, que lo que él deseaba sucedería siglos después, luego de la primera alianza con Marlena, y que él no sería parte, sino su hijo.
Pues volvería a fracasar.
Entonces, un día, Clotilde decidió seguirlo, no sin antes ser alertada por los Valerius.
Ellos le prometieron libertad, riqueza e inmortalidad. Le dieron oro, el primer oro que recibía, y ella les creyó, convencida de lo que estaba a punto de hacer.
Sería capaz de asesinar a Lifeless para completar el ritual.
Escoria sin finalizar.

 Noche De AmorCerita yang bikin terobses. Temukan sekarang