Verano.
El octavo fardo de heno cayó sobre la pila improvisada frente a las puertas del establo. Aquel golpe seco levantó pequeñas partículas de polvo que no tardaron en adherirse de inmediato contra mi piel sudada. Agotada levanté la vista hacia la parte trasera de mi camioneta notando como aun me quedaban veinte fardos más por descargar. Suspiré presionando mis manos contra mis caderas. Hice mi mejor esfuerzo por no verme demasiada cansada a como realmente me sentía, pero estaba siendo difícil, el sol de julio caía sin piedad sobre el campo, siendo pesado y sofocante, al punto que estar de pie bajo su mirada era una total tortura para cualquiera que no estuviese acostumbrado a este tipo de trabajo.
Por mero impulso bufé, para luego simplemente llevar mi mano izquierda hasta mi hombro derecho donde presioné con fuerza, intentando aliviar la tensión acumulada en el músculo. La piel me ardía. No tanto por el esfuerzo de cargar y descargar peso durante horas, sino por el sol golpeándome directamente sobre la nuca y la espalda desde temprano por la mañana.
Era un calor abrasador. De esos que atraviesan la ropa y terminan instalándose debajo de la piel. La franela que llevaba puesta ya estaba pegada a mi cuerpo por el sudor, y la musculosa debajo apenas servía de algo. Cada movimiento hacía que la tela húmeda rozara mi espalda caliente de manera irritante, pero quejarme no cambiaría nada. Aun tenía mucho que hacer. Así que rápidamente volví a descargar otro heno más.
Yo era la única heredera de la granja Myoui y como tal, sabía que debía cumplir con ciertas expectativas que quizás eran demasiadas exigentes para una persona joven, pero estaba acostumbrada a eso, fui criada para ser esto, pero no siempre fui tan dócil como lo era ahora. De niña odiaba que cada error mío fuera observado como si estuvieran evaluando a una futura líder y no a una simple mocosa tratando de descubrir quién demonios era. Durante mi adolescencia me convertí en un verdadero dolor de cabeza para mis padres. Rebelde, insoportable y desesperada por demostrar que podía vivir lejos de la granja. Incluso hubo un momento en que consideraron enviarme al extranjero al no poder controlar mi mal temperamento.
Y quizás habría sucedido si yo no hubiera decidido cambiar.
Con el tiempo entendí algo que me costó demasiado aceptar: no importaba cuánto intentara escapar, esas tierras siempre serían mi hogar. La granja estaba metida bajo mi piel de la misma manera en que el olor a tierra húmeda se impregnaba en la ropa después de trabajar todo el día.
Así que dejé de pelear contra ello.
Y durante doce años esa fue mi vida. Hasta que, en los últimos cuatro años todo comenzó a cambiar. Durante ese periodo de tiempo padre lentamente había comenzado a entregarme ciertas responsabilidades, en aquella época ni siquiera me di cuenta de cuales eran sus verdaderas intenciones, así que lo acepté.
El primer año me dediqué a supervisar las cosechas, el segundo a negociar precios y organizar a los trabajadores, en el tercero a comenzaron los contratos. Ahí fue cuando empecé a sospechar que algo no estaba bien. Sin embargo, verlo seguir trabajando como siempre me tranquilizaba, porque continuaba recorriendo los campos, revisando maquinaria y levantándose antes del amanecer como si nada hubiera cambiado. Así que ignoré esa sensación. Grave error. Porque al cuarto año dejó de ser una ayuda temporal.
Papá simplemente comenzó a pasarme todo. Distribuciones. Cuentas. Terrenos. Decisiones importantes.
Y un día, sin darme cuenta, los trabajadores dejaron de buscarlo a él para pedir instrucciones. Comenzaron a buscarlas en mí como si yo fuese el apoyo real de estas tierras.
Todavía recuerdo todas las discusiones que tuvimos por eso. Yo me enfadaba. Le gritaba que todavía podía encargarse de la granja, que no necesitaba retirarse, que estaba apresurando algo que nadie le había pedido. Pero él solo sonreía con esa calma agotada que últimamente parecía acompañarlo siempre. Decía que merecía descansar. Que después de toda una vida rompiéndose la espalda por esas tierras, finalmente podía permitirse jubilar. Y tenía razón. Nadie había trabajado más duro que él, pero aún así, yo no lograba aceptar del todo el lugar que me estaba cediendo, porque tomar su puesto se sentía demasiado parecido a admitir que él ya no podía ocuparlo.
BINABASA MO ANG
Amor Rural Para Principiantes.
FanfictionMyoui Mina tiene su vida bajo control. Como heredera de una de las granjas más importantes de la región, está acostumbrada a trabajar duro, tomar decisiones y mantener los problemas a raya. Lo último que necesita es una distracción. El problema es...
