El tiempo había volado. Parecía que apenas ayer me hundía en el pánico por empezar otro año escolar, temiendo ese aislamiento que me había marcado el curso anterior. Aquella noche en vela, perdida en pensamientos angustiantes, se sentía ahora como un recuerdo de otra vida mientras oía al locutor de la radio anunciar la hora. Terminé de peinarme frente al espejo con una sonrisa; no quería llegar tarde. Todos sabíamos que hoy no era un día normal; era un ritual de juegos, risas y despedidas de los que ya se iban para siempre.
Desayuné a toda prisa, con el estómago lleno de mariposas. El timbre sonó justo a tiempo.
-¡Melanie, tus amigas! -gritó mi madre desde la cocina.
Corrí a la puerta, despidiéndome de ella mientras me colgaba la mochila al hombro. Al abrir, la sorpresa me hizo soltar un grito de emoción: Giovanna estaba allí con Vero, Mariana y Silvia. Nos fundimos en un abrazo que terminaba de borrar cualquier rastro del pasado y, todas juntas, caminamos hacia el colegio para despedir el año.
Al llegar, el ambiente era un caos de nervios: todos sacaban cálculos desesperados con sus notas para evitar el temido curso vacacional. Yo, que casi siempre terminaba rindiendo matemáticas en verano, este año respiraba tranquila. Gracias a Silvia y a Jhon, mis promedios estaban a salvo. Incluso Educación Física, que pasé con las justas, era una batalla ganada.
En el patio, hacíamos planes. Silvia se perdería entre pinceles y lienzos en sus clases de dibujo; Giovanna se iría todo el verano al pueblo de su abuelo, en el interior del país. Sabía que la extrañaría, pero también sabía que ese tiempo era el que ella necesitaba para sanar. Vero y Mariana también viajarían. ¿Qué sería de mi verano? Seguramente lo pasaría entre la televisión, ayudando a mamá o visitando a mi abuela... pero con la esperanza luminosa de que Jhon estuviera cerca. En cuanto sonó el timbre del recreo, me separé de ellas. Tenía una cita pendiente.
Jhon me esperaba en la cancha de básquet, el lugar de nuestro primer beso. Lo vi allí, con una bolsa de chizitos y esa mirada que siempre me desarmaba.
-Hola, señorita de mis sueños -me dijo con esa chispa en los ojos.
-Qué exagerado -respondí, aunque sentía cómo me ruborizaba hasta la raíz del pelo.
-No exagero -replicó él, radiante.
Estaba feliz. Su abuela lo había logrado: su padre no lo cambiaría de colegio. Tendríamos todo el tiempo del mundo en esa cancha. Me contó que trabajaría medio tiempo en una tienda para ganar su propio dinero y así invitarme a salir más seguido. Mientras lo escuchaba, el tiempo parecía correr a una velocidad inalcanzable, como si quisiera robarnos el momento. Decidí que yo también buscaría un trabajo; quería sentirme útil, quería crecer a su lado.
Al regresar al salón, los minutos finales se escurrieron entre promedios y despedidas nerviosas. Cuando el último timbre del año escolar sonó, el colegio se convirtió en una fiesta de gritos y papeles. Desde los pisos superiores caía una lluvia de hojas de cuaderno y los alumnos del último año salían con sus camisas blancas cubiertas de firmas y dibujos. Algunos lloraban; era el fin de su mundo conocido.
Jhon me tomó la mano con fuerza, leyéndome el pensamiento.
-No tengas miedo. A nosotros nos falta mucho para terminar -me susurró-. Y cuando ese momento llegue, no estarás sola. Yo estaré contigo.
-Y nosotras también -dijeron al unísono Vero, Silvia, Mariana y Giovanna, apareciendo detrás de nosotros como si siempre hubieran estado allí.
Y así, unidos por una amistad que había sobrevivido a celos, silencios y distancias, tomamos juntos el camino de regreso a casa.
FIN
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¿Mi vida es color de rosa?
RomanceMelanie está harta del gris de la secundaria. Ni sus mejores amigas logran que encaje en un mundo que se siente en blanco y negro. Pero cuando un viejo amigo reaparece, la monocromía por fin se rompe. ¿Es este el giro que esperaba o la prueba de que...
