El día era como cualquier otro en el mercado. Los clientes iban y venían, con las bolsas abarrotadas.
Me encontraba en mi rutina de siempre, etiquetando productos, acomodando cajas en el almacén y atendiendo a los clientes que ingresaban en la tienda.
El tiempo transcurría lento y tranquilo, hasta que en un momento a otro me di cuenta de que había una mujer parada del otro lado del mostrador.
Me acerque a ella para preguntarle lo que necesitaba, sin antes saludar con un buenas tardes.
Era una señora de la tercera edad, su cabello estaba pintado por algunas canas, parecía distraída con los productos en la vitrina de exhibición, hasta que me preguntó por un objeto particular.
-¿Cuánto cuesta este collar de perlas?
Incliné mi cuerpo un poco sobre el mostrador, soy algo robusto así que lo hice con cuidado.
La mujer señalaba con su mano un collar de cuentas cafés.
-Ese no es un collar de perlas... Pero le puedo buscar uno en el almacén -dije, señalando hacia la puerta de atrás.
La señora asintió con una sonrisa, no me pareció nada fuera de lo común. Devolví la sonrisa antes de meterme al almacén.
Era una habitación un tanto desordenada y llena de cajas. Recuerdo que las cajas de collares solíamos dejarlos en la repisa de arriba. Busque en los alrededores y puse una silla para subirme. Tomé la caja y bajé con cuidado hasta llevarla sobre el mostrador.
No sé si fue mi imaginación pero en un reflejo de una vitrina cercana, pude ver la silueta de una persona vestida de negro. No se veían sus pies ni sus manos, su rostro estaba tapado por la túnica que le cubría desde arriba hasta el suelo.
Cerré los ojos por un momento y me los froté con fuerza. Aquella mujer seguía observando los objetos de la vitrina, hasta que por un momento volteó al notar la caja en el mostrador.
-Aqui están algunos de los collares y puede revisarlos si gusta.
La mujer se acercó, dándome las gracias por ser tan amable.
Uno a uno fue sacando los collares.
El primero que sacó tenía estrellas y flores, con la figura de una mariposa colgando enmedio.
-Este le encantará a mi hija -murmuró la señora.
El segundo que sacó tenía un patrón formado por esferas negras, blancas y grises, en lo personal era muy apagado.
-Este será para mí esposo... -sacó otro de perlas y lo colocó junto a los otros-. Y este será para mí... ¿Los puedes poner en una bolsita cada uno?
-Claro que sí... ¿Es para alguna ocasión especial? -pregunté algo emocionado, mi jefe siempre me dice que conversar con las personas y mostrar entusiasmo, hace que regresen a comprar más seguido.
La señora me observó en silencio y después asintió.
-Voy a llevarlos al cementerio. Mi hija y mi esposo fallecieron hace años en un accidente. El autobús en el que viajaban fue arrastrado por el tren.
Al escuchar aquella historia, mi reacción pasó de la calma a la tristeza. Me encanta cuando algún familiar lleva regalos a sus difuntos, en especial cuando son tan cercanos.
-Lamento mucho lo sucedido, de verdad...
-No te preocupes, hijo... Los accidentes ocurren, incluso cuando menos lo esperamos.
Sus palabras me hicieron calmar por un momento, pero algo en mí seguía incomodándome.
-Tiene razón. En ese caso... ¿qué le parece si le envuelvo los collares en bolsas de un color liso?
La señora asintió y sacó un par de billetes de su bolso.
Le cobré los collares y las bolsas se las regalé.
Ella salió de la tienda y continuó su camino por la banqueta, donde más personas avanzaban hacia su destino.
Me quedé un momento en la entrada observando los autos pasar. El sonido del teléfono interrumpió mi tranquilidad.
Al otro lado de la línea, mi jefe llamaba para saber si todo estaba bien en la tienda, a lo que respondí que sí. Cada día, a esa hora, llamaba para preguntarme por el inventario o por algún servicio pendiente de pago.
Pero esta vez... ¿me preguntó solo por la tienda?
No le di mucha importancia y colgué. Al poco rato sentí mucho sueño y me recargué en el mostrador con los brazos cruzados.
No sé por cuánto tiempo me dormí, pero al sentir que me había excedido me levanté de golpe.
Las personas seguían pasando por la banqueta. Me acerqué a una computadora y abrí las cámaras de seguridad para comprobar que nadie se hubiera robado algo.
Al no encontrar evidencia de ningún robo, decidí asomarme hacia afuera otra vez. Trabajar en una tienda puede ser algo agotador y muchas veces salimos a tomar un poco de aire.
Del otro lado de la calle pude observar uno de esos carretones donde otros comerciantes suelen llevar su mercancía. Era extraño que estuviera allí; algún auto podría chocarlo.
Para mi sorpresa, cuando me acerqué, aquel carretón tenía algo inusual. Sus ruedas eran de madera desgastada. Una piedra pequeña bastaría para romperlas.
Miré por ambos lados de la calle y me di cuenta de que los autos y las personas se habían ido...
¿A dónde se fueron todos?
¿Por qué ya no hay nadie en la calle?
Mi mente empezó a romperse y me di la vuelta hacia aquel carretón. Encima de él estaba aquella silueta que había visto minutos antes...
-¿Quién eres y qué quieres?
Le pregunté mientras intentaba caminar hacia atrás, pero no podía. Un escalofrío me recorrió y al darme cuenta. Una ambulancia se acercaba por la calle y se detuvo frente a la tienda, donde decenas de personas estaban reunidas en la entrada.
Y ahí es donde me di cuenta de que era yo a quien sacaban en la camilla. Me quedé quieto, inmóvil. No podía creer lo que estaba viendo.
¿A caso yo? No, esto no es real... ¿Verdad? Yo no puedo estar...
No pude decir la palabra, se atoró en mi garganta.
El relinchar de un caballo llamó mi atención y al darme la vuelta hacia el carretón, se había transformado en una carreta con dos caballos atados y la misma silueta lista para tirar de las riendas.
No supe por qué, pero sabía que debía subir en ella...
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La carreta del silencio
Misterio / SuspensoSe dice que a todos nos llega nuestra hora en cualquier momento, pero... ¿estamos dispuestos a aceptar el final?
