Alexander se consideraba muy listo. Es decir, logró escribir un conjunto de cincuenta y un ensayos en un lapso de seis meses sin parar, ¿suficiente evidencia de su alto coeficiente no es así? Pues bueno, ahora su vida emocional estaba patas arriba, por lo que ya no estaba tan seguro de la veracidad de esa afirmación.
Todo comenzó aquella fatídica noche en la que, al borde del delirio y la locura, le abrió la puerta a una mujer que afirmaba haber sido abandonada por su marido maltratador. Ojalá le hubiera cerrado el portón en la cara, de haber sido así, no estaría metido en este lío. Solo le prestó dinero, la acompañó a su casa y un par de meses más tarde se encontraba siendo extorsionado por el esposo de la señora, un tipo avaricioso y ladino, debía de reconocer. ¡Qué audacia la de amenazar al secretario del Tesoro de la Nación! El hombre era astuto, pero poco valiente, acababa de corroborarlo. Aunque él mismo tampoco se sentía precisamente envalentonado con el estado actual de la situación en la que se habían metido.
Oh, Señor.
Hace un tiempo, notó que Madison, Jefferson y Burr sospechaban de corrupción en su honorable labor como miembro del gobierno, y le exigían una explicación que calmara sus sospechas. A causa de esto, dio pie a la redacción de un documento que irrefutablemente salvaría su carrera política y, por sobre todas las cosas, su legado. Quizás su familia lo odiaría por unos días, pero sabía que más tarde que temprano comprenderían que se trató de un sacrificio imprescindible para la posteridad.
De todos modos, conforme se acercaba la fecha de publicación de la obra que había bautizado como El Panfleto Reynolds, su mente empezó a crearse ideas de todo lo que podría salir no mal, sino terriblemente fatal si seguía adelante con su plan. De repente, ya no se sentía tan ligero por sus acciones, ni mucho menos inteligente. Por semanas, le rogó a Dios que algo ocasionara que pudiera dispensar de manchar su legado con el dichoso fajo de papeles.
Ocurrió lo que esperaba, pero no de la forma en que quería. La siempre inestable salud de Madison finalmente colapsó, causándole la muerte. El hecho sumió a su compañero Jefferson en una profunda depresión. La pérdida de su mejor amigo no fue lo único que cargó en sus espaldas, sino que también se sumó la primicia de su relación clandestina con su esclava Sally, además de la existencia de los hijos ilegítimos que engendró con esta. El escándalo en sí no se centró en los bastardos, es más, Alex incluso podía comparecerse de esos niños al haber crecido con el mismo estigma. Lo que sacudió a la sociedad fue el hecho de que Sally era medio hermana no reconocida de la difunta esposa de Thomas. Para rematar, Burr no contaba con suficiente prestigio para sostener la acusación contra Hamilton por sí solo. En serio, si pasó tanto tiempo esperando con tal de no arruinar el legado de su familia, para que su imagen e influencia pesara menos que una pluma, su vida era un fracaso total.
Respiró todo el aire de Nueva York ante todo lo sucedido. Adiós panfleto, ¡y enemigos políticos también! Tal vez, la posibilidad de convertirse en presidente no representaba un futuro tan irreal al final del día. Dios realmente era grande.
Cuando pensó que el huracán había pasado de largo, una carta de María llegó a sus manos. Hace un tiempo que no se veían, a pesar de la cercanía de sus hogares. Imaginó que quería invitarlo a pasar la noche, o incluso a comer para limar las asperezas. Sin embargo, el asunto no tenía la más mínima relación con lo que pensaba.
Estoy encinta.
Parpadeó, incrédulo. No, no, no podía ser cierto. Justo cuando todo estaba bien, ¡no podía llegar otro problema a su vida! Oh, cielos, ya tenía cinco hijos en su matrimonio y las sospechas de uno más en camino. ¡Otro más y se volvería loco, definitivamente! Por Dios, imploraba por todos los santos existentes y por existir que los Reynolds le estuvieran jugando una mala pasada para sacarle más dinero. La bancarrota sería más llevadera que una segunda familia.
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After the Affair || Hamilton
FanfictionMary Reynolds queda embarazada de un hijo de Alexander Hamilton. Con todo en contra, ambos deben aprender a vivir después de su aventura.
