𝐏𝐑𝐎́𝐋𝐎𝐆𝐎

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El reino de Loei era un lugar de montañas y niebla.

Sus palacios, construidos en piedra gris, se alzaban orgullosos entre los bosques de pinos. Sus reyes, la dinastía Suppasit, habían gobernado durante generaciones con mano firme pero justa.

El rey Narong Suppasit Kittiyakorn era un hombre temido y respetado. Su palabra era ley. Su presencia, imponente.

Su esposa, la reina Mint Jongcheveevat Vongvipanong, era la más hermosa de las omegas que jamás había pisado la corte. Su cabello, negro como la noche. Sus ojos, brillantes como estrellas.

Juntos, formaban la pareja perfecta.

O al menos, eso parecía.

Un día, la reina Mint comenzó a sentirse mal.

No era un malestar grave. Solo un leve mareo por las mañanas. Un cansancio que no se iba con el descanso.

—Majestad —dijo una de sus sirvientas—. Debería llamar al médico real.

—No es nada —respondió Mint—. Solo será el calor.

Pero los mareos continuaron.

Y el cansancio, también.

Finalmente, el rey Narong ordenó que llamaran al médico.

El médico real era un hombre anciano, de barba blanca y manos sabias. Había atendido a tres generaciones de la familia real. Conocía el cuerpo humano mejor que nadie.

Llegó al palacio, se arrodilló ante los reyes, y se acercó a la reina.

Le tomó el pulso.

Cerró los ojos.

Los abrió.

—Majestades —dijo, con una sonrisa—. Tengo una buena noticia.

—¿De qué se trata? —preguntó Narong, impaciente.

—La reina está embarazada.

El silencio se instaló en la habitación.

Luego, el rey Narong sonrió.

—¿Un heredero? —preguntó.

—Eso esperamos, Majestad —respondió el médico—. Aún es pronto para saberlo.

La reina Mint se llevó las manos al vientre.

Estaba feliz.

Pero algo en el fondo de su corazón... algo que no podía explicar... le decía que aquella felicidad no duraría.

Pasaron los meses.

El embarazo transcurrió con normalidad. La reina Mint se cuidaba, comía bien, descansaba.

El rey Narong la mimaba como nunca.

—Será un alfa —decía, convencido—. Como su padre.

—O una alfa —respondía Mint—. Como su madre.

Ambos reían.

Ninguno se atrevía a pronunciar la palabra que realmente temían.

Omega.

Porque en Loei, ser omega era una vergüenza.

Una mancha en el honor de la familia.

Una maldición.

Cinco meses después, los médicos pudieron determinar el género del bebé.

—Es un niño —anunció el médico real.

Narong sonrió.

—Un príncipe —dijo—. Perfecto.

—¿Podemos saber su subgénero? —preguntó Mint.

𝖲𝖴 𝖮𝖬𝖤𝖦𝖠, 𝖲𝖴 𝖬𝖠𝖫𝖣𝖨𝖢𝖨𝖮́𝖭 (𝐆𝐮𝐥𝐟𝐌𝐞𝐰)Stories to obsess over. Discover now