El sol sobre Kararagi se puso con rapidez, como si temiera quedarse en la Ciudad Baja ni un solo minuto de más.
Sus últimos rayos, finos como vino diluido en agua, se extendieron sobre los tejados desvencijados, convirtiendo el óxido en algo parecido a sangre coagulada, y desaparecieron, dejando atrás solo el leve calor que se filtraba desde la piedra calentada durante todo el día.
Los barrios bajos quedaron a merced del crepúsculo: grises, pegajosos, saturados por el hedor a pescado podrido, arroz agrio y humo acre de las hogueras donde quemaban toda clase de basura.
El aire era denso, casi tangible. Te envolvía, te obstruía las fosas nasales y se asentaba sobre la lengua como una película amarga.
Anastasia estaba sentada, abrazándose las rodillas huesudas hasta el mentón, en el hueco entre la pared de un taller de tintes y una pila de leña podrida.
Tenía 11 años. Tal vez 12. Ni ella misma lo sabía con exactitud. No había nadie que contara los inviernos, nadie a quien preguntar.
Del pasado solo le quedaba su nombre, e incluso ese estaba acortado, como si le hubieran roído los bordes: una vez se lo había oído decir a la madre de una niña, ante quien se presentó como "Ana". Así sonaba en kararagiano, breve, pegadizo, práctico.
La gente como ella no tenía apellido. Los apellidos eran para quienes poseían tiendas, gremios o al menos un techo sobre la cabeza.
Todo lo que tenía era aquel rincón, donde el viento no encontraba de inmediato a su presa.
Ese día había sido un fracaso absoluto.
Por la mañana, consiguió birlarle un pan plano a un verdulero distraído, pero venía con una sorpresa: dentro escondía una especia ardiente que le quemó la boca como si hubiera tragado agua hirviendo.
Las lágrimas le corrieron por el rostro hasta el mediodía, pero Ana no se permitió escupir el botín: la comida era comida, y el dolor abrasador solo era un obstáculo temporal.
Más tarde, los chicos de la banda de Colmillo Oxidado, mayores, más atrevidos y con dedos pegajosos, le quitaron la moneda de cobre que había encontrado.
No lloró.
Llorar en la calle significaba mostrar debilidad, y allí los débiles eran devorados más rápido que una corteza rancia.
Pero la pérdida de aquella moneda la carcomía con una náusea física.
Un disco de cobre tibio, que aún conservaba el calor de su palma, podría haberse convertido en un cuenco de estofado caliente.
O en el cabo de una vela.
O, en las noches más desesperadas, en el derecho a dormir en el sótano de la vieja Mio, donde apestaba a moho y gatos, pero al menos el viento helado no te atravesaba.
Ahora, el viento aullaba con todas sus fuerzas.
Se colaba por los incontables agujeros de su vestido hecho jirones, mordiendo con dientes afilados, un recordatorio de que la noche pronto se volvería insoportable.
Ana apretó más la espalda contra las tablas ásperas, intentando conservar las migajas de calor que aún ardían en su cuerpo.
El hambre le retorcía el estómago hasta convertirlo en un nudo apretado, pero hacía mucho que había aprendido a ignorarla. Casi.
Solo necesitaba una distracción. Desviar sus pensamientos hacia algo más grande que el dolor. Algo que le perteneciera solo a ella.
Levantó la cabeza.
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La Estrella Morada: Comienzos
FanfictionDe niña, Anastasia conoce a alguien a quien no olvidará por el resto de su vida. *** *** *** Autor: Saneksotka **Historia perteneciente a Ao3, está no es mi creación solo una traducción.**
