La cima del Peñón de Luna no era solo un accidente geográfico; era una sentencia. En las noches de luna nueva, cuando el satélite se escondía cobardemente tras la mole de piedra rojiza, el bosque de pinos de Cayey se convertía en una boca de lobo. Sin el reflejo plateado, la oscuridad en la falda de la montaña era tan densa que se podía sentir en la piel, como una manta húmeda y pesada.
Gabriel, a sus quince años, ya conocía todos los crujidos de la madera de la casa de sus abuelos. Sentado en el borde de su cama, observaba por la ventana hacia lo alto. Allá arriba, donde los árboles se volvían siluetas dentadas contra el cielo estrellado, algo no encajaba.
—¿Otra vez con lo mismo, Gabriel? —La voz de Don Luis retumbó desde la puerta.
El abuelo de Gabriel era un hombre que llenaba cualquier habitación. Veterano de guerra, con la espalda recta como un fusil y una mirada que parecía haber visto el fin del mundo, Don Luis no era alguien a quien se le pudiera mentir fácilmente.
—Abuelo, se escuchan de nuevo. Como motores, pero... más finos. Y las luces se movieron otra vez cerca del peñón rojizo —respondió el joven sin apartar la vista de la cumbre.
Don Luis apretó la mandíbula. Gabriel notó cómo sus nudillos se volvían blancos al sujetar el marco de la puerta.
—Esa montaña tiene secretos que no te pertenecen, muchacho. Hay cosas que el ojo humano no debe intentar explicar. No estás preparado para esa conversación. Duérmete y ni se te ocurra acercarte a las veredas altas. Es una orden.
Pero Gabriel tenía el espíritu de un explorador y la terquedad heredada de su abuelo.
La Expedición Prohibida
Al día siguiente, el verano de Puerto Rico se sentía en el aroma de las flores exóticas y el canto incesante de las aves silvestres. Mientras Doña Carmen se distraía en el jardín cuidando sus orquídeas y el abuelo trabajaba en el cobertizo, Gabriel se calzó sus botas y se escabulló hacia el sendero de los pinos.
El ascenso fue arduo. Las veredas de Cayey son caprichosas, llenas de raíces traicioneras y fango oculto. Sin embargo, al llegar al tope, el aire cambió. Era más frío, más puro. Desde allí, el valle se extendía como un tapiz verde que terminaba fundiéndose con el azul del mar en la costa. Era una vista majestuosa que quitaba el aliento.
Pero la paz duró poco.
Un ruido seco, como el de una rama quebrándose bajo un peso ligero, lo puso en alerta. Gabriel caminó hacia el borde del peñón y bajó la mirada al suelo. Su corazón dio un vuelco.
Sobre la tierra rojiza y suelta, había huellas. Eran pequeñas, del tamaño de las de un niño de cinco años, pero la forma era distinta: los dedos eran demasiado largos y la presión en el suelo sugería una agilidad que ningún humano poseía. Era imposible que un niño llegara hasta allí arriba solo.
—¿Hola? —susurró Gabriel, sintiendo que el vello de sus brazos se erizaba.
Fue entonces cuando lo vio. A unos cincuenta metros, entre la bruma que empezaba a bajar de las nubes, una silueta humanoide lo observaba. No era alta, pero su postura era extraña, demasiado rígida. Sus ojos, aunque distantes, parecían emitir un brillo tenue, como el reflejo de la luna que aún no salía.
El pánico, frío y eléctrico, recorrió la columna de Gabriel. Sin pensarlo dos veces, dio media vuelta y comenzó a bajar la montaña a tropezones, ignorando las ramas que le azotaban el rostro.
El Acecho
Esa noche, el Peñón de Luna cumplió su promesa. La oscuridad fue absoluta.
Gabriel cenó en silencio, evitando la mirada inquisidora de Don Luis. Doña Carmen servía el café cuando, de repente, un golpe seco sonó en la pared exterior de la casa. Luego, el sonido de algo metálico arrastrándose por el zinc del techo.
El abuelo se puso de pie de un salto, apagando la luz de la cocina con un movimiento rápido.
—Carmen, a la habitación de atrás. Ahora —ordenó en un susurro militar.
Gabriel miró por la rendija de la ventana. En el patio, donde los pinos comenzaban a devorar la luz, vio un par de esos ojos brillantes. No estaban solos. El ser que lo había visto en la cima no se había quedado allá arriba. Los había seguido.
El portal se había abierto, y la montaña reclamaba su territorio.
VOCÊ ESTÁ LENDO
El Peñon De Luna
Ficção CientíficaEl Peñón de Luna es una novela de misterio y fantasía oscura ambientada en el corazón geográfico de Puerto Rico, específicamente en las montañas de Cayey. La obra combina elementos de ciencia ficción clásica (fenómenos OVNI y abducciones) con un pro...
