La Tierra ha muerto.
Tras la llegada de una estrella errante que condenó al sistema solar, la humanidad vio desaparecer su mundo natal entre fuego, terremotos y océanos de magma. De los miles de millones que una vez habitaron el planeta, solo cuatro...
El 17 de agosto del año 2115, los observatorios astronómicos del mundo confirmaron aquello que durante semanas había parecido imposible.
Una estrella errante de clase B se desplazaba directamente hacia el sistema solar.
Al principio, la noticia fue confinada a laboratorios militares, agencias espaciales y gobiernos. Los cálculos fueron repetidos incontables veces con la esperanza de hallar algún error. No lo había. La trayectoria era inequívoca.
La humanidad acababa de recibir una sentencia de muerte.
No se trataba de una colisión directa. La estrella pasaría lo suficientemente lejos como para evitar el impacto, pero su masa bastaría para desestabilizar el sistema entero. Las simulaciones demostraban que, mucho antes de aproximarse a la Tierra, las fuerzas gravitatorias comenzarían a alterar las órbitas planetarias, provocar tormentas solares de intensidad catastrófica y destruir la estabilidad geológica del planeta.
La Tierra no sobreviviría.
Durante varios meses, los gobiernos ocultaron la información al público. Sin embargo, en una época donde millones de sistemas intercambiaban datos constantemente, el silencio era imposible de mantener. Cuando los informes comenzaron a filtrarse a las redes mundiales, el orden internacional inició un lento e irreversible colapso.
Los mercados financieros se desplomaron.
Las guerras por recursos estallaron en múltiples regiones del planeta.
Movimientos religiosos proclamaron el inicio del apocalipsis.
Millones de personas abandonaron las ciudades costeras y buscaron refugio en el interior de los continentes. Otros simplemente dejaron de creer en el futuro.
Durante años, el mundo continuó funcionando únicamente por inercia.
Pero mientras gran parte de la humanidad caía en el caos, varias naciones tomaron una decisión desesperada.
Australia, Brasil, Canadá, China, Estados Unidos, Francia, India, Japón, Reino Unido, Rusia, Uganda y Venezuela unificaron sus programas espaciales bajo un único objetivo: construir una nave capaz de preservar a la especie humana.
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El proyecto recibió el nombre de Moisés.
La elección no fue casual.
Así como el antiguo profeta había guiado a su pueblo hacia una tierra prometida, aquella nave debía conducir a la humanidad lejos de un mundo condenado.
Las exploraciones automáticas realizadas décadas atrás sobre Proxima Centauri b se convirtieron entonces en la última esperanza de la civilización. Los datos indicaban que aquel planeta poseía océanos, actividad biológica y una atmósfera sorprendentemente compatible con la fisiología humana.
No existía garantía de supervivencia.
Pero tampoco existía otra opción.
La construcción del Moisés comenzó en órbita terrestre en medio de una humanidad agonizante.