La sombra

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Dicen que el peor enemigo de una persona es su mente. En mi caso, fue mi propia sombra. Tenía todo lo que necesitaba, pero un vacío silencioso me acompañaba desde siempre. Solía pensar que se debía a mi soledad, hacía tiempo que no tenía vida social. Pero estaba cómodo y no me importaba.

Una de esas noches de insomnio, el tic-tac del reloj retumbaba en mi mente y me impedía dormir. Quizás había sido el café que tomé antes de acostarme o el silencio demasiado largo, pero tuve la sensación de que las horas ya no avanzaban. Cerré los ojos. Tal vez así me vendría el sueño. Pero la incomodidad seguía allí. Entonces, el colchón se hundió levemente, como si alguien se hubiera sentado al borde. Abrí los ojos despacio. No quería encontrarme nada en medio de la oscuridad, a pesar de que anhelaba una compañía. Al otro lado de la cama se encontraba una sombra tan oscura como la noche. Ni siquiera la luz de la luna la atravesaba. Di un respingo y me incorporé, pero la sombra hizo lo mismo, casi a la vez que yo con una diferencia de un segundo. ¿Era mi sombra?

Volví a moverme para asegurarme de que no estaba alucinando. Aunque por la hora que era, seguramente fuera eso. La figura copió mis movimientos. Sí, era mi sombra. Pero había algo inquietante en ella. No sabía qué era, pero no me daba un buen presentimiento.

Extrañamente me sentía más cansado, quizás por ese raro encuentro. Aunque no podía quejarme, tener sueño era un lujo para mí. De esta manera, caí rendido y dormí profundamente sin despertarme durante el resto de la noche.

Por la mañana, desayuné en silencio. Cuando me levanté de la mesa, oí pasos detrás de mí. Era raro, pues no esperaba visitas. Al girarme la vi: mi sombra, más corpórea que la noche anterior, inmune incluso a la luz del sol. No sabía si los demás podrían verla o si todo era producto de mi imaginación. Tenía que ser eso.

Salí de casa intentando continuar con mi día. Nadie pareció notar a la figura oscura que me seguía a todas partes, así que me convencí que solo existía para mí.

Pero lo extraño vino después. Habían pasado algunos días y mi sombra seguía pegada a mí. Algunos decían ver a alguien con un traje negro que no se apartaba de mi lado; otros creían que me vigilaban. Yo solo repetía que no sabía quién era ni por qué me seguía. Pronto tuve que dejar mi trabajo: ya nadie quería acercarse a mí.

Con el tiempo empecé a enfermar. Sentía que algo drenaba mi energía, como si mi sombra la bebiera en silencio. Cada vez era más sólida, más parecida a mí. Ya no imitaba mis gestos: se movía por cuenta propia, aunque nunca dejaba de seguirme.

Otra noche de fiebre me encontró tendido en la cama. La sombra seguía ahí, inmóvil a mis pies, esperando algo. No sabía qué era, solo que lo haría en cualquier momento. Intenté dormir pero no pude. O tal vez no quería. Tenía mucho miedo. El tic-tac del reloj y la suave brisa que corría a través de la ventana me parecían ruidos muy fuertes para mi pobre cabeza.

Sentí que mi sombra se movía. Abrí los ojos, al borde de salir corriendo. Mi corazón palpitaba con fuerza y tapaba mis oídos. Estaba mirándome fijamente con unos ojos que antes no tenía: dos puntos blancos perdidos en la oscuridad. Cualquiera hubiera pensado que eran luces o un reflejo, pero yo estaba seguro de que no lo eran.

Estaba cansado de todo esto. Mi vida ya no me pertenecía. Así que me llené de valor y dije con voz firme:

—¿Por qué me sigues? Vete de mi casa.

La sombra me miró con detenimiento. Luego abrió la boca y un sudor frío recorrió mi espalda. Dientes afilados y torcidos asomaban por ese hoyo oscuro y sin fondo en forma de medialuna.

No puedo irme, soy parte de ti —dijo despacio. Nunca alzaba la voz. No lo necesitaba.

El sonido no parecía provenir de ninguna dirección. No tenía eco. Era un roce en el aire, una vibración que mi mente interpretó.

—¿Qué quieres de mí?

La sombra rió. Un sonido hueco, como el viento colándose por una cerradura.

Quiero ser tú. Quiero tu vida —respondió con dulzura fingida, saboreando cada palabra—. Ya casi no la usas, ¿verdad?

En ese momento supe que no estaba a salvo allí, en mi propia casa. Que mi sombra era una amenaza para mi vida. Aún no sabía si aquello era verdad, pero no iba a quedarme a averiguarlo. Me levanté de la cama y corrí hacia la puerta con el corazón en la garganta. Podía oírla detrás de mí.

Bajé las escaleras y me dirigí a la cocina donde tomé un cuchillo. Era absurdo creer que un cuchillo podría detenerla, pero igual lo intenté. Apareció por la arcada, completamente materializada. Tenía mis facciones pero no parecía real, como si fuera una copia mal hecha de mí mismo.

Se acercó hasta que quedamos cara a cara. Moví mi brazo apuntándole. Si no terminaba con esto, mi vida iba a seguir en el mismo abismo. Pero a cada movimiento que hacía, ella lograba esquivarlo sin dificultad. Mi cordura disminuía cada vez que fallaba.

Esperé a que se acercara de nuevo. Intentaría engañarla para dar el golpe certero. Pero antes de que yo pudiera reaccionar, sus dedos largos me abrazaron, dejándome sin aliento. Estaba tan fría como la noche que transcurría.

Me aferré al cuchillo y, con lo último que me quedaba de fuerza, lo hundí en su cuerpo. En su boca se asomó una sonrisa que me estremeció y luego su cuerpo se volvió humo. Por un instante creí haber vencido, hasta que sentí el filo arder en mi carne. Todo me dio vueltas y el frío me envolvió. Comprendí que no la había herido a ella, sino a mí mismo. La oscuridad nunca me había perseguido, siempre estuvo dentro.

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