El olor de las calles
El invierno nunca terminaba en Alemania.
La nieve ya no era blanca. Caía gris, mezclada con humo y ceniza, cubriendo edificios viejos, postes oxidados y calles húmedas donde apenas quedaban luces funcionando. Las personas caminaban rápido, con la cabeza baja y las manos escondidas dentro de abrigos pesados. Nadie hablaba demasiado. El frío robaba las palabras antes de salir de la boca.
En Berlín, el hambre era más fuerte que el miedo.
Las vitrinas seguían abiertas incluso de noche. Algunas tiendas vendían sopa espesa en recipientes metálicos; otras ofrecían “cortes regulados” detrás de vidrios empañados. Los letreros rojos del gobierno colgaban sobre las entradas:
CARNE CERTIFICADA — CONSUMO LEGAL
La gente entraba y salía como si comprara pan.
Una mujer discutía precios mientras sostenía la mano de su hijo pequeño. Un anciano fumaba junto a una alcantarilla congelada. Dos jóvenes cargaban bolsas negras goteando líquido oscuro sobre la nieve.
Nadie miraba demasiado.
Había reglas.
Siempre reglas.
Los niños no podían ser procesados. El gobierno repetía aquello desde hacía años en anuncios gigantes proyectados sobre los edificios:
> “PROTEGER LA INFANCIA ES PROTEGER EL FUTURO ALIMENTARIO.”
La frase aparecía tantas veces que ya no significaba nada.
Clara observaba todo desde debajo de un puente ferroviario abandonado.
Tenía las piernas pegadas contra el pecho y una manta sucia cubriéndole los hombros. El viento atravesaba la tela igual que cuchillos helados. Llevaba dos días sin comer algo caliente.
A su lado dormían otras personas. Algunas eran ancianos. Otras simplemente parecían muertos esperando decidirse.
Clara no dormía.
Nunca dormía profundamente.
Había aprendido hacía años que las personas desaparecían más fácil durante la noche.
Escuchó pasos cerca.
Automáticamente levantó la cabeza.
Dos hombres caminaban bajo el puente arrastrando una bolsa larga envuelta en plástico. Reían en voz baja.
—Pesa más de lo que parecía —murmuró uno.
—Porque no dejaron drenar bien.
Clara bajó la mirada de inmediato.
No quería llamar la atención.
Jamás llamar la atención.
Uno de los hombres observó el grupo de personas tiradas bajo el puente.
—Cada invierno hay más.
—Sí… carne gratis caminando por la ciudad.
Se rieron.
Siguieron caminando.
Clara esperó varios segundos antes de respirar normalmente otra vez.
El hambre ya no era lo peor del mundo.
Lo peor era que las personas comenzaban a mirarse entre sí como animales.
Un silbido metálico atravesó la calle. Luego apareció un vehículo estatal avanzando lentamente entre la nieve. Negro. Grande. Con el símbolo alimentario pintado en las puertas.
Algunas personas se apartaron rápido.
Otras fingieron no verlo.
Los vehículos estatales rara vez se detenían por algo bueno.
Dos trabajadores descendieron usando máscaras oscuras y guantes gruesos. Revisaban gente tirada en las aceras. Algunos recibían una pulsera roja. Otros simplemente eran levantados y cargados dentro del transporte.
Clara tensó el cuerpo.
Conocía ese procedimiento.
Personas sin familia. Sin hogar. Sin identificación válida.
“Recursos públicos.”
Así los llamaban.
Uno de los trabajadores iluminó el puente con una linterna.
La luz pasó sobre Clara apenas un segundo.
Ella bajó el rostro y fingió dormir.
Silencio.
Pasos alejándose.
El vehículo volvió a arrancar.
Clara esperó mucho tiempo antes de levantar la cabeza otra vez.
A lo lejos, las luces rojas de un restaurante brillaban entre la nieve.
Un enorme cartel colgaba sobre la entrada:
“NADA DEBE DESPERDICIARSE.”
Clara cerró los ojos.
Recordaba cuando esas frases todavía daban miedo a las personas.
Ahora solo daban hambre.
El viento volvió a soplar.
Y la noche continuó, fría, interminable y vacía.
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Entre canibales - 1786.
HorrorEn un futuro distópico en Alemania, donde el canibalismo ha sido legalizado como respuesta a la hambruna global, Marck, un hombre frío y marcado por la violencia de ese mundo, recibe a Clara, una joven traumada que le es "entregada" como alimento. S...
