Maritsa y Bárbara llevaban tanto tiempo juntas que nadie recordaba cuándo había empezado aquello.
En la universidad las conocían como si fueran una sola persona. Si alguien veía a Maritsa fumando en la puerta de la facultad, sabía que Bárbara aparecería dos minutos después con un café en la mano. Si Bárbara faltaba a clase, Maritsa tampoco tardaba en desaparecer. Nunca lo habían planeado; simplemente ocurría.
Por las mañanas iban a clase. Por las tardes recorrían media ciudad sin rumbo fijo: tiendas de discos, bares pequeños, parques donde acababan sentadas hablando hasta que anochecía. A veces ni siquiera hablaban. Les bastaba con estar juntas.
Eran distintas en casi todo.
Maritsa hablaba demasiado alto, se reía sin vergüenza y tenía esa costumbre de decir las cosas antes de pensarlas. Bárbara, en cambio, parecía vivir un segundo por detrás del mundo, observándolo todo con calma, como si eligiera cuidadosamente qué emociones dejar salir.
Y aun así, encajaban.
Cuando conocieron a Baltasar y Bartolo durante una noche de fiesta, sus amigas bromearon diciendo que por fin alguien había conseguido separarlas un poco.
Los chicos eran simpáticos, atentos, divertidos. Durante unas semanas todo pareció sencillo. Cenas improvisadas, mensajes de madrugada, besos rápidos a la salida de los bares. Pero poco a poco empezó a aparecer una incomodidad difícil de explicar.
-¿Otra vez vais a salir las dos solas? -preguntaba Baltasar, intentando sonar despreocupado.
-Es que nunca tenéis tiempo para nosotros -añadía Bartolo medio en broma.
Ellos no entendían aquella unión. No entendían por qué, incluso teniendo pareja, Maritsa y Bárbara seguían necesitándose de aquella manera casi absoluta.
Ni ellas mismas lo entendían del todo.
La noche que cambió todo empezó como cualquier otra.
-Hoy noche de chicas -anunció Maritsa levantando las llaves mientras Bárbara se reía.
El bar estaba lleno. Las luces violetas atravesaban el humo artificial y la música sonaba demasiado alta, pero a ellas parecía no importarles nada de lo que ocurría alrededor. Bailaban solas, riéndose entre canción y canción, empujándose juguetonamente como cuando tenían dieciséis años.
Baltasar y Bartolo las habían seguido hasta allí.
Observaban desde el otro lado de la pista, confundidos. Esperaban encontrar algo sospechoso, algún secreto extraño. Pero solo veían a dos chicas felices bailando juntas.
Hasta que empezó a sonar aquella canción.
Los primeros acordes hicieron que ambas se miraran al instante.
-No puede ser... -murmuró Bárbara sonriendo.
"Me colé en una fiesta".
La canción de Mecano llevaba años persiguiéndolas.
La primera vez que se conocieron sonaba precisamente aquella canción, en el cumpleaños de una amiga común. Maritsa había llegado sin invitación, muerta de vergüenza, y Bárbara había acabado riéndose con ella escondidas en la cocina mientras el resto bailaba en el salón.
Desde entonces, cada vez que escuchaban aquella melodía, Bárbara recordaba a Maritsa riéndose con un trozo de tarta robado entre las manos.
Maritsa empezó a cantar exageradamente, haciendo el ridículo a propósito para hacer reír a Bárbara. Y funcionó. Bárbara terminó doblándose de la risa mientras bailaban entre la gente.
Pero poco a poco algo cambió.
Quizá fue la forma en que Maritsa le agarró la cintura.
Quizá la cercanía. Quizá el alcohol. O quizá era algo que llevaba años esperando el momento exacto para salir.
Bárbara dejó de reírse.
La miró fijamente mientras la canción seguía sonando alrededor, amortiguada ahora por el ruido de sus propios latidos.
-¿Sabes qué es lo peor? -susurró.
-¿Qué?
Bárbara tragó saliva.
-He intentado convencerme muchas veces de que esto era amistad.
Maritsa sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Durante un instante quiso pensar que era una broma. Pero la manera en que Bárbara la miraba no tenía nada de broma. Había miedo en sus ojos. Y también alivio.
Como si llevase años guardando aquellas palabras.
-Barby...
-No hace falta que digas nada -susurró ella rápidamente-. Solo necesitaba que lo supieras una vez.
La canción seguía sonando.
"...y me colé en tu fiesta..."
Maritsa notó el temblor en las manos de Bárbara y entonces entendió algo que había estado delante de ella toda la vida.
Ningún chico había conseguido separarlas porque nunca había sido simple amistad.
Ella también llevaba años enamorada, solo que jamás le había puesto nombre.
Sin pensar demasiado, la besó.
Fue un beso torpe al principio, inseguro, como si ninguna de las dos terminara de creerse lo que estaba pasando. Pero después todo el ruido desapareció. La música. La gente. El bar entero.
Solo quedaron ellas.
Al otro lado de la pista, Baltasar apartó la mirada.
-Vámonos -murmuró.
Pero Bartolo seguía observándolas en silencio, comprendiendo por fin algo que nunca había entendido del todo: ellos nunca habían sido los protagonistas de aquella historia.
Cuando Bárbara volvió a abrir los ojos, seguía abrazada a Maritsa.
-Pensaba que si te lo decía te perdería para siempre -confesó.
Maritsa sonrió, todavía con la respiración temblándole.
-Yo pensaba que solo éramos amigas.
-¿Y ahora?
Maritsa apoyó la frente contra la suya mientras la canción terminaba.
-Ahora creo que ya no puedo volver a fingir eso.
Y volvió a besarla. Como si llevara toda la vida esperando hacerlo.
Diana ROJAS - Tesa VIEDMA
Tenerife-Samedan, 27 de mayo de 2026
