El Cantor De Sombras

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Por: Sofiá me lo soba

La primavera se anunciaba transformando la atmósfera, inundando de petricor las mañanas tranquilas de la aldea. Mi madre, en su infinita y a veces asfixiante sabiduría, nos hizo jurar incontables veces jamás alcanzar los confines del bosque, allí donde las frutas poseían un dulzor inigualable.

—Es la trampa de los tontos, hija—decía con esa voz, suave como el terciopelo, que siempre parecía ocultar una advertencia.

Cada vez que salíamos, el rastro de la lluvia empapaba el dobladillo de mi túnica. La humedad trepaba por la tela como si, en vez de caminar por el prado, nos hubiéramos adentrado en el río. Eso habría sido una locura; bajar por ese lecho maldito significaba entregarse al bosque.

No necesitaba ojos para saber que estábamos cerca del límite. El aire de la aldea era denso, saturado de pan horneado y del zumbido constante de las abejas que arrullaba las mañanas del mercado. Las lavandas y los romeros se extendían por las fachadas, perfumando las calles con una frescura jabonosa. Pero, al acercarnos al linde, el viento se volvía afilado y el suelo dejaba de ser pasto para convertirse en un manto de musgo fangoso.

<<Eso decían, eso se comentaba entre la gente>>

Una noche, nos despertó una melodía inquietante. Debía ser pasada la medianoche. Era un himno hipnótico de flauta, un canto al viento; una danza de notas que, al filtrarse en mis oídos, me incitaba a ponerme en pie y caminar.

—Emmaneth, hija. Descansa—susurró mi madre.

Se deslizó en mi cama y me abrazó, tapando mis oídos con sus manos delicadas. Intentaba aislar el mundo a mi alrededor, envolviendo mi espalda con su calor, pero su protección se sentía como una jaula de seda. Atrapada en ese silencio forzado, solo podía escuchar el latido desbocado de mi propio corazón.

Al día siguiente, la conmoción del pueblo atravesó nuestras paredes sin necesidad de abrir la puerta.

—¡Se la llevó! ¡Se fue con él!—gritaba una mujer en la distancia, su voz rota por la desesperación.

Ocurría cada seis meses, siempre bajo la misma luna llena. El Cantor de Sombras emergía de la espesura para reclamar a una joven. Un pago, decían, para mantenernos a salvo de las guerras vecinas. Una vida a cambio de todas las nuestras. Tras su paso, el aire siempre conservaba esa esencia espesa a miedo y sal.

Desde mi juicio secreto, un pensamiento latía con la fuerza de un pulso; las normas eran bárbaras. ¿Cómo permitían los mayores que se llevaran a las jóvenes? Nunca hubo una respuesta lógica, pero para ellos, aquel sacrificio era una verdad inamovible.

Una semana más tarde, Henna convenció a mi madre de llevarme al pueblo. Al parecer, era vital participar en los preparativos de su boda, a pesar de que mi presencia solía incomodar. La tradición exigía que la hermana mayor se casara primero, pero dada mi condición, todos entendían que la menor fuera la única con un futuro matrimonial.

Mis zapatos tenían suelas finas que permitían a mis pies leer el terreno; «del grosor de un meñique», recordaba haberle dicho mi madre al zapatero. Al salir, el contraste entre la madera crujiente del porche y la arena resbaladiza del camino me llenó el pecho de un golpeteo alegre. La lavanda, mi aroma favorito, me guiaba.

Las voces de los vecinos, regocijados por el compromiso de mi hermana, llenaban el sendero. Parecía que nadie recordaba que, hacía apenas siete días, una de las doncellas más bellas había desaparecido. La forma en que ignoraban el destino de las jóvenes me revolvía el estómago. Las obligaban a matrimonios apresurados para "salvarlas" del Cantor, o las entregaban al olvido. Yo era la única que se atrevía a cuestionarlo, quizás porque para el mundo, yo ya era una sombra.

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