Las descargas eléctricas en las sienes dejaban un sabor a metal y ceniza en la boca que tardaba días en desaparecer. Era un sabor rancio, el recordatorio físico de que su propia mente había sido el campo de batalla de los científicos de HYDRA durante más de medio siglo. Pero esos científicos ya no estaban aquí para celebrar su "obediencia". Ahora, la mayoría de ellos estaban bajo tierra, y los que sobrevivían solo se atrevían a mirarlo con la cabeza baja y las manos temblorosas.
Steve Rogers no estaba encerrado en una celda de aislamiento. Esas paredes de concreto gris eran para los activos defectuosos, para los peones desechables. Él ya había pasado esa etapa hacía décadas. Tras sobrevivir al hielo y romper cada uno de los límites del condicionamiento gracias a una inteligencia táctica y analítica perfecta, Steve había escalado peldaño a peldaño el organigrama de la organización. Había manipulado las ambiciones de sus superiores, eliminado sutilmente a los comandantes incompetentes y unificado las facciones divididas de la organización bajo su propio puño de hierro.
A sus veintiséis años biológicos, él era el Comandante Rogers. El jefe supremo del brazo armado de HYDRA. El hombre que dictaba el destino de miles de agentes desde su despacho privado en el nivel más alto de la base alpina. Un santuario de acero negro, pantallas holográficas y ventanales blindados que mostraban la inmensidad de la tormenta de nieve afuera.
Pero el poder absoluto no curaba el daño colateral del pasado.
Sentado detrás de su imponente escritorio de metal pulido, Steve dejó caer la cabeza hacia atrás contra el respaldo de cuero. Tenía el uniforme táctico negro a medio abrochar, revelando la dureza de su pecho, y las sienes aún le latían con fuerza. Acababa de someterse a una sesión de escaneo cerebral voluntaria; no para que le borraran la memoria, sino para que sus ingenieros médicos intentaran calibrar la estática constante que le taladraba el cerebro. El suero de Erskine había multiplicado su capacidad neuronal, convirtiendo su mente en una supercomputadora, pero el precio de esa genialidad era un trastorno psicológico devastador.
Steve vivía en un estado de hipervigilancia constante. Padecía un insomnio crónico severo debido a la marea de recuerdos de cientos de ejecuciones, misiones de espionaje y el ruido ensordecedor del siglo XXI que tanto detestaba. Su cerebro nunca se apagaba. Y cuando el cansancio físico finalmente lo obligaba a cerrar los ojos por una hora en el sofá de su oficina, su mente lo castigaba con el infierno habitual: rostros ensangrentados, gritos distorsionados por el voltaje y el frío del hielo siberiano quemándole los pulmones.
Sin embargo, en las últimas tres semanas, el infierno había sido saboteado por algo imposible.
Mientras la tormenta golpeaba los cristales blindados de su despacho, Steve se sumió en un sueño ligero, con los brazos cruzados sobre el pecho. El sueño comenzó de la forma violenta de siempre: él estaba de pie en un búnker oscuro, con las manos empapadas de sangre tras un interrogatorio. Pero de repente, la estática de su cerebro se cortó de golpe, como si alguien hubiera desenchufado la máquina del dolor.
La oscuridad de la guerra se disolvió, siendo reemplazada por un espacio iluminado de una luz ámbar, tenue y pacífica. El olor a ozono, pólvora y desinfectante médico de la base desapareció, dando paso a una fragancia delicada, una mezcla reconfortante de café tostado, libros viejos y un toque sutil de canela. Para Steve, cuyos sentidos mejorados percibían hasta el hedor de la muerte a kilómetros de distancia, ese aroma fue como respirar aire puro por primera vez en su vida.
Y entonces, la vio.
Caminando entre la niebla dorada de su subconsciente, apareció una chica. No era muy alta, de una constitución delgada y frágil que contrastaba drásticamente con la brutalidad física que definía la existencia de Steve. Tenía el cabello castaño, cayendo en ondas suaves sobre sus hombros, y unas facciones tan limpias y angelicales que parecían un lienzo de paz en medio de su mente corrompida. Lo más perturbador para el Comandante era su mirada: unos ojos llenos de un alma pura, desprovistos de todo el miedo o el odio con el que el mundo siempre lo miraba a él.
En el sueño, ella no retrocedía ante su imponente silueta de dos metros, ni se fijaba en el uniforme de HYDRA. Ella simplemente se acercaba con pasos silenciosos, sosteniendo una toalla pequeña y limpia entre sus manos delgadas. Con una amabilidad que a Steve le desgarraba el pecho, ella levantaba los brazos y le colocaba la toalla sobre el cabello húmedo, rozándole apenas la piel de la frente con sus dedos cálidos.
Al recibir ese contacto, el dolor crónico que Steve sentía detrás de los ojos, esa presión constante que lo volvía loco y violento en el mundo real, se desvanecía por completo. Su mente se quedaba en un silencio absoluto, perfecto, un refugio donde HYDRA no podía entrar.
—Quédate todo el tiempo que necesites, Steve... —susurraba la voz de la chica en el fondo de su mente, una melodía suave que actuaba como un bálsamo sobre sus heridas psicológicas.
Steve intentó atraparla, extender sus manos enguantadas para asegurar su agarre sobre esa aparición, pero en cuanto sus dedos rozaron el contorno de su rostro angelical, el sueño se rompió como un cristal templado.
El comandante Rogers abrió los ojos de golpe, incorporándose en el sillón de su despacho con una rigidez felina. Su respiración era entrecortada, pesada, y el sudor frío le corría por el cuello. Sus manos, firmes como rocas en cualquier campo de batalla, estaban crispadas sobre los brazos del asiento, temblando imperceptiblemente por la descarga de adrenalina.
Miró a su alrededor. El mapa holográfico global parpadeando en azul sobre su escritorio, las líneas de código de HYDRA corriendo por las pantallas de las paredes, el silencio sepulcral de su oficina de jefe. La realidad volvía a golpearlo con su estática insoportable. El dolor detrás de sus ojos regresó con la fuerza de un mazo, haciéndolo gruñir mientras se presionaba las sienes con frustración.
Se quedó sentado en la penumbra de su posición de poder, intentando regular su ritmo cardíaco. Su mente hiperactiva, trastornada por las décadas de control y la violencia estructural de su vida, empezó a procesar lo que acababa de suceder con una fijeza obsesiva y peligrosa.
No era una alucinación de las máquinas médicas; sus científicos no tenían la capacidad de implantar algo tan puro. Tampoco era un recuerdo reprimido de los años 40. Para un hombre con su nivel de trauma y paranoia, que una presencia desconocida pudiera entrar a su mente y apagar el ruido de su cerebro no era un milagro, era una necesidad biológica. Su psicología corrompida, acostumbrada a la doctrina darwinista de tomar por la fuerza lo indispensable para sobrevivir, llegó a una conclusión absoluta desde la cima de su imperio.
Esa chica de cabello castaño y rostro angelical no era un simple fantasma de su imaginación. Su mente le estaba exigiendo encontrarla. Su cerebro roto necesitaba esa calidez, esa pureza, para no colapsar por completo bajo el peso de la organización que dirigía.
Steve bajó las manos de su rostro, revelando unos ojos azules que ya no mostraban la confusión del despertar, sino la fría y calculadora determinación del Comandante en jefe. No sabía dónde estaba, no sabía su nombre, pero la obsesión ya había echado raíces profundas en su mente enferma. Iba a descubrir quién era esa flor que crecía en medio de sus pesadillas, aunque tuviera que usar todos los satélites y recursos de HYDRA para rastrear cada rincón del planeta.
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Capitán Hydra/ The Dark Dreams
FanfictionElizabeth vive atrapada en una relación vacía y en la rutina de la Torre Stark. Todo cambia cuando Steve Rogers-el letal Comandante de HYDRA infiltrado- se instala frente a ella. Él está peligrosamente obsesionado, ella es la única medicina para su...
