Esa noche

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Salí tarde del trabajo, otra noche más desde que decidí alejarte
definitivamente de mi vida. Ya había pasado un mes. No era que
dejarte ir hubiera dejado de dolerme, simplemente había aprendido a
convivir con ello porque no podía hacer otra cosa.
Aquella noche el disturbio llenaba las calles. La revuelta iba a
traer consecuencias, lo sabía. No era la primera vez que ocurría; el
pueblo estaba cansado de soportar tanto. Solo le pedía a Dios que tú
estuvieras dormido en tu cama y no involucrado en todo aquello.
Cuando el auto pasó frente a tu casa y vi la puerta cerrada, respiré
aliviada. No podía evitar seguir preocupándome por ti. A fin de
cuentas, seguías ocupando un lugar en mi corazón aunque quisiera
negarlo.
Dormí tranquila, sin preocupaciones, pero jamás imaginé que
aquella tranquilidad duraría tan poco.

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