El Castillo Ordoñez hacía honor a su nombre. No porque tuviera almenas o fosos medievales, sino por la imponente y brutal arquitectura de concreto gris, vidrio blindado y acero que se alzaba sobre las colinas privadas a las afueras de la ciudad.
Era el centro neurálgico de un imperio que movía millones de dólares en la legalidad de los puertos de carga y, al mismo tiempo, controlaba las rutas más peligrosas del subsuelo criminal.
En la oficina principal del último piso, el silencio era absoluto. Un silencio que aterrorizaba más que cualquier grito.
Victor Ordoñez permanecía de pie junto al ventanal panorámico, observando el movimiento de los camiones de carga a lo lejos. Vestía un traje de tres piezas hecho a la medida. Pantalón negro, chaleco negro, camisa negra, corbata negra.
Incluso el reloj en su muñeca izquierda era de un titanio oscuro que no reflejaba la luz. Su postura era impecable; sus hombros, una línea recta que cargaba el peso de una dinastía.
Al otro lado del escritorio de caoba, un empresario de mediana edad sudaba frío, apretando un maletín contra su pecho.
-Sé que cometí un error con los manifiestos del puerto, Joven Ordoñez -tartamudeó el hombre, con la voz temblorosa-. Pero la aduana se puso difícil este mes. Le juro que el próximo cargamento de los De Luca no...
Victor no se dio la vuelta. Tampoco levantó la voz. Cuando habló, su tono fue una línea horizontal, gélida y pausada:
-El problema, Mauricio, no es la aduana. El problema es que creíste que podías cobrar un porcentaje extra a mis espaldas.
-¡No, señor! Se lo prometo...
Victor levantó ligeramente una mano enguantada en cuero negro. El empresario se calló al instante, conteniendo el aliento.
-Tienes veinticuatro horas para devolver la diferencia, con un de por ciento de interés por el retraso -dijo Victor, girándose lentamente. Sus ojos oscuros, desprovistos de cualquier emoción, se clavaron en el hombre-. Si el dinero no está en la cuenta del banco a las nueve de la mañana de mañana... no te molestes en buscar un abogado. Búscate un buen escondite. Aunque sabes que mis hombres te encontrarán igual.
El hombre asintió frenéticamente, se levantó tropezando con su propia silla y salió de la oficina como si el mismísimo diablo lo viniera precisando. En cierta forma, así era.
Victor soltó un suspiro imperceptible y se aflojó el primer botón de la camisa negra. Miró el calendario digital de su escritorio. Hoy era el día. El acuerdo político y financiero que su madre y el consejo habían estructurado para estabilizar las tensiones entre las grandes familias de la élite estaba a punto de materializarse. Un compromiso arreglado.
Y su prometido estaba por llegar.
Mientras tanto, en un auto de lujo que cruzaba las puertas de alta seguridad del complejo, Guillermo se miraba en la cámara frontal de su teléfono celular, acomodándose un mechón de cabello con total parsimonia.
A diferencia de la sobriedad sepulcral que envolvía a los Ordoñez, Guillermo era una explosión de vida, color y carisma. Para la cena de esa noche, mandó a volar los consejos de su familia de usar "colores discretos". Vestía un traje de un azul eléctrico impecable, una camisa blanca de seda semiabierta hasta el tercer botón y un pañuelo amarillo brillante asomándose por el bolsillo del saco.
-A ver, mi estimado -le dijo Guillermo al chofer, dándole un par de golpecitos amistosos al asiento delantero-. Una pregunta seria: si me aviento del auto en movimiento, ¿tus jefes me disparan o solo me atrapan con una red gigante? Es para una tarea.
El chofer, un hombre maduro entrenado para la guerra, carraspeó, mirando por el retrovisor con los ojos como platos, pero se mantuvo en silencio.
-Silencio táctico. Me gusta. Muy de la mafia -se rio Guillermo, recargándose en el asiento mientras tarareaba una canción pop que desentonaba por completo con los vidrios polarizados y el ambiente blindado. No es que no entendiera la gravedad de la situación; al contrario, su mecanismo de defensa ante el miedo siempre había sido el sentido del humor y la irreverencia. No pensaba dejar que unos mafiosos estirados le quitaran la sonrisa.
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IMPERIO DE CENIZAS (LONCHE x WILLITO)
FanfictionImperio de Cenizas El apellido Ordoñez no construyó su imperio solamente con dinero. Lo construyó con miedo. Empresas legales por encima. Negocios sucios por debajo. Puertos. Rutas. Influencias políticas. Tratos capaces de desaparecer personas sin d...
