Capitulo 1

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El terminal Yerbateros nunca dormía, pero esa noche olía diferente.

Era un hedor espeso: diesel quemado, sudor agrio, fritura rancia y algo más... algo metálico que Valeria Rojas no lograba identificar. Arrastraba su mochila roja con cansancio mientras revisaba el boleto en su teléfono. Bus Huancayo – Empresa San Luis. Salida: 00:30.

—Apúrate, hija, que Lima come gente —le había dicho su mamá esa misma tarde por teléfono.

Valeria no sabía qué tan literal iba a volverse esa frase.

Tenía veintidós años, ojos cansados y una rabia callada contra esta ciudad que la había triturado durante cuatro semestres de Contabilidad. Solo quería volver a Huancayo, respirar aire frío, escuchar quechua en la calle y olvidar por un tiempo que existía.

Caminaba entre la multitud cuando un grito rompió el bullicio.

No fue un grito de pelea ni de robo. Fue un alarido largo, húmedo, casi... orgásmico. Como si alguien estuviera disfrutando del dolor.

La gente se congeló solo un segundo.

Luego, el caos.

Un hombre salió tambaleándose de los baños públicos. Tenía la cara destrozada, como si se hubiera arrancado la piel con sus propias uñas. En su mejilla izquierda se marcaba una herida abierta en forma de cruz. Sonreía. Sonreía tanto que se le veían las encías.

Antes de que alguien pudiera reaccionar, saltó sobre una mujer que vendía churros y le hundió los dientes en el cuello. La sangre brotó como si hubieran abierto una manguera.

El pánico explotó.

Valeria sintió que la empujaban con fuerza. Cayó de rodillas entre la estampida. Su mochila se perdió entre las piernas de la gente. Cuando levantó la vista, vio a un chico flaco con casco de mototaxista corriendo hacia ella.

—¡Levántate, hermana! ¡Corre o te van a pisar!

Era joven, moreno, con los ojos muy abiertos. La ayudó a incorporarse justo cuando otro grito inhumano sonó muy cerca. Un segundo infectado —una mujer esta vez— arrastraba a un niño pequeño por el pelo mientras reía como loca.

—¡Por acá! —gritó alguien más.

Un hombre alto, de chaqueta de cuero gastada y mirada dura, disparó dos veces al aire con una pistola. La multitud se abrió un poco.

—¡A la salida de emergencia! ¡Muévanse!

Valeria corrió sin pensar. Junto a ella iban el mototaxista, el hombre de la pistola, una señora mayor con pollera que cargaba canastas de hierbas, y un adolescente con uniforme de colegio que parecía a punto de llorar.

No se conocían. No tenían nada en común. Pero en ese momento eran lo único que tenían.

Salieron a la avenida como animales escapando de un incendio. Detrás de ellos, los gritos ya no eran solo de miedo... ahora también había risas. Muchas risas. Demasiadas.

Valeria miró hacia atrás una sola vez.

Lo que vio se le clavó en la memoria como un fierro caliente.

Un hombre con la cruz sangrante en la cara tenía a una chica contra el suelo. La estaba violando con saña mientras le mordía el hombro. Y reía. Reía entre mordisco y mordisco.

Valeria sintió arcadas.

—¿Qué mierda es esto...? —susurró con la voz rota.

El ex-policía (eso parecía por cómo manejaba el arma) la miró de reojo mientras corrían.

—Esto no es un motín —dijo con voz grave—. Esto es el fin del mundo, señorita.

Corrieron hacia la oscuridad de las calles aledañas, mientras a sus espaldas el terminal Yerbateros se convertía en un matadero.

Valeria no lo sabía todavía, pero esa noche era solo el comienzo.

Y que Dios se apiadara de ellos... porque los Crossed no lo harían.

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