Solo quedamos nosotros dos.

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El cañón no sonó.

Y ese silencio fue peor.

El viento arrastraba ceniza por la Cornucopia, mezclándola con el olor metálico de la sangre seca y las bayas aplastadas bajo sus botas. El cielo artificial del Capitolio tenía ese tono imposible entre naranja y violeta, hermoso de una forma ofensiva. Como si la arena quisiera fingir que aquello todavía era un espectáculo elegante y no dos chicos medio muertos intentando decidir quién merecía seguir respirando.

The Hunger Games había terminado de romper algo dentro de Katniss mucho antes de ese momento, pero escuchar la voz de Claudius Templesmith anunciar el cambio de reglas la dejó vacía de una manera distinta. Más fría. Más definitiva.

—La revocación anterior queda anulada. Como siempre, solo puede haber un vencedor de los Septuagésimo Cuartos Juegos del Hambre.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire como humo tóxico.

Katniss sintió que Peeta soltaba su mano apenas un centímetro. No fue un movimiento brusco. Fue peor: fue instinto. El cuerpo recordando las reglas antes que el corazón. Ella levantó la vista lentamente y encontró sus ojos azules clavados en el suelo, agotados, febriles. Todavía estaba demasiado débil por la herida de la pierna, pero ambos sabían algo terrible: débil no significaba incapaz.

El hovercraft aún no llegaba porque el Capitolio quería esto.

Claro que lo quería.

Quería el momento exacto en que uno de ellos eligiera vivir más que amar.

Un escalofrío recorrió a Katniss, no por miedo a morir, sino porque por primera vez desde que había entrado a la arena entendió algo insoportable: el Capitolio no necesitaba que se mataran. Solo necesitaba que dudaran. Que por un segundo imaginaran hacerlo.

Peeta levantó la cabeza despacio.

Y sonrió.

No una sonrisa feliz. Ni siquiera valiente. Era una sonrisa cansada, rota en las esquinas, como alguien que ya había tomado una decisión hacía rato y estaba esperando alcanzar a la otra persona antes de decirla en voz alta.

—Bueno —murmuró—. Supongo que así es más sencillo para ti, ¿no?

Katniss tardó un segundo en comprender lo que acababa de decir.

Luego la rabia llegó de golpe.

—No vuelvas a decir eso.

Su voz salió áspera, más cercana a una amenaza que a una súplica. Peeta soltó una pequeña risa sin humor y apoyó una mano contra la Cornucopia para mantenerse sentado. La venda de su pierna estaba completamente empapada de rojo otra vez.

—Katniss, mírame —dijo en voz baja—. Apenas puedo mantenerme despierto.

—Cállate.

—Tú puedes ganar esto.

—He dicho que te calles.

Ella dio un paso hacia él y sintió cómo algo se quebraba dentro de su pecho. No podía soportarlo. No después de Rue. No después de Cato. No después de haber atravesado toda la arena creyendo, aunque fuera por unas horas, que tal vez el Capitolio había perdido el control de la historia.

Pero claro que no.

El Capitolio siempre quería el último movimiento.

Los altavoces permanecían en silencio. Esperando. Katniss podía imaginar a los habitantes del Capitolio inclinados hacia las pantallas, conteniendo el aliento entre apuestas y copas de vino, observando qué tan rápido el amor podía convertirse en supervivencia.

Contigo hasta el finalBağımlısı olacağınız hikayeler. Şimdi keşfedin