Villavicencio siempre había sido una ciudad llena de movimiento. El calor de las tardes, el ruido de las motos pasando por las calles y el sonido de la música llanera hacían parte del día a día. Allí, entre el trabajo, las responsabilidades y los sueños, comenzó una historia que cambiaría muchas vidas.
Carlos era un hombre trabajador y dedicado. Pasaba la mayor parte de su tiempo supervisando obras y asegurándose de que todo saliera bien. Le gustaba hacer las cosas correctamente y era conocido por ser responsable y muy atento con las personas. Nidia, por otro lado, administraba una empresa de alquiler de equipos para construcción. Era organizada, inteligente y siempre encontraba la manera de resolver los problemas.
Aunque ambos trabajaban en el mismo mundo laboral, todavía no se conocían.
Una mañana, Carlos necesitaba conseguir un equipo para una obra importante. Había buscado en diferentes lugares, pero nadie tenía lo que necesitaba. Después de varias llamadas y recomendaciones, alguien le habló de una empresa donde posiblemente podrían ayudarlo.
Ese lugar era donde trabajaba Nidia.
Cuando Carlos llegó, el calor de la ciudad era fuerte y el cansancio se notaba en su rostro. Entró esperando resolver un problema de trabajo, sin imaginar que estaba entrando al comienzo de algo mucho más grande.
Nidia lo recibió desde el escritorio principal.
-Buenos días, ¿en qué puedo ayudarlo? -preguntó con amabilidad.
Carlos explicó lo que necesitaba mientras revisaba algunos papeles. Nidia escuchó con atención y comenzó a buscar opciones para ayudarlo.
Lo que comenzó como una conversación normal terminó convirtiéndose en una charla más larga de lo esperado.
Desde ese día, Carlos comenzó a visitar más seguido la empresa. A veces tenía excusas relacionadas con el trabajo, pero otras veces simplemente quería verla. Poco a poco empezaron las conversaciones, las bromas y la confianza.
Carlos era muy detallista. Algunas tardes llegaba con postres, otras veces invitaba a Nidia a almorzar. Siempre buscaba la manera de hacerla sonreír.
Una tarde llegó con una pequeña caja blanca.
-¿Y eso? -preguntó Nidia curiosa.
-Dicen que los días largos mejoran con algo dulce -respondió Carlos mientras sonreía.
Dentro de la caja había una porción de cheesecake de fresa.
Nidia no pudo evitar reír.
Con el paso del tiempo, comenzaron a conocerse mejor. Hablaron de sus sueños, de sus metas y de todo lo que querían construir en el futuro. Lo que empezó como trabajo terminó convirtiéndose en amistad, y esa amistad poco a poco se transformó en amor.
Después de un año de relación, decidieron casarse.
La boda fue sencilla pero muy especial. Estaban rodeados de personas importantes para ellos y, sobre todo, estaban felices de comenzar una nueva etapa juntos. Ambos soñaban con construir una familia llena de amor, unión y estabilidad.
Tiempo después nació Elizaa.
Desde pequeña, Elizaa había sido una niña muy extrovertida y divertida. Le encantaba jugar, hablar con las personas y pasar tiempo haciendo actividades diferentes. Siempre tenía energía para correr, reír y convertir cualquier momento aburrido en algo divertido.
También era muy dedicada con el estudio y le gustaba aprender cosas nuevas. Carlos y Nidia estaban orgullosos de verla crecer siendo una niña tan alegre y cariñosa.
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Perdimos todo, menos la fé
Kurgu OlmayanTodo comenzó en Villavicencio, donde Carlos y Nidia se conocieron gracias a su trabajo. Carlos era director de obra y Nidia administraba una empresa de alquiler de equipos para construcción. Lo que inició como un encuentro laboral terminó convirtién...
