La lluvia golpeaba suave el techo de madera mientras el viento de la montaña silbaba entre los árboles. Afuera, la noche cubría el valle con una niebla espesa, y el sonido lejano de un arroyo acompañaba el crepitar del fuego. Dentro de aquella vieja casa del Reino Tierra, una anciana permanecía sentada junto al brasero, envuelta en mantas gruesas, observando a sus nietos acomodados alrededor de ella.
Los pequeños escuchaban en silencio.
No era una historia cualquiera.
Era una de esas historias que se contaban en voz baja.
De las que sobrevivían más tiempo que los reyes.
La anciana levantó lentamente la vista hacia las llamas y habló con una voz cansada, pero firme.
-Hace cien años... el mundo estaba muriendo lentamente... aunque nadie quisiera admitirlo.
Los niños no dijeron nada.
Ella continuó.
-Muchos creen que la guerra comenzó cuando el Señor del Fuego Sozin decidió atacar a los Nómadas Aire... pero no fue así. La guerra empezó mucho antes... en las sombras... en las cortes... en el hambre... y en el miedo.
El fuego iluminó apenas su rostro envejecido.
-En aquellos tiempos, el Reino Tierra era inmenso. Tan grande... que parecía eterno. Sus ciudades eran incontables, sus ejércitos enormes y sus tierras fértiles. Pero mientras el mundo veía fortaleza... por dentro estaba podrido.
La corrupción recorría el reino como una enfermedad.
Gobernadores vendiendo comida destinada a los pobres. Nobles enriqueciéndose mientras aldeas enteras morían de hambre. Oficiales aceptando sobornos. Generales más preocupados por conspiraciones políticas que por proteger a su gente.
El Reino Tierra seguía siendo poderoso.
Pero ya no estaba unido.
Era un gigante cansado.
Y mientras ellos se hundían en sus propios problemas... otra nación se levantaba desde las cenizas.
La Nación del Fuego.
La anciana tomó una taza de té y continuó hablando.
-Cuando Sozin fue coronado Señor del Fuego... muchos pensaron que sería otro noble arrogante más. Otro hombre obsesionado con la gloria de su familia. Pero se equivocaron.
Sozin no era solamente ambicioso.
Era inteligente.
Y peor aún...
Sabía esperar.
Durante los primeros años de su reinado, evitó guerras innecesarias. Recorrió puertos, fábricas y ciudades industriales. Habló con comerciantes, herreros, ingenieros y generales. Observó el sufrimiento de los barrios pobres y comprendió algo que pocos gobernantes entendían.
Un pueblo hambriento jamás seguiría a un rey por mucho tiempo.
Así comenzaron los cambios.
La industria creció como nunca antes.
Los hornos de acero ardían día y noche. Nuevas rutas comerciales fueron abiertas. Astilleros enteros nacieron en las costas volcánicas de la nación. El carbón alimentó enormes máquinas y el vapor comenzó a transformar el mundo.
Por primera vez en generaciones...
La pobreza empezó a desaparecer.
La gente del pueblo comenzó a comer mejor. Las ciudades crecieron. Los trabajos abundaban. Los soldados recibían mejor entrenamiento y mejores armas.
