La puerta se cierra con suavidad.
—Adiós, Luna. Nos vamos a ver a la abuela. Pórtate bien —dice su madre antes de salir.
—Guau —responde Luna, moviendo el rabo con energía.
Durante unos segundos, Luna se queda inmóvil, subida al mueble del salón, observando cómo el coche se aleja por la calle hasta desaparecer. En cuanto el sonido del motor se pierde, baja de un salto y corre hacia el patio trasero, feliz, sin parar.
Pero al cruzar la puerta, se frena en seco.
—¡NO COMÍ! —dice, alterada.
Da media vuelta y entra corriendo de nuevo en casa. Vacía su plato en segundos. Luego vuelve a salir disparada al patio, como si nada hubiera pasado.
Se acerca al fondo del jardín, agitando el rabo.
—¡Chicosss, salid!
Diferentes ladridos responden desde el otro lado.
Luna levanta la tabla de madera del suelo y entra al callejón. Allí están todos.
Sultán, un gran danés ya mayor, está tumbado como si todo le diera igual. Parece que el mundo le pesa encima y casi no abre los ojos. Vive en la casa de los señores Fry, una familia rica.
Archi, un chihuahua de cuatro años, se mantiene erguido con actitud de superioridad, aunque en realidad se asusta con facilidad. Vive en casa de la señora Rodríguez.
Y Luna, una pekinés de tres años, inquieta, divertida e inmadura, que roba cosas de casa como si fuera su hobby favorito. Vive con la familia Martínez.
—Oye chicos... falta Tobby —dice Luna.
En ese momento aparece el último del grupo. Tobby, un Yorkshire de apenas un año, llega corriendo. Es hiperactivo, rompe cosas sin querer y se tropieza cada dos pasos.
—¡Esperadme, chicos! —grita desde lejos, mientras se cae otra vez.
Archi empieza a ladrarle sin parar. Sultán levanta la cabeza lentamente.
—Algunos queremos dormir... —dice, bajando otra vez la cabeza.
—No me mates, por favor... —susurra Archi, encogiéndose.
—Bueno chicos... ¿robamos un pan Giuseppe? —propone Luna.
—¡Siii! —dicen Tobby y Archi al mismo tiempo.
Empiezan a avanzar. Tobby se gira hacia Sultán.
—¿Vienes, Sultán?
Sultán suspira.
—Sin prisa, chicos... al paso, mis amores —dice, levantándose lentamente.
Cuando llegan, se agrupan en círculo.
—A ver, el mismo plan de siempre —dice Luna—. Sultán, tú distraes a Giuseppe. Archi, tú entras sin que te vea. Yo dejo la ventana abierta.
—¿¡Y yo!? ¡Yo quiero hacer algo! —dice Tobby, emocionado.
—Tú... quédate aquí vigilando —responde Luna.
—¡VAMOOOS! —dice él, feliz igualmente.
—Venga, a vuestros puestos —termina Luna.
Sultán se acerca a la puerta y da una pata. Giuseppe sale a saludarlo y le ofrece un bollo.
En ese momento, Archi pasa por debajo de sus piernas y entra al mostrador. Coge una barra de pan y corre hacia la cocina.
Luna está en la ventana intentando abrirla. La consigue abrir y Archi salta fuera.
Todo va bien.
Hasta que Tobby ladra.
Todos se giran.
Ahí aparece Rocky, el perro policía del barrio, un setter que se toma su trabajo muy en serio.
—¡Esta vez no os escapáis! —grita.
Todos empiezan a correr.
Sultán pregunta por qué corren... hasta que ve a Rocky detrás. En ese momento, el perro viejo que apenas se movía, corre como si su vida dependiera de ello.
Empieza la persecución.
Finalmente, llegan al callejón y se comen el pan.
—Chicos, muy buena esa... ese Rocky nunca nos pilla —dice Luna.
—Jajaja —ríen todos.
Excepto Sultán, que ya está dormido.
—¡SULTÁN! —grita Tobby riéndose.
Sultán se levanta de golpe y lo persigue.
—Ven aquí, maldito...
Se oye un coche aparcar.
—Chicos, me tengo que ir... adiós —dice Tobby.
Uno a uno, cada uno vuelve a su casa.
El callejón queda vacío.
Luna se tumba en su cuna.
La puerta se abre.
—Ay, mi niña... qué bien se ha portado. Ni se ha movido —dice su madre.
Luna gira la cabeza... y te guiña un ojo.
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La vida secreta de los perros
General FictionLos perros tiene vida cuando nadie les ve
