Isabel García
Me desperté antes de que sonara la alarma. El sol de la mañana se filtraba por las cortinas de mi habitación, pero no traía la paz que esperaba tras ganar el caso Villarreal. Me quedé mirando el techo, sintiendo el peso de la noche anterior en el estacionamiento. Las palabras de Nicolás, su aliento rozando mi boca y la promesa de ser mi peor pesadilla, se repetían en mi mente como una canción rayada.
Alargué la mano hacia la mesa de noche y tomé mi teléfono. Las notificaciones explotaban.
"Isabel García: La nueva estrella del derecho de familia".
"¿El fin de la era Ortiz? Alfonso Villarreal pierde millones frente a una joven abogada".
Debería estar saltando de alegría. Sentía un nudo en el estómago. Me levanté y caminé hacia el baño, evitándome en el espejo. Sabía lo que vería: una mujer que ganó haciendo trampa, y que ahora tenía al hombre más peligroso de la ciudad respirándole en la nuca.
—Es solo un abogado herido en su orgullo, Isabel. No va a hacer nada —me dije a mí misma mientras abría el grifo del agua fría.
Pero mi subconsciente, ese que no me dejaba mentirme, se rió de mí. «Nicolás Ortiz no es solo un abogado. Es el hombre que te hizo tocar el cielo y luego te prometió el infierno. Y tú sabes que cumple sus promesas».
Me vestí con un traje de sastre blanco crema. Quería proyectar pureza, luz, victoria. Me puse mis tacones favoritos y salí de mi apartamento con la cabeza alta. Sin embargo, al llegar al vestíbulo de mi edificio, me detuve en seco.
El portero, un hombre mayor y amable, me sonrió desde su puesto.
—Felicidades por el juicio de ayer, señorita García. Ha salido en todos los periódicos. Por cierto... un mensajero dejó esto para usted hace una hora.
Me entregó un sobre de papel madera, pesado y sin remitente. Mi nombre estaba escrito en el frente con una caligrafía firme, elegante y demasiado familiar.
Sentí un escalofrío recorrerme la columna. Era la letra de Nicolás.
Abrí el sobre con manos temblorosas mientras caminaba hacia mi coche. No había una carta bomba, ni una demanda legal. Solo era un objeto pequeño envuelto en papel seda negro.
Al desenvolverlo, mi corazón se detuvo. Era el prendedor de plata en forma de balanza que yo había perdido. Pero no estaba solo. Venía acompañado de una pequeña nota escrita a mano:
"Se le cayó anoche, colega. Tenga cuidado. En este juego, perder el equilibrio es el primer paso para caer. Nos vemos pronto."
No decía dónde, ni cuándo. Pero el mensaje era claro: Sé dónde vives. Sé quién eres. Y te estoy vigilando.
Llegué a la oficina de Rosarios & Asociados con el prendedor de plata apretado en mi mano, tanto que el metal se sentía caliente. Al entrar, el ambiente era de carnaval. Ernesto, mi jefe, estaba en medio del pasillo hablando por teléfono, pero en cuanto me vio, colgó y me señaló con un dedo triunfante.
—¡Isabel! ¡Nuestra estrella! —Ernesto se acercó y me dio unas palmaditas en el hombro, con esa sonrisa que solo aparece cuando huele el dinero—. Tres llamadas de medios internacionales y dos clientes potenciales de la lista de Forbes han preguntado por ti en la última hora. Ortiz debe de estar revolcándose en su tumba de oro.
—Gracias, Ernesto. Fue un caso difícil, pero los resultados están ahí —respondí, intentando que mi voz no sonara tan hueca como me sentía.
—Difícil es poco. Le has dado una lección de humildad a Acoley & Legal que no olvidarán en una década. Sigue así y pronto tendremos que hablar de esa asociación senior que tanto deseas. Mi despacho está abierto para ti, siempre.
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Seducción en el Bufete
Romance«¿Será que existe el amor a primera vista?» De esa pregunta surgió el tormento de Nicolás Ortiz. Para él, la ley es orden y control; sin embargo, todo su rigor jurídico se desmorona en los pasillos de una biblioteca al conocerla a ella. Isabel Garcí...
