Prólogo

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El Estruendo del Silencio

​La guerra no avisa. Simplemente se instala en tu garganta como un nudo de humo y ceniza.

​En el sueño, yo no era la mujer que despierta cada mañana en una cama segura. Allí, en la ciudad sitiada de San Marcos, yo era lo único que se interponía entre la vida y el olvido. Mis manos, manchadas de una mezcla de grasa de motor y sangre ajena, no sabía si sostenía un bisturí de doctora o el coraje de una enfermera. Solo sabía que el hospital era un barco hundiéndose y yo tenía que salvar a la tripulación.

​—¡Ya viene una bomba! ¡Desalojen! —mi voz no parecía mía; era un rugido que nacía del miedo más puro.

​Corría. El mundo era un desfile de camillas chirriantes y rostros pálidos. En medio de ese pasillo estrecho, donde el olor a antiséptico luchaba contra el olor a pólvora, el tiempo se detuvo.

​Lo vi.

​Él estaba allí, una figura familiar en medio de un infierno desconocido. No hubo espacio para el "te extraño" ni para el "¿por qué nos pasó esto?". Solo hubo una mirada. Sus ojos buscaron los míos en un anclaje desesperado. Fue un "cuídate" mudo, una despedida lanzada al aire como una moneda al pozo.

​Entonces, el cielo se rompió.

​El estruendo no fue solo un sonido; fue un golpe físico que me arrancó el suelo. La bomba no nos impactó directamente, pero su onda expansiva nos arrojó al vacío. Caímos. El polvo cubrió mi boca y el zumbido en mis oídos amenazó con volverme loca. Por un segundo, pensé que era el fin. Pero mis dedos se enterraron en los escombros y, con un grito sordo, me levanté. Me puse en pie porque el deber dolía más que las heridas.

​...

​De pronto, el caos se evaporó. Ya no había gritos ni humo.

​La luz era de un oro gastado, el color de los atardeceres que ya no vuelven. Estábamos sentados en el muro de piedra de la plaza vieja. Él, impecable en su uniforme de gala, como si estuviera listo para una condecoración póstuma. Yo, envuelta en mi vestido verde militar, la tela de mi propia batalla personal.

​No hablábamos. El silencio era un muro más alto que el que nos sostenía.

​Apoyé mi hombro contra el suyo y el dique se rompió. Lloré. Lloré con una desesperación que no conocía la vergüenza, rogándole al destino un minuto más, una realidad diferente. Lo quería conmigo, incluso si el mundo entero tenía que estallar de nuevo para lograrlo.

​Lloré tanto que mi alma se desbordó del sueño.

​Desperté con el rostro empapado y el corazón latiendo al ritmo de aquella explosión. Él no estaba. El hospital no estaba. Pero el dolor en mis mejillas era la prueba irrefutable de que, en algún plano de la existencia, nos habíamos dicho adiós para siempre.

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⏰ Last updated: Apr 30 ⏰

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