La amistad entre la señora Kim y la señora Jeon no era una amistad común; era una sociedad de resistencia. Se conocieron en una pequeña cafetería de Seúl una tarde lluviosa, ambas refugiándose del caos de la ciudad, y descubrieron que compartían no solo el gusto por el té de jazmín, sino también el sueño de formar familias que nunca se sintieran solas.
La señora Kim fue la primera en dar la noticia. Con una sonrisa radiante y las manos sobre su vientre aún plano, le confesó a su amiga que un pequeño ser ya crecía dentro de ella. Durante nueve meses, la señora Jeon fue su sombra: la acompañó a cada antojo de medianoche, soportó sus cambios de humor y celebró cuando, en una fría madrugada de diciembre, nació Taehyung.
Taehyung llegó al mundo con una mirada seria que parecía juzgar el entorno desde el primer segundo. Sin embargo, en cuanto la señora Jeon lo tomó en brazos, el bebé dejó de llorar.
—Va a ser un Alfa fuerte —predijo la señora Jeon, besando la frente del pequeño—. Pero va a necesitar a alguien que lo haga sonreír.
Pasaron los años. Taehyung creció siendo el centro de atención de ambas mujeres. Era un niño de gestos pausados y una madurez inusual para su corta edad. La señora Jeon, aunque amaba a Taehyung como a un hijo propio, sentía el anhelo de completar el cuadro.
—¿Cuándo llegará el compañero de juegos de Tae? —preguntaba la señora Kim entre risas mientras veían a Taehyung, de cuatro años, ordenar sus carritos por colores en la alfombra.
La respuesta llegó tres años después del nacimiento de Taehyung. La señora Jeon entró a la casa de los Kim con una prueba de embarazo en la mano y lágrimas en los ojos. La celebración fue tal que los vecinos pensaron que se trataba de una fiesta gigante.
Cuando Jungkook nació, el ambiente cambió por completo. Si Taehyung era la calma del invierno, Jungkook era el estallido de la primavera. Desde que era un bebé, Jungkook fue una bola de energía, mejillas grandes y ojos curiosos que buscaban desesperadamente al niño mayor que siempre estaba cerca.
El primer encuentro consciente fue grabado por ambas madres con cámaras en mano. Taehyung, con cuatro años cumplidos y una expresión de curiosidad contenida, se acercó a la cuna.
—Tae, este es Jungkook. Tienes que cuidarlo porque es más pequeño que tú —le susurró su madre.
El pequeño Jungkook, que apenas tenía meses, estiró su manita y apretó el dedo índice de Taehyung. En ese momento, un suave e imperceptible aroma a vainilla empezó a emanar del bebé, mientras que Taehyung, incluso antes de su presentación, ya desprendía ese calor terroso que años más tarde se convertiría en un intenso aroma a jengibre.
—Mira eso —susurró la señora Jeon, emocionada—. Parece que ya lo eligió.
Crecieron como hermanos, pero con una distinción clara. Taehyung siempre caminaba un paso por delante, asegurándose de que el camino fuera seguro, y Jungkook corría detrás, riendo y llamándolo "Tae-Tae".
Las madres, sentadas en el porche viendo a sus hijos jugar, brindaban con copas de vino por el éxito de su plan.
—Imagina cuando crezcan —decía la señora Kim—. Taehyung en la universidad, Jungkook entrando después... serán inseparables.
No sabían que esa misma cercanía, la que juraron proteger, sería la que años más tarde rompería el corazón de Jungkook cuando la burbuja de la infancia se reventara contra las frías paredes de la facultad de Taehyung.
A los siete años, Taehyung ya caminaba con una rectitud que no correspondía a su edad. Mientras otros niños de su clase se perdían en juegos ruidosos, él siempre tenía un ojo puesto en la pequeña figura de mejillas redondas que lo seguía a todas partes. Jungkook, de apenas tres años, era su sombra, su responsabilidad y, aunque no sabía explicarlo entonces, su persona favorita en el mundo.
El parque cercano a sus casas era el escenario de sus tardes. Jungkook aún tropezaba con sus propios pies al correr, siempre intentando alcanzar las zancadas más largas de Taehyung. Una tarde, mientras Jungkook se distraía observando una hilera de hormigas, un grupo de niños un par de años mayores que Taehyung decidió que era divertido pasar corriendo y empujar al "bebé".
Jungkook cayó de rodillas sobre la gravilla, y el silencio que siguió fue roto por un llanto agudo y desgarrador.
Antes de que la señora Jeon pudiera siquiera levantarse del banco, Taehyung ya estaba allí. No ayudó a Jungkook a levantarse de inmediato; primero se plantó frente a él, con los hombros tensos y una mirada tan gélida que los niños mayores se detuvieron en seco.
—Pídanle perdón —dijo Taehyung. Su voz no tembló.
Los niños se rieron, burlándose de su seriedad, pero Taehyung no retrocedió ni un centímetro. Hubo algo en su instinto, un destello prematuro de ese Alfa que aún tardaría años en despertar, que hizo que los otros niños sintieran una incomodidad extraña. Sin decir nada más, los bravucones se alejaron murmurando excusas.
Solo cuando los otros se fueron, Taehyung se dio la vuelta. Su expresión de hierro se derritió al ver las rodillas raspadas de Jungkook. Se arrodilló frente a él y, con una ternura infinita, sopló sobre las heridas mientras limpiaba las lágrimas de las mejillas del menor con sus pulgares.
—Ya no están, Kookie. Yo estoy aquí —susurró.
Jungkook dejó de sollozar, hipando un poco, y se aferró al cuello de Taehyung. En ese momento, el pequeño Jungkook grabó una verdad absoluta en su mente: Taehyung era su lugar seguro.
Esa noche, mientras las madres preparaban la cena, encontraron a los dos niños dormidos en el sofá. Jungkook tenía su cabeza apoyada en el regazo de Taehyung, y este, incluso dormido, mantenía una mano firme sobre el hombro del menor, como si estuviera asegurándose de que nadie se lo llevara.
—Taehyung lo cuida más que nosotros —comentó la señora Kim con una sonrisa melancólica.
—Es como si supiera que tiene que protegerlo de todo —respondió la señora Jeon.
Lo que ninguna de las dos sospechaba era que esa protección se convertiría en la cadena que, años más tarde, asfixiaría a Jungkook. Porque para Taehyung, proteger a Jungkook siempre significó mantenerlo como ese "niño del parque", impidiéndole ver que el pequeño de las rodillas raspadas había crecido para convertirse en un omega que ahora anhelaba algo más que solo cuidado: anhelaba su amor.
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Amigos o no?
Fanfiction¿Qué sucede cuando el escudo que te protegió toda la vida se convierte en el muro que te impide avanzar? Jungkook y Taehyung han sido una unidad indivisible desde antes de tener memoria. Sus madres, mejores amigas de toda la vida, tejieron sus desti...
