01. La chica que llegó dos meses tarde

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Aizawa entró en el aula arrastrando su saco de dormir como si fuera parte de él. La Clase 1‑A estaba en su caos habitual: risas, discusiones, sillas moviéndose, Kaminari quejándose de algo que probablemente era culpa suya. Todo normal.

Hasta que Aizawa habló.

—Tenemos una estudiante transferida.

El silencio cayó de golpe.  

Y entonces ella entró.

Nara Tsukinaga caminó con paso seguro, como quien entra en un sitio nuevo pero no piensa encogerse. Llevaba una carpeta de Snoopy contra el pecho, el cabello castaño cayéndole en ondas suaves, y unos ojos verdes que parecían demasiado grandes para un aula tan ruidosa.  

Tenía esa energía cálida de la gente que ha vivido en varios lugares y no teme a ninguno.  

Y cuando sonrió, se notó al instante que no era japonesa.

Aizawa la miró con su expresión de “quiero dormir, pero no me dejan”.

—Preséntate.

Nara abrió la boca, pero no llegó a decir nada porque…

—¡UNA CHICA NUEVA Y ENCIMA GUAPA!

Mineta salió disparado como un proyectil morado.  

Literalmente saltó por encima de su mesa, brazos extendidos, ojos brillando de forma preocupante.

Nara no retrocedió.  

Solo lo miró con una mezcla de sorpresa y “¿pero este niño qué hace?”.

Aizawa ni pestañeó.  

La bufanda salió disparada, envolvió a Mineta como si fuera un maki mal enrollado y lo estampó contra su silla.

—¡PROFEEE, DÉJEME RECIBIRLA! —pataleó Mineta.

—No —respondió Aizawa, sin emoción alguna.

La clase se rió.  

Nara también, pero sin vergüenza, con una risa abierta y luminosa que llenó el aula.

—Bueno —dijo ella, acomodándose un mechón detrás de la oreja—. Soy Nara Tsukinaga. Vivía en Estados Unidos, so… si meto la pata culturalmente, avisadme, ¿vale?

La clase parpadeó.  

Esa mezcla de inglés, español y japonés no la habían escuchado nunca.  

Era como si el aula hubiera cambiado de idioma sin avisar.

Midoriya ya tenía la libreta en la mano.

—¿Qué tipo de quirk tienes? ¿Es de emisión? ¿De transformación? ¿Cómo lo controlas? ¿Es común en Estados Unidos? —preguntó mientras escribía tan rápido que parecía que iba a incendiar el papel.

Nara lo miró con una sonrisa divertida.

—Whoa, slow down, campeón. Te lo cuento, pero uno por uno.

Midoriya se puso rojo.  

La clase se rió otra vez.

Y entonces estaba Bakugou.

Callado.  

Inmóvil.  

Mirándola.

No gruñó.  

No explotó.  

No dijo nada.

Solo… la miró.  

Como si no entendiera por qué de repente el aula parecía más pequeña.  

Como si la luz entrara distinta por la ventana.  

Como si algo dentro de él hubiera decidido ponerse rojo sin su permiso.

Kirishima lo vio y sonrió por lo bajo.  

Bakugou le lanzó una mirada asesina, pero no dejó de mirar a Nara.

Aizawa cortó el momento.

—Muy bien. Si ya terminaron, tomen asiento. Tsukinaga, siéntate donde quieras.

Nara lo miró raro.  

Muy raro.  

Como si Aizawa acabara de decirle que eligiera asiento en un estadio vacío.

—Pero si solo hay uno —respondió, riéndose, como si fuera lo más obvio del mundo.

La clase volvió a quedarse en silencio.  

Ese comentario… tan directo, tan poco japonés…  

Se notaba que no era de allí.

Aizawa la observó un segundo más de lo normal.

—Entonces siéntate ahí —dijo, señalando el asiento libre junto a Todoroki.

Nara caminó entre las mesas con paso seguro, sin encogerse ante las miradas.  

Se sentó junto a Todoroki, que la observó como si fuera un fenómeno meteorológico inesperado.

—Ah… hola —dijo él, después de un silencio demasiado largo.

Nara sonrió, divertida.

—Hola. Me llamo Nara. ¿Tú eres…?

—Todoroki —respondió él, rígido como un poste.

—Encantada —dijo ella, como si estuviera saludando a un vecino en un ascensor.

Bakugou apretó la mandíbula.  

No sabía por qué.  

No quería saberlo.

Pero sí sabía algo:  

esa chica, la que había llegado dos meses tarde, la que hablaba con naturalidad y mezclaba idiomas sin darse cuenta,  

iba a cambiarlo todo.

BAKUGO Y EL INCORDIO BUENO Stories to obsess over. Discover now