Capitulo 1

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Cuando el del taxi tomó otra ruta, sentí un escalofrío. Le mandé ubicación en tiempo real a mi novio, Leonardo, para que siguiera mi rastro en todo momento.

Al otro día, la noticia del momento era aquello de un taxista muerto. Nadie sabe quién fue pero definitivamente es obra de una misma persona. Lo que sí es un hecho es que no hay periodista más rápido y veraz que Leonardo Salazar, quien es el reportero oficial de este caso.

Definitivamente, hacemos un gran equipo.

Cerré el periódico y miré mi teléfono. Tenía doce llamadas perdidas de él. "Solo quería asegurarme de que llegaras bien", decía el último mensaje enviado a las 3:00 AM, horas después de que yo ya estaba en mi cama.

Sonreí con una mezcla de orgullo y algo que no supe identificar al principio. Mientras la ciudad entera entraba en pánico, nosotros éramos los únicos que parecíamos inmunes. Él escribía la historia, yo vivía los detalles que nadie más se atrevía a contar.

Pero entonces recordé el desvío. El taxista miró por el retrovisor, sudando frío, como si supiera que estaba siendo cazado. Y yo, tonta, pensé que el peligro venía de él.

El teléfono vibró de nuevo. "¿Café? Tengo información exclusiva para la siguiente nota".

Acepté. Al fin y al cabo, nadie me protege como él. Nadie sabe más que él.

Llegué al café quince minutos tarde. Lo vi sentado en la mesa de siempre, cerca de la ventana, con esa postura impecable que siempre tiene. Tenía dos tazas humeantes frente a él y el periódico doblado con la portada visible: "EL CAZADOR: EL QUINTO CASO".

—Llegas tarde —dijo sin levantar la vista, pero con una media sonrisa—. Te preparé tu café, como siempre.

Me senté, intentando disimular que me temblaban un poco las manos.

—Es que... con todo lo que pasó ayer y las noticias de hoy, no logro concentrarme —confesé, pasando una servilleta entre mis dedos—. La verdad, cuando el tipo se desvió, pensé que era mi fin. Te juro que sentí miedo, Leo.

Por fin levantó la mirada. Sus ojos tenían un brillo extraño, frío pero cálido a la vez. Se inclinó un poco hacia adelante, bajando la voz.

—Por eso soy yo quien te cuida. Nadie más entiende esto como nosotros. La gente ve solo sangre y titulares, pero nosotros vemos el orden, el patrón... —Hizo una pausa, revolviendo lentamente su café—. ¿Sabes qué es lo más curioso de todo? Ese taxista que te llevó ayer... era el siguiente en mi lista.

Me quedé helada.

—¿Qué? —susurré.

—Sí —asintió, muy tranquilo—. Tenía información de que era peligroso. Por eso cuando me mandaste tu ubicación, supe exactamente quién era. Y supe que no llegaría a destino.

Miré alrededor, nerviosa.

—¿Tú sabías que...?

—Yo sé todo, amor —me interrumpió, y extendió su mano para tomar la mía sobre la mesa. Su tacto era firme, seguro—. Yo escribo la historia antes de que suceda. Y ayer, tú tuviste la suerte —o la bendición— de estar en el lugar y momento correctos para ver cómo se hacía justicia.

Sonreí, y esta vez el miedo se transformó en una extraña efervescencia en el pecho.

—Entonces... ¿yo fui testigo?

—No —corrigió, acercándose más—. Fuiste mi cómplice sin saberlo. Y ahora que lo sabes... somos un equipo imparable.

Sacó una carpeta negra de su bolsa y la deslizó bajo la mesa hasta mis manos.

—Aquí tienes los nombres de los siguientes. Hay que limpiar la ciudad, uno por uno. ¿Estás lista para escribir la nota más grande de nuestra carrera?

Abrí la carpeta con manos temblorosas, pero esta vez no de miedo. De emoción.

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