Gamma Cygnus murió sin haber dado un mísero beso. Eso, para una lectora asidua de romance oscuro, es una tragedia. Pero no se compara en nada a tener que conseguir trabajo postmortem.
En sus palabras: «ya ni en la muerte se puede descansar».
Ella es...
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La explosión derriba la piedra, fulmina los escombros. Dejan de haber paredes, de existir una construcción. Salgo despedida tan lejos que en todo lo que puedo pensar es en si Anarök sobrevivirá la caída.
Me levanto cubierta de polvo, pero no siento dolor. Ni siquiera recuerdo haber aterrizado físicamente en nada, y todo lo que veo a mi alrededor es tanta cantidad de verde que el color deja de tener sentido, tanta energía calórica que su resplandor irradia un tono amarillento.
Y el cielo... Oh, madre de Ara, el cielo es rojo, como si lo hubieran abierto a la mitad y todo lo que quedara encima de mí fuera su herida supurando sangre.
Es irracional, pero por un instante temo haber roto el mundo.
Pero estoy viva, ¿o no? Al menos consciente.
Este color verde que alcanzo a procesar con mis ojos es tal cual imagino una ráfaga proveniente de las fauces de un dragón de veneno. Da vueltas a mi alrededor, me toca la piel dejándome rozaduras allí donde no me cubre la armadura. Lo interpreto como un milagro: una rozadura es lo mínimo que debería sentir de un poder que debería desintegrarme.
Lo que asumo que es el poder de Girtab Scorp empieza a dar vueltas, cada vez más y más rápidas, hasta que su velocidad es imposible de ser captada por mi mente y empieza a parecer que está solidificado, una pared cilíndrica e interrumpida que me encierra. Estiro la mano del guantelete con intención de lograr una rasgadura por la que abrirme paso al otro lado, o cualquier cosa mejor que estar encerrada.
Mis dedos se hunden en el poder de Girtab como si fuera humo. Una parte se desprende de él, apenas un listón de neón serpenteante que se evapora en dirección a donde debería estar el cielo, atravesándolo hasta que lo pierdo de vista.
La parte del poder que se ha quedado frente a mí se divide en dos ante mis dedos, pero no tiene nada que ver conmigo, lo sé cuando noto el color que se empieza a extender entre tanto verde: púrpura. Un púrpura intenso, con apariencia de partículas de metal.
Es un enredo explicar lo que está sucediendo, si apenas soy capaz de registrarlo. Solo puedo describirlo como estar en un cuarto de vapor, donde todo ese vapor es de varios subtonos de verde. Luego, imaginaría un metal púrpura que ha sido rallado hasta que solo quedan virutas brillantes. Bien, pues lo que se planta entre tanto verde es una nube de esas virutas, con un núcleo de luz blanquecina.
Tal vez son ideas mías, pero siento que a través de este punto de luz blanca puedo ver una galaxia infinita.
Decir que las partículas púrpuras forman una nube es quedarse muy corto aunque sí que parece una nube de metal: una nube del tamaño de una ciudad, que se extiende tanto hacia arriba que se traga el cielo y no parece tener fin. El color púrpura arropa el vapor verde y lo encierra en un cuadrado donde ese poder parece insignificante. Y yo a su lado, parezco la pulga de una hormiga.