Extraños

8 1 0
                                        

Extraños
Así debe empezar, porque eso éramos: extraños.
Te veía, pero no sabía cómo te llamabas. Y tal vez era mejor así. Había una especie de pureza en no saber, en no tener que pronunciar tu nombre para justificar por qué mis ojos te buscaban cada domingo, con una puntualidad casi devota.
Además, estabas comprometida.
Eso lo supe sin palabras. En la forma en que evitabas ciertas miradas, en el anillo discreto que no buscaba protagonismo, en esa distancia medida que ponías entre tú y el mundo. Y sin embargo, había algo… algo que no terminaba de cerrarse. Como si una puerta quedara apenas entreabierta.
Te veía en ambientes donde todo invitaba al silencio: la luz filtrándose suave entre vitrales, el murmullo de oraciones, el peso solemne de lo sagrado. Y tú ahí… encajando de una forma que no era casualidad.
Tu hermosura no era escandalosa, era peligrosa por lo contrario: por lo serena. No exigía ser mirada, pero castigaba al que intentaba ignorarla.
Yo no hablaba contigo. Ni siquiera me acercaba demasiado.
Era otra clase de presencia la que intentaba imponer: la de alguien que no interrumpe, pero tampoco pasa desapercibido. Me sentaba donde pudiera verte sin invadirte, caminaba a un ritmo que permitiera coincidir sin parecer buscado.
Domingo a domingo.
No era conversación… era insistencia silenciosa. Era dejar que mi existencia rozara la tuya lo suficiente como para que, en algún momento, dejaras de verme como parte del fondo.
Y pasó.
Una vez. Breve. Apenas un instante.
Giraste el rostro antes de tiempo, como si hubieras sentido el peso de mi mirada segundos antes de que ocurriera. Nuestros ojos se encontraron… y no hubo sorpresa en los tuyos.
Eso fue lo que me inquietó.
No era la primera vez que me notabas.
Solo era la primera vez que decidías no evitarlo.
Duró poco. Lo suficiente.
Luego bajaste la mirada, como correspondía. Como debía ser. Pero ese gesto… ese leve quiebre en tu disciplina, dejó algo flotando en el aire.
No era culpa todavía.
Pero ya no era inocente.
Y yo, que había intentado de todo en la vida, entendí en ese instante que esto… esto no iba a ser un intento más.
Iba a ser un juego de límites.
Y tú… ya habías empezado a jugar.

Extraños Des histoires addictives. Découvrez maintenant