Eryn Valdris solo quiere ser invisible. Terrano sin magia en la Ciudadela Aetérea, su trabajo como auxiliar en la Gran Biblioteca es el refugio perfecto para un fantasma. Pero Eryn guarda un secreto que lo atormenta desde los siete años: ve Sombras...
Dos lunas lo gobiernan. Lúnaris, la Plateada, baña los días con una luz serena que cura las heridas y alimenta la magia de la nobleza Luminari. Sanguina, la Carmesí, tiñe las noches de un rojo profundo que susurra secretos a los Umbríos y despierta los poderes que la Corte prefiere mantener en la sombra.
Cada treinta ciclos, ambas lunas se alinean en lo que los antiguos llamaban la Hora Prohibida. El mundo entero se sumerge en una penumbra rojiza, y las criaturas del Abismo -ese vacío insondable bajo las islas flotantes- aprovechan para ascender.
Dicen que hubo una época en que existió una tercera fuerza. Una raza que no pertenecía ni a la Plata ni al Carmesí, sino a ambas. Los llamaban Equilibrantes. Podían canalizar las dos magias sin perder la cordura, y por eso fueron aniquilados. Su nombre se borró de los libros. Su legado se partió, como una piedra lunar agrietada por el centro.
Pero las grietas, por muy profundas que sean, nunca desaparecen del todo.
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Eryn Valdris lo sabe mejor que nadie.
Tiene veintiún años, la piel pálida como la ceniza y unos ojos grises que han visto demasiado. Trabaja como auxiliar en la Gran Biblioteca de la Ciudadela Aetérea, la isla flotante donde las grandes casas envían a sus hijos a estudiar magia, política y traición. Es Terrano. Sin don. Invisible. Y prefiere que siga siendo así.
Pero Eryn guarda un secreto que lo consume en silencio: ve Sombras. Sombras que se mueven sin dueño en los pasillos prohibidos. Sombras como la que, catorce años atrás, entró por la ventana de su hogar y dejó tras de sí un puñado de ceniza plateada y un colgante de piedra lunar con una fisura en forma de medialuna.
Un colgante que le arrebataron antes de que pudiera entender su significado.
Un colgante que no ha vuelto a ver.
Hasta ahora.
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Ailenne Noctaris acaba de cumplir dieciocho años. Es menuda, de cabello negro ondulado que le roza los hombros y ojos de un carmelita tan profundo que parece contener la calidez de la tierra después de la lluvia. Luminari de nacimiento, aunque su piel es demasiado pálida para su raza. Amable por naturaleza. Incapaz de juzgar. Un rayo de sol en una academia llena de sombras.
Su abuela le entregó un regalo antes de morir: un colgante de piedra lunar con una pequeña fisura en forma de medialuna. «Te protegerá cuando la luz no baste» , le dijo. Ailenne nunca entendió qué significaban esas palabras. Pero lleva el colgante siempre puesto, como un amuleto contra lo desconocido.
Ailenne no ve Sombras. No sabe nada de Equilibrantes ni de magia prohibida. Pero hay algo en ella que no encaja. Algo que ni siquiera ella sospecha. Y cuando sus ojos carmelitas se posan en el chico pálido y silencioso de la biblioteca, siente una punzada de curiosidad. De reconocimiento. Como si sus almas se hubieran estado buscando a través de los siglos.
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Dos lunas. Dos razas. Dos jóvenes que no saben quiénes son realmente.
Un colgante partido que guarda la clave de un legado olvidado.
Y una Sombra Carmesí que acecha en los reflejos del agua, esperando el momento de volver a matar.
La Hora Prohibida se acerca.
Y cuando las dos lunas se besen en el cielo, el Equilibrio roto comenzará a reclamar lo que es suyo.
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El Legado de la Luna Partida está a punto de despertar.