☀️🌻 Emely 🌻☀️
El fresco sangraba.
No era una metáfora de esas que usaba mi profesor de Historia del Arte para que sonáramos profundas en los ensayos. No era el cansancio de llevar tres noches ligando café barato con latas de Red Bull porque el Ministerio pagaba el triple solo si entregabas el ala este antes de mayo.
La pintura roja, esa que había molido yo misma en la mesa de mezclas, pigmento de cinabrio auténtico, huevo de gallina de granja, aceite de linaza, se deslizaba por la mejilla izquierda de la Virgen como una lágrima espesa. Bajó por el dorado del nimbo, cruzó el azul ultramar del manto y cayó al suelo con un *plop* húmedo que en la acústica de la capilla sonó como un disparo.
"Merda" - dije por lo bajo; Solté el pincel de marta nº2. Tenía 24 años y las manos de una mujer de 60: agrietadas, con manchas de trementina que no salían ni con piedra pómez, y un corte recién hecho en el índice que no recordaba haberme hecho.
-"Llevas tres horas con ese mismo metro cuadrado, Salazar. Si Santoro te ve, te arranca la beca y te usa de trapo para limpiar los Miquelangelos."-
Elena. Mi única amiga en el máster de Restauración, y la única lo bastante loca para aceptar el subcontrato del Palazzo Castellamare. Estaba en el andamio de enfrente, a cinco metros de altura, devolviéndole la dignidad a un San Sebastián que algún idiota del siglo XVIII repintó con cara de orgasmo.
-"No es mi culpa que la Virgen decidiera menstruar hoy"-, murmuré, arrodillándome. Saqué un hisopo del kit y lo presioné contra el mármol. El líquido lo empapó al instante. Rojo oscuro. Demasiado oscuro para ser cinabrio. Y el olor...
Fruncí la nariz. El óleo huele a nuez, a taller, a años. Esto olía a cobre. A moneda de cinco céntimos chupada. A cuando te revientas la nariz en un partido y te pasa el sabor a la garganta.
Y debajo, mezclado, jazmín. Dulce, nocturno, de ese que solo abre cuando cae el sol.
En el Palazzo Castellamare no había jardines desde 1890. Lo decía la ficha técnica que nos dieron: Edificio deshabitado. Clausurado. Sin sistema eléctrico. Sin fontanería moderna. Prohibido alterar estructura. Horario: 21:00 - 05:00. Prohibido hacer preguntas.
"-Me largo, Emely. Son casi las tres y mañana tengo que peritar el Botticelli falso de los Uffizi", dijo Elena. El andamio crujió cuando empezó a bajar. "En serio, deja ese fresco. Está peleando contigo. Estas cosas pasan. Los lugares viejos tienen... mañas-."
-"No pelea"-, dije sin pensar, mirando cómo el hisopo se teñía de rojo. -"Llora"-.
Elena se detuvo con un pie en el último peldaño. Me miró raro. "-¿Estás bien? Llevas pálida desde que empezamos aquí. Y hablas dormida."-
-"No hablo dormida."- le dije cortante.
-"Sí. Anoche dijiste 'no me mires así', tres veces. ¿Problemas con algún tío?"- me preguntó curiosa.
Antes de que pudiera contestar, la puerta principal del palazzo -tres toneladas de roble y hierro- retumbó al cerrarse. Elena pegó un bote.
"-Madonna. Ese conserje me va a matar de un infarto. Me voy. Cierra tú y no te quedes dormida aquí, que este sitio tiene vibras de capítulo de Criminal Minds.-"
Sus botas se alejaron por la nave central. Luego el portón. Luego silencio.
Silencio de verdad. De ese que pesa. En Florencia siempre hay algo: un scooter, un borracho cantando Bella Ciao, una ambulancia. Aquí dentro, nada. Como si el palazzo estuviera bajo el agua.
