(Quiero que esto sea minimalista, puramente susurrado. Aquí va)
Uuuuuuh...
Uuuuuuuuh...
Aaaaaaaaaaaaah...
Ooooooooooh...
Uuuuuuuuuuuh...
Aaaaaaaaaaaaah...
Uuuuuuuuuuuuuuuuh...
Aaaaaaaaaaaaaaaaaaa...
Mmmmmmmmmmmm...
Agua cayendo. Cayendo. Cayendo. Cayendo... (cayendo) en el grifo. Eran gotas pequeñas que chocaban con la madera del lavaplatos, y se expandían con una explosión en miniatura. Un chico las miraba, recostado sobre una mesa vieja. Pim, pim, pim, se repetía, se repetía, mientras el sol lo iluminaba. Los tablones de madera de su cabaña estaban agrietados, sucios, con hojitas que se entrometían en su hogar al bosque... al bosque... Abrió sus ojos entrecerrados, fue al grifo y lo cerró. Levantó los brazos y pensó qué podía comer. Habían restos de cereales en la alacena. Algunos estaban triturados, y las frutas ya no aparecían tan apetecibles. Las tiró. Sin idea, fue hasta la ventana, donde el alrededor parecía empapado con agua.
En el camino, las estacas de la madera lo abrazaron... lo punzaron... lo hicieron lanzar quejidos susurrados... susurrados... Llegó, y afuera, afuera en el gran bosque, parecía muy verde, muy tropical, muy apagado. Las hojas parecían grandes sombrillas, y la vista se esfumaba con un verde idéntico al de los cabellos del árbol. A veces sentía que la naturaleza daba golpes a tambores, a bongós, a la tierra, a las piedras, y eran percusiones que se escuchaban como susurros. Pum, pum, pum... O cantaban, recitaban melodías del campo, de animales que hablaban como él.
Espíritu, alma, su alma le hablaba. Decía palabras como susurros, como si alguien estuviera cerca de él: «Sal a la ciudad... sal, sal». Pero la ciudad era una jungla, un bosque lleno de hojas caídas. Se quedó minutos mirando la ventana, la madera rechinaba, pájaros cantaban en la lejanía, con silbidos, con voces que ellos entendían. Acercó el dedo a la ventana, y atrapó un pequeño pedazo de vidrio que se caía. Frío, helado, como el agua, y punzante, denso, denso. Filoso. Filoso. Filoso... (filoso). En lugar de caer sangre, un hilo de seda azul brotó de la yema, que cayó y cayó, y siguió un camino rumbo a la puerta, que era el vaivén del hogar, chillando con su color a roble lleno de moho, un moho verdoso, feo, hermoso.
Tomó el pestillo, dorado, pintado, de madera, de metal, limpio... Lo giró, la puerta se abrió, la luz se metió en sus ojos, en su camisa con el retrato de una jirafa, las hojas lo cubrieron. Salió, salió, salió afuera. El techo de la cabaña sonrió. «Adiós», le dijo, y lo hizo a través del viento que expulsó, que se puso en la espalda del chico. Boom, ta-da-ta, escuchó. Era la puerta cerrándose, triturando los tornillos.
Afuera, afuera de su cabaña, que echaba mucho humo allá en la lejanía, él caminó, chapoteando en el barro firme, pateando rocas, sintiendo la brisa de hule del aire. Aterrizó, de pronto, en un arbusto, donde las hojas lo tapaban de los ojos, de la tormenta de los árboles. Ahí, escondido, escuchó, olió, sintió cosas que no había visto en su cabaña. Ñam, ñam, ñam, ñam. Mordiscos, fuertes y chicos, masticadas escuchó en sintonía, en unión. Estaban bajo una fogata hombres, mujeres, niños, comiendo vegetales. No los cocinaban, el fuego parecía que no era fuego, sino una manta en forma de batata recién lavada y pelada.
Masticaban (ñam), soplaban una flauta fuerte y después débil; su humo, el hilo de aire empujaba migajas de zanahorias trituradas por sus dientes. Apio, papas, tomates, cebollas, eran comidas, eran masticadas, eran saboreadas. Sus jugos los nutría. Las lavaban, abrían un grifo, caía una red de agua que hacía brillar los vegetales. El chico amaba las verduras, usaba su dedo como la flauta que tocaban, y sonaba como una. Le entraba hambre, quería comer vegetales, quería sentir el sabor de aquellos mordiscos. El cebollín se veía como un palo de carne, la berenjena como un trozo de pan, los crujidos de todos daban la sensación de tranquilidad.
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Sonrisa sonriente
Short StoryObra experimental, minimalista y rara. Un chico vive en una cabaña, y decide salir de ella.
