Nota de la autora : Se me ocurrió escribir este relato tras escuchar la canción "Shameless" de Camila Cabello. Recomiendo que sea leído mientras se escucha dicha canción.
Pintura al óleo"El ángel caído" de Alexandre Cabanel.
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Abrí lentamente los ojos tras la caída. Me encontraba en una zona donde todo lo que se podía ver era roca y hojas de un verde oscuro desprendidas de los árboles. Caídas, como yo. Me giré para comprobar el estado de mis alas, las plumas amarillas y blanquiazules se hallaban plegadas contra la dura superficie de una de las tantas rocas que me rodeaban, y en una de ellas se clavaba una espina. La quité con cuidado, dejando la pluma amarilla intacta. Volví a observar mis alas, que una vez fueron símbolo y prueba de mi poder, grandeza y divinidad. Una vez, en otro tiempo.
A unos metros de mí se extendía un mortífero acantilado. ¿Dónde he caído?¿Cómo es que esto es real? Me sentía desorientado, entumecido. Esto no podía ser real. El viento me revolvió mi rizado y rubio cabello. Levanté mi mirada, topándome con el cielo. Un brillante cielo teñido de un azul claro. Nunca me imaginé que así se vería desde aquí abajo. El viento trajo consigo algunas delicadas nubes y pronto aparecieron ángeles en mi campo de visión.
"Ángeles" -Me repetí a mí mismo en un murmullo.- "Malditos ángeles"-Logré decir entre dientes.-
Pasaron por encima mío, volando, majestuosos. Unos pocos se atrevieron a mirar abajo, encontrándome en mi penosa situación. Doblé ligeramente las piernas, con vergüenza. Pero no era una vergüenza causada por mi desnudez, si no por el estado en el que me hallaba. Desolado, solo, abandonado, derrotado, humillado. Otros ángeles ni me dirigieron la mirada, algunos temerosos de que yo les pudiese hacer algo o por el simple hecho de ver tan horrible situación. No faltaron los ángeles más cercanos a Dios, que tampoco miraban, altaneros. Sabían que yo había cometido el error, y por ello ayudaron a echarme del cielo. Me despojaron de mi divinidad. Un sentimiento de ira me invadió.
"¡Zalameros! ¡Atrévanse a mirarme!" -Grité, y varios se giraron, algunos asombrados por mi atrevimiento, incluso después de haber sido expulsado y otros con desprecio y odio.- "¡Sí, vayan y hagan de perritos fieles seguidores con Dios! ¡Cobardes!"
"Acéptalo, Lucifer. Ahora estás condenado a vagar por un mundo que no se parece ni un poco al tuyo. Es tu castigo. Sabías perfectamente lo que hacías. Todos éramos conscientes de que eras uno de los ángeles más brillantes que existía. Sigo sin poder creer que hayas desafiado a Dios de esa manera. Aquí es donde perteneces ahora, Lucifer."-Dijo uno de los ángeles más sabios, girándose hacia mí. Sus palabras solo hicieron que mi ira hierva más.-
"¡Sí!¡Lo sabía perfectamente, y qué!¡Aquí me tienen, aquí van a tener a cualquiera que se enfrente a ese dictador, a cualquiera que tenga una opinión diferente a la suya!¡Yo no me oculto, no soy un cobarde como ustedes!¡Aquí me tienen, sin ningún tipo de vergüenza!" -Estallé, gritando hacia todos los ángeles que pasaban por el cielo.-
"¡Descarado!" -Dijo el arcángel Miguel.-
"¡Descarado soy entonces!¡Gritaré a todo pulmón si hace falta!" -Decreté.- "¡No tengo miedo de admitirlo!¡Cobardes!" -Grité a todo pulmón, mientras terminaban de pasar los ángeles.-
Poco a poco mi vista se comenzó a nublar con lágrimas. Me permití derramar una, que se deslizó grácilmente por el contorno de mi mejilla izquierda. Pasaba por el cielo un ángel que había sido amigo mío, que me había advertido que no debía desafiar a Dios. Percibí pena e incluso un poco de simpatía en su mirada.
"Lucifer..." -Lo oí llamarme débilmente, su voz teñida ligeramente con nostalgia.-
Sin embargo, dio vuelta la cabeza rápidamente, siguiendo a los demás ángeles, con un vuelo algo desorientado. Me dolió ver a los ángeles volar, tan puros y divinos. Tan libres de castigo. La impotencia me invadió. Me levanté, mirando a mi alrededor. Algo tenía que hacer. No me importa nada, hice bien en desafiar a Dios y ahora que estoy aquí debo tomar acción. Volteé la cabeza, observando todo mi entorno desesperadamente. Hasta que el acantilado captó mi atención. Cuando caí, la vista de un acantilado tan próximo a mí me había producido escalofríos, me había aterrado. No obstante, ahora me parecía tentador, me estaba invitando. Poco más y gritaba mi nombre. Lo podía escuchar murmurando "Lucifer...Lucifer...Lucifer...Ven a mí." La voz de mi amigo resonó, aún grabada en mi memoria. Un sentimiento de amargura llenó mi ser. No podía seguir así, las cosas tenían que cambiar. Inhalé profundamente, y cuando me dispuse a exhalar comencé a correr, en dirección al vacío negro que se extendía frente a mí. Me tiré en él. Me dejé caer. Me dejé sentir. Me perdí en él. Cuando toqué el fondo de aquel inmenso pozo, lo bauticé como el infierno.