Capítulo Unico

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Allí estaba Sir Williams; o al menos, lo que el tiempo había dejado de él sobre el lecho de su lujosa alcoba; observaba su vida desvanecerse con cada ocaso, aguardando la mañana en que Celia, su joven enfermera, no lograra despertarlo.

El gran Sir Williams, el guerrero que lideró la vanguardia en sesenta y dos guerras bajo el estandarte del rey Saúl, emergiendo invicto de cada una de ellas; incluso antes de desenvainar su acero, el eco de sus grebas doradas contra el suelo hacía que los escudos enemigos vacilaran, su sola presencia bastaba para que ejércitos enteros marcharan con la firme convicción de que regresarían a salvo con sus familias. 

Contemplar cómo doblegaba a escoceses, galeses e irlandeses con una destreza sobrehumana era la máxima inspiración para cualquier hombre bajo su mando.

Esa noche, con mano temblorosa, apagó la última lámpara antes de acomodarse con dificultad en la cama. De pronto, un estruendo brutal sacudió los cimientos de la ciudad. Franceses.

Williams se incorporó con una pesadez que superaba incluso el agotamiento con el que se había acostado. Apoyándose en las paredes para mantener el equilibrio, avanzó hacia la ventana con la urgencia que sus años aún le permitían. El caos estalló ante su vista: hogares saqueados, el fulgor siniestro de los incendios y el clamor desgarrador de mujeres y niños que eran arrastrados hacia carruajes con destino a Francia.

—Malditos incompetentes —masculló, viendo cómo una nueva generación de  la guardia encargada de proteger la entrada huía despavorida.

El calor de los incendios comenzó a filtrarse por cada rendija.

—¡Nos saquean! ¡Piedad! —gritaban los civiles mientras corrían en círculos por los callejones.

Irritado, Sir Williams se dio media vuelta, susurrando maldiciones que solo él podía comprender. El motín se prolongó durante horas, dando la impresión de ser eterno, hasta que algo golpeó la puerta principal de la mansión con una violencia descomunal.

Habían llegado.

Hubo un segundo golpe devastador, y un tercero, hasta que la madera finalmente cedió. La algarabía francesa irrumpió en el vestíbulo, pero se extinguió de golpe. Una encorvada figura envuelta en metal  que devolvía el destello de las antorchas, bloqueaba el paso.

—Sir Williams... —susurró un soldado francés —Creí que solo era una leyenda que nuestros mentores nos contaban para obligarnos a ser mejores.

Allí estaban, frente a frente: de un lado, un batallón de cientos; del otro, el fantasma de lo que alguna vez fue el gran Sir Williams, Exhibiendo su dorada armadura y usando su espada como un bastón para no desplomarse. El silencio se apoderó de la estancia, como si la misma guerra contuviera el aliento ante aquella reliquia viviente.

Williams no respondió. Sus manos temblaban, sí, pero no por el miedo.

Con un esfuerzo que pareció arrancarle el alma, enderezó la espalda. La armadura dorada, opaca por los años, cobró vida bajo el fuego de las antorchas. Ese brillo moribundo se resistía a apagarse, igual que su dueño.

—Aún... sigo de pie —susurraron sus temblorosos labios para sí mismo.

Antes de que el primer francés diera un paso, uno de ellos alzó su antorcha y la luz reveló el horror: las paredes cubiertas por cientos de espadas. Algunas oxidadas, otras melladas, muchas aún con la pátina de sangre de guerras pasadas. Cada una era un trofeo; cada una, arrancada de un enemigo derrotado.

Un murmullo de pánico recorrió las filas invasoras.

—Dios mío... —jadeó un soldado—. ¿A cuántos mató este hombre?

El aire se volvió denso. Ya no sentían que estaban en la casa de un anciano moribundo; habían entrado en el mausoleo de un verdugo.

El capitán del grupo dudó apenas un segundo, y fue el error más grave de su vida. En un movimiento torpe pero cargado de intención, Williams alzó su acero que solía sentirse ligero que ahora si quiera blandirlo le costaba un gran esfuerzo; atravesó al hombre que se había acercado con demasiada confianza. El metal viejo encontró su propósito una última vez.

El caos se desató una vez más. Williams avanzó con pasos pesados y deliberados; la armadura que lo había protegido durante décadas ahora se sentía como una prisión de hierro que lo asfixiaba. El peso del metal entorpecía sus movimientos, convirtiendo cada maniobra en un esfuerzo agónico que le arrancaba gemidos de dolor. Cada estocada que lanzaba parecía consumirlo, restándole años de vida en un solo segundo, pero su avance era implacable. Hirió a uno, luego a otro, abriéndose paso entre el acero enemigo. Los franceses retrocedían por instinto ante la presencia de una leyenda que se negaba a desvanecerse.

Una hoja enemiga encontró su costado; otra le rasgó la pierna. Una tercera se hundió profundamente en su hombro. Williams cayó de rodillas. La espada tembló en su puño sin tocar el suelo

—Sesenta y dos... —murmuró entre dientes, escupiendo un hilo de sangre—. Y aún no es suficiente.

En aquel momento Williams supo que estaba ante el epílogo de su vida. apretó su puño contra la empuñadura de su espada y con un rugido ensordecedor volvió a ponerse de pie.

Los soldados expectantes ante semejante espectáculo de coraje y valentía lo rodearon, decididos a terminar con el sufrimiento de la leyenda viviente. Uno de ellos alzó su arma para el golpe definitivo, Williams alzó la mirada una última vez, sin embargo no lo miró a él; alzó la vista hacia la ventana, hacia la ciudad que ardía y hacia todo lo que había jurado proteger y, por primera vez en años, sonrió al saber que moriría defendiendo el reino por el que luchó toda su vida.

Con un último grito que desgarró su pecho más que cualquier herida, se impulsó hacia adelante en una embestida desesperada. Su espada atravesó al soldado frente a él en el mismo instante en que múltiples filos se hundían simultáneamente en todo su cuerpo.

El cuerpo de Sir Williams permaneció erguido por un segundo eterno, sostenido únicamente por su voluntad; luego, finalmente, se desplomó.

Cuando los franceses se atrevieron a acercarse, nadie se atrevió a celebrar. Sus miradas fijas en el cuerpo inerte de quien no se doblegó ni un instante aun siendo superado en fuerza y número.

—He aquí un verdadero guerrero —exclamó un miembro del pelotón.

Un silencio sepulcral llenó el lugar, todos permanecieron allí en muestra de respeto y temor al saber que en igualdad de condiciones el resultado hubiera sido el contrario.

—N-nuestros mentores no nos mintieron —Susurró uno de ellos.

—Como muestra de respeto a este hombre, nos marchamos ya mismo

Entre el humo y las cenizas, el fulgor de la armadura dorada aún desafiaba las llamas, asegurándose de que la historia recordara al hombre que decidió morir tal como vivió: luchando. Gracias a su sacrificio, media ciudad se mantuvo en pie.

A la mañana siguiente, la joven Celia corrió hacia la morada de su señor, solo para encontrarlo tendido en el suelo, envuelto en acero y rodeado de cadáveres. Sobrecogida por la escena y en un solemne gesto de respeto, recogió todas las espadas enemigas y las colgó junto a las demás; aquellas mismas armas que, hasta ese día, no se le permitía ni siquiera desempolvar.

Aquella noche llena de fuego, sangre y honor, surgió el último acto de coraje de un hombre que incapaz de vencer la muerte decidió recibirla con valentía, horrando la promesa de proteger la ciudad y sus habitantes a toda costa.

Sir WilliamsStories to obsess over. Discover now