Capitulo uno

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Las prendas del omega no eran las más ostentosas ni las más caras, sin embargo, había algo en el que transformaba el lino basto y la lana gastada en la moda más fina y elegante. Quizás era su porte grácil al caminar, el contraste de su cintura pequeña con la estructura de sus clavículas marcadas, o tal vez su aroma dulce pero sutil, limpio como el aire de la mañana, que realzaba la belleza de su rostro de porcelana.

Él mismo compartía la creencia generalizada de que todo se debía a su inocencia de querubín. Era tan ingenuo que no registraba el peso de las miradas ajenas sobre su cuerpo, ni comprendía el doble sentido en los comentarios maliciosos sobre su busto creciente, señal inequívoca de que cada día lucía menos como un niño. El omega simplemente sonreía, sin un ápice de maldad, convencido de que aquellas eran palabras amables destinadas a agradarle, por lo que terminaba aceptando con leve duda los regalos que le ofrecían y asentía ante promesas ajenas que, en el fondo, no terminaba de comprender.

Jeongin ignoraba por completo la corrupción que lo rodeaba. Pero Hyunjin no.

—¿Cuánto crees que sea suficiente para pagar por su mano? —preguntó una voz ronca en la taberna.

Las risas que siguieron fueron ásperas, guturales y cargadas de intenciones oscuras.

—Su familia es tan pobre que lo entregarían por dos barras de pan. —respondió otro con desdén. Aquello sonaba cruel, pero no se alejaba mucho de la cruda realidad de su hogar.

Aun así, nadie intervenía. Nadie se atrevía a dar un paso al frente para tomarlo, ni intentaban robar su pureza o materializar sus fantasías lujuriosas. Había algo que los mantenía a raya. No era una barrera física, nada que pudieran ver con los ojos, pero estaba ahí como una presencia constante, omnipotente, que los empujaba a retroceder cada vez que sus pensamientos se retorcían lo suficiente como para cruzar una línea peligrosa. Era una fuerza que mantenía a aquel omega sospechosamente a salvo, intacto en medio de la suciedad de su propio pueblo.

La gente cuchicheaba que Jeongin debía tener un ángel de la guarda. Un ser de luz, poderoso y celoso, que lo protegía de la maldad intrínseca de las personas que lo rodeaban porque de lo contrario, no tenía sentido alguno que permaneciera puro en un lugar como en el que vivía.

Sin embargo, esa protección no se sentía como luz, sino como el peso del fuego contra su pecho.

La única pertenencia de valor del omega era un pequeño relicario en forma de cruz. Su valía no residía en el material —pues no era de oro intrincado, ni portaba el brillo de diamantes o gemas preciosas—, sino en su origen. Era de un acero opaco que su abuelo había fundido un par de décadas atrás. En su interior, el relicario guardaba una mezcla de hojas secas y coloridas, un amuleto rústico con el propósito de mantenerlo a salvo de aquellos espíritus malignos que, según las advertencias de los ancianos, acechaban en la noche para robar almas inocentes como la suya.

Jeongin nunca los había visto. A decir verdad, en la claridad del día, dudaba que realmente existieran.

Pero, a pesar de su escepticismo, jamás se había quitado la cadena. De alguna forma instintiva, sabía que en el momento en que el metal dejara de tocar su piel, no habría forma de combatir el mal que lo acechaba desde las sombras. Era una certeza que se manifestaba como una promesa susurrada directamente contra su oído, un soplo de aliento frío que descendía por su nuca y acariciaba su espalda hasta erizarle cada vello del cuerpo.

Ese sentimiento de ser observado lo perseguía incluso en los lugares que debían ser sagrados. Aún bajo el techo de la iglesia, Jeongin se sentía acechado, rodeado por una presencia invisible que le llenaba el pecho de un terror que no lograba comprender.

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⏰ آخر تحديث: Jun 22 ⏰

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