CAPÍTULO 1: Sombras en el refugio

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La humedad del refugio antiaéreo de Garrison Lane calaba hasta los huesos, pero a nadie parecía importarle. Mientras las bombas alemanas hacían vibrar el techo de hormigón, el sonido de las monedas chocando sobre una mesa de madera era el único ritmo que importaba.
En el centro del círculo, iluminado por una bombilla que parpadeaba al compás de las explosiones, estaba él. Thomas Shelby II. Vestía un traje de corte impecable, pero se había quitado la chaqueta, revelando las fundas de cuero de sus pistolas bajo las axilas. Tenía la mirada de su abuelo: azul, distante y cargada de una inteligencia que no se aprende en las escuelas.
—Nueve a cuatro por el semental de los muelles —dijo Thomas II, con una voz ronca que recordaba a la de su padre, Duke—. Apuesten ahora o cállense cuando el caballo cruce la meta.
—Tu padre te matará si se entera de que estás aquí, muchacho —masculló un hombre viejo desde la esquina, bebiendo ginebra de una petaca.
Thomas II ni siquiera lo miró. Se limitó a encender un cigarrillo con una parsimonia que helaba la sangre.
—Mi padre está ocupado cenando con ministros en Arrow House. Yo estoy aquí, con mi gente. En el lugar al que pertenecemos los Shelby.
De repente, la pesada puerta de hierro del refugio se abrió. El aire frío de la noche de Birmingham entró de golpe, dispersando el humo. Dos hombres de hombros anchos y abrigos oscuros entraron, abriendo paso a una figura que hizo que todo el refugio guardara silencio.
Era La Señora Shelby.
Caminaba con una elegancia que resultaba insultante en aquel agujero. Sus ojos recorrieron el lugar hasta detenerse en su hijo. Detrás de ella, la sombra de Duke se adivinaba en el umbral, pero ella entró sola.
—Thomas —dijo ella. Su voz no era un grito, era un látigo de seda—. Tu hermana ha tenido un sueño. Y en ese sueño, este lugar terminaba bañado en sangre. Recoge tu dinero. Nos vamos a casa.
Thomas II sostuvo la mirada de su madre. La tensión era insoportable; era el choque entre la ley de la casa y la ley de la calle.
—Mamá, estoy trabajando —respondió el chico, aunque sus manos temblaron imperceptiblemente.
—No, Thomas —sentenció ella, acercándose hasta quedar a centímetros de él—. Estás jugando a los fantasmas. Y tu padre ya ha matado a demasiados hombres para que tú despiertes a los suyos. Muévete. Antes de que Duke decida que no eres demasiado mayor para que te dé una lección frente a todos tus "clientes".
Desde las sombras, el anciano Michael Gray observaba la escena con una sonrisa amarga. El peón estaba movido. La guerra entre el padre y el hijo acababa de comenzar.

Peaky Blinders: El Legado de Hierro. (2° Parte)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora