Nada fuera de lugar

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Jueves. Hallstatt, Austria.

El pequeño pueblo de Hallstatt se llenaba, por la mañana, de turistas, y los habitantes se dirigían desde sus cómodos hogares a la Iglesia Católica de la Asunción. 

La humedad se instalaba levemente en el aire, y las nubes opacaban suavemente el cielo, mientras las calles empezaban a llenarse de murmullos ligeros y alegres.

Unos minutos después, los ciudadanos se iban amontonando en grupo en el edificio, tranquilos, ordenados, respetuosos. Las voces suaves, poco a poco, iban silenciándose, hasta el punto de dejar un pleno silencio familiar y unido, y miradas que se encontraban en un punto fijo, en aquel hombre que se paraba frente a las familias, y que con una voz firme pero dulce, empezó a predicar. 

Entre toda la gente, se encontraba la humilde familia Salvat.

Ester, una mujer preciosa y radiante de cabellos negros recogidos en una ligera coleta, que escuchaba atentamente las oraciones, e incluso los pequeños silencios pedidos por el sacerdote. Estaba sumida en aquella aura religiosa que envolvía a todo el pueblo. A pesar de ello, no perdía de vista a los pequeños niños sentados frente a ella. Sus dos hijos.

Thiago, un alma infantil de nueve años cumplidos, cabellos rizados y rubios adornando su frente, una piel rosada y angelical, con unos pequeños orbes de color esmeralda que observaban cuidadosamente al señor que predicaba el evangelio.

Y Naim, un angelito de siete años, de cabellera negra y lisa que se ocultaba con un pequeño sombrerito, una piel levemente pintada en colores carne levemente amarillentos, y unos grandes y curiosos ojos que se fijaban más en los detalles que llevaban las personas, y los mismos adornos que cubrían las paredes de la iglesia.

Ester sonrió con amor un segundo y siguió pendiente del momento.

Todo iba bien esa mañana, como los años anteriores, el pueblo se quedó quieto. 

Nadie pensaría que algo estaba fuera de lugar en ese pueblo tan hermoso.

Sin embargo, Thiago sintió un escalofrío en la nuca, y con un movimiento sutil, se dio la vuelta, a donde creía que había alguien observando. Pero no encontró nada raro. Solo un hombre de traje, de tez morena y pecas, castaño, que cargaba a una pequeña en brazos para que pudiera observar mejor la misa.

Sonrió. Le alegraba que al menos sí hubiera niños que tuvieran a un padre que se preocupara. Aunque seguro era un turista nuevo, ya que nunca lo había visto en el pueblo, como con otras personas.

Lo dejó pasar. Porque para él, todo estaba bien. Nada podía salir mal, era el jueves más importante y bendecido en su pueblo.

Después de las diez de la mañana, el pueblo se dividió, algunos salieron a socializar con conocidos o turistas nuevos, otros regresaron a sus hogares a preparar alimentos, y otros cuantos fueron a bendecir y agradecer al padre.

Naim salió sonriente, tomando la mano de su hermano y de su madre, mientras les decía entusiasmado de los adornos que había notado, y de como quería llevarse a casa al menos uno. 

Hasta que ambos vieron los barcos siendo arreglados para las embarcaciones, se giraron con ojitos suplicantes a su madre y al unisonado dijeron:

- ¿Podemos ir con el señor Fischer y ayudarlo a decorar?

Ester suspiró divertida y los soltó.

- Vayan, pero tengan cuidado, y no se acerquen mucho al agua, ¿si?

- ¡Gracias, mami! -Ambos salieron volando hacia el muelle, mientras su madre los observaba, y cuando se aseguró de que estaban seguros, se dio la vuelta para hablar con sus conocidos cercanos.

Las horas pasaban, y la tarde llegó rápido, Naim reposaba en los brazos de su madre después de largas horas de juego con su hermano, sonriendo somnoliento mientras su madre estaba sentada en una banca y Thiago le hacía caras chistosas y le acariciaba el cabello ocasionalmente.

- Te quiero, Titi... -Susurró el menor, empezando a cerrar sus ojitos.

- Yo también te quiero, Nai Nai. -Besó su cabecita delicada.

Y así, el pequeño pelinegro descansó profundamente en los brazos de su madre.

Thiago miró el lago curioso, siempre había amado el color cristalino del mismo, sobre todo amaba su color de noche, aunque no lo veía muy seguido, ya que su madre no lo dejaba salir tarde por seguridad. Pero también tenía sus métodos para verlo de cerca sin que nadie lo notara.

- Mami, ¿puedo ir a ver el lago a la orilla?

- Está bien, pero no te alejes mucho, bebé.

- Sipi, gracias. -Besó cariñosamente su mejilla y dejó una última caricia en el cabello de su hermano, para luego caminar al muelle. 

Se sentó en el borde y tocó suavemente con su mano.

- ¿Te gusta el agua? -Una voz grave lo interrumpió y volteó, se dio cuenta de que era el mismo hombre de la misa que había cargado a una pequeña de la edad de su hermano.

- Sí, es fresca y tiene un lindo color. 

- Sí, a mí también me gusta. En mi ciudad también hay lagos, son muy lindos.

El rubio sonrió grande. - ¿De verdad? ¡Eso es genial! Yo siempre he querido nadar en uno, pero no sé nadar, así que no puedo, además, mamá dice que aún soy pequeño para nadar aquí porque es muy hondo y frío.

- Ya veo...

Sobre ellos, sentadas en las bancas, estaban Ester y una mujer que se había juntado con ella. La mujer llevaba a una niña pequeña de siete años que dormía en sus brazos, ambas reían y hablaban sobre costumbres. Solo un segundo. Un segundo donde disfrutó de una amistad liviana y una platica tranquila.

Un descuido que pensó que podía tomarse porque todos eran buenos y honestos en el pueblo. 

Desvió la mirada entre risas al muelle. 

Y su sonrisa se desvaneció. 

- ¿Me disculpas un segundo? -Se levantó de la banca y pidió a su mejor amiga que cargara a Naim. 

Corrió, empezando a sentir un dolor en el pecho y una asfixia molesta en la garganta.

- ¿Thia? ¿Dónde estás? -Bajó las escaleras de madera y buscó con la mirada, empezando a desesperarse cuando no obtuvo respuesta. 

- ¡Thia, esto no es gracioso, jovencito! -Las lágrimas empezaron a humedecer sus mejillas. - ¡Vas a estar castigado una semana por esto, Thiago Salvat! 

Pero cuando no respondió, entendió que no era un juego o una broma pesada, por mucho que lo deseara. Su hijo había desaparecido. Se había ido. Y no sabía dónde carajos buscar. Corrió de regreso y entre llanto, gritó:

- ¡Thiago no está!

- ¿Cómo dices? 

- ¡Desapareció! 

Todos la rodearon, con semblantes horrorizados. No podía ser posible, no ese día, no en ese lugar.

La familia Fischer intervino, la señora corrió a sostenerla para que no desmayara, y el señor corrió al muelle, se lanzó al agua. Debía buscar si había caído por accidente.

Pasaron minutos de búsqueda, y el señor salió con un semblante impotente.

- No está en el agua.

Y el silencio cayó, hasta que una vocecita suave interrumpió, rota, preocupada, temblorosa.

- ¿Dónde está Titi?

Y todo el ambiente en el pueblo, se rompió.



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...No sé si ustedes no lloran, yo sí, esta es la mierda más putamente difícil que he escrito, siento algo horrible en el pecho we.

Se viene muchísimo sufrimiento. Al menos para mí.

Nuestro último juevesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora