1: EL FANTASMA DE LONDRES

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El zumbido de los flashes era ensordecedor. El Salón Real de Bangkok olía a una mezcla costosa de gardenias y perfumes franceses, pero para Engfa Waraha, el aire se sentía viciado.

Llevaba puesta su mejor máscara: una sonrisa ensayada y una mano entrelazada con la de Veena Singh.

—Sonríe más, Engfa. Mañana seremos la portada de todas las revistas de moda —susurró Veena cerca de su oído, apretando su brazo.

Engfa asintió mecánicamente. Desde hacía dos años, su vida era un guion perfectamente escrito para ocultar el vacío que dejó la traición. Había elegido el brillo de las cámaras y la ambición de Veena sobre la lealtad de la mujer que realmente amaba. O eso intentaba convencerse cada mañana. De pronto, el murmullo de la prensa cambió de tono. Ya no eran gritos desesperados por una foto; era un silencio de asombro, seguido por el frenesí de los obturadores.

La puerta principal se abrió y el tiempo se detuvo.

Charlotte Austin estaba de vuelta.

No era la Charlotte que Engfa recordaba; la que lloraba en silencio mientras empacaba sus maletas hace dos años. Esta Charlotte vestía un diseño de seda negra que abrazaba sus curvas con una elegancia letal. Su mirada, antes dulce, ahora era de un hielo que podría cortar el diamante. Pero no fue el vestido, ni el peinado, ni el aura de poder de Charlotte lo que hizo que a Engfa se le cayera la copa de champaña de la mano.

Fue el bebé.

Aferrado a la mano de Charlotte, aún mientras ella empujaba la carriola que tenía la vista hacia su dirección, lejos de la vista de las cámaras, pero para curiosidad de Engfa era su misma vista y podía ver al bebé a la perfección, era niña.

Tenía el cabello castaño y, cuando levantó la vista hacia las luces, Engfa sintió que el corazón le daba un vuelco violento.

Eran sus ojos. Eran los ojos de los Waraha.

—¿Qué demonios...? —susurró Veena, perdiendo la compostura—. ¿Charlotte tiene una hija?

Engfa no podía responder. Sus pies se movieron por instinto, rompiendo el protocolo, ignorando los llamados de su mánager. Caminó hacia ellas como un hombre que busca oxígeno en medio de un incendio.

Charlotte la vio venir. No se detuvo, no huyó. Se quedó firme, protegiendo a la pequeña detrás del protector que ofrecía la carriola.

—Charlotte —logró articular Engfa, con la voz rota.

—Señorita Austin para ti, Engfa —respondió Charlotte. Su voz era firme, pero sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el manublió de la carriola.

Engfa bajó la mirada a la pequeña, que la observaba con una curiosidad inocente. La niña tenía un pequeño pero muy marcado arco de cúpido en su labios, exactamente igual al de Engfa. Los cálculos matemáticos empezaron a chocar en su cabeza: dos años de ausencia... Londres... el tiempo cuadraba a la perfección.

—¿Quién es ella? —preguntó Engfa, con la respiración errática.

Veena llegó a su lado, intentando recuperar el control de la situación y fulminando a Charlotte con la mirada.

—Es mi hija, Ayla—respondió Charlotte. Luego, miró a Veena con un desprecio tan absoluto que la otra mujer retrocedió un paso—. Y no tiene nada que ver contigo, Engfa. Absolutamente nada.

Charlotte retomó su camino, dejando a Engfa en medio de la alfombra roja, rodeada de cámaras que acababan de captar el momento exacto en el que su pasado, su presente y su mayor error colisionaban en un solo cuadro.

Engfa sintió un vacío en el estómago. Sabía, con una certeza aterradora, que esa niña era suya. Y que la guerra por recuperarlas apenas comenzaba.

El hilo rojo de Chiang Mai - EnglotHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora