Prólogo

153 19 25
                                        

POV Fernando

Dalílah de verdad creyó que estaba tratando con un estúpido. Tal vez no se equivocó del todo. Fui demasiado paciente, respeté sus decisiones, su espacio. Respeté que no quisiera tener intimidad, que ni siquiera quisiera compartir cama conmigo. 

¡¿Y para qué me sirvió ser bueno y respetuoso?! ¡Para una mierda! 

Porque en cuanto me di la vuelta, me clavó un puñal por la espalda. En cuanto se vio libre, metió a su amante en MI CASA. El lugar que compré con tanto cuidado para que lo convirtiéramos en un hogar, un santuario donde pudiera adorarla. Pero decidió que era mejor abrirle las piernas al pendejo de Facundo. 

La forma en que gemía para él. Cómo lo besaba, cómo le permitía tocarla donde a mí nunca me lo permitió, su forma de susurrar su maldito nombre. Y cómo se burlaban de mí. ¡Malparidos!

Me remuevo incómodo en mi asiento, con las rodillas golpeando bruscamente contra el asiento delantero. La pasajera que lo ocupa me mira enojada por la rendija entre asientos. Le sostengo la mirada, con la expresión furiosa que mis dientes apretados delatan que tengo.

—¿Qué? ¿Algún problema, eh?—me acerco un poco, golpeando nuevamente, ahora con intención.

No responde. Pone los ojos en blanco y vuelve a mirar hacia el frente. Así me gusta, idiota. Tienes suerte de que mi objetivo ahora mismo sea otro. Me sobo las sienes. Siento que la rabia está a punto de volarme la cabeza.

—Disculpe caballero, ¿se encuentra bien?—me pregunta la azafata con una expresión preocupada. Se inclina ligeramente hacia mí, permitiéndome ver su escote. Me pierdo en él un segundo antes de sentir el aroma de su perfume.

El mismo dulzor nauseabundo del perfume que usa Dalílah. El asco recorre cada parte de mi cuerpo. Aprieto los puños, deseando que estuvieran alrededor de su cuello.

—Ya estaré mejor, gracias—le respondo finalmente, sonriendo a medias.

Maldita seas, Dalílah Polanco. Te lo di todo, ¿y cómo me pagas? Traidora hija de perra. No debiste subestimarme así, sabiendo que soy un hombre de palabra. Si creíste que no iba a cumplir mis advertencias, te equivocaste. Afortunadamente para mí, la voz del piloto no tarda en invadir el avión. 

Estimados pasajeros, hemos iniciado nuestro descenso hacia la Ciudad de México. Les pedimos que permanezcan en sus asientos y ajusten su cinturón de seguridad. 

Miro por la ventanilla, observando que los edificios se vuelven grandes mientras más nos acercamos a tierra. Las puntas de mis dedos se entumen, y nos sacudimos cuando las llantas del avión chocan contra la pista. Mi sonrisa se amplía, repasando en mi mente cada uno de mis planes. Casi puedo saborear cada lágrima de sangre que derramarán cuando descubran que conmigo no se juega.

Detrás del fanVerhalen om door geobsedeerd te raken. Ontdek het nu