Prólogo

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La tormenta no empezó con truenos ni con ráfagas de viento huracanado

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La tormenta no empezó con truenos ni con ráfagas de viento huracanado. Empezó con una invitación de boda impresa en un papel color crema, con una caligrafía elegante que Suigetsu reconoció al instante como la de Ryuji.

Estaba sentado en su despacho de la Base Naval, rodeado de mapas de navegación y reportes de inteligencia. Afuera, el puerto de Konoha bullía con la actividad de la flota, pero dentro de su pecho, el aire se había vuelto denso, casi sólido. Leyó los nombres una y otra vez: Karin Uzumaki y Ryuji Sato. El mejor amigo y la mujer que era, literalmente, la razón por la que sus pulmones seguían buscando oxígeno.

Suigetsu dejó caer la tarjeta sobre el escritorio de metal. El sonido metálico fue un recordatorio seco de su realidad. Él era un Hozuki, un hombre hecho de carne y hueso, capaz de sorportar días de extremo trabajo y las peores noches en alta mar. Sin embargo, no se encontraba capaz de soportar un secreto que ahora más que nunca debía callar y preferir la lealtad hacia un hermano de armas y a llevar en silencio su amor devorador por la mujer de este.

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La noche anterior a la boda, Suigetsu se encontró solo en la playa, donde el agua lamía sus botas con una persistencia casi amorosa. Se preguntó qué pasaría si simplemente caminara hacia el interior del océano y dejara que sus moléculas se dispersaran. Si se convirtiera en nada, tal vez el dolor dejaría de tener un nombre.

En ese momento de vulnerabilidad absoluta, una idea lo golpeó con la fuerza de un tsunami. No era solo deseo lo que sentía por Karin. No era la lujuria simple de un hombre joven. Era una necesidad existencial de disolverse en su existencia, de borrar las fronteras de su propio ego para ser parte de ella.

Cerró los ojos y, por un segundo, se permitió imaginar lo prohibido. Imaginó que no era Ryuji quien la esperaba en el altar. Imaginó que era él quien tenía el derecho de sostener su mano cuando el mundo se volviera oscuro. Ansiaba, con una desesperación que rozaba la locura, desvanecerse en Karin. Perder el control de su propia forma, dejar de ser el cadete, el confidente, el amigo, para ser simplemente el vapor que ella respiraba, el agua que la refrescaba, la sombra que la protegía. Quería que su identidad se fundiera con la de ella hasta que ya no hubiera un "él" ni un "ella", sino una sola entidad compartiendo un solo destino.

Pero el sol salió, como siempre lo hace, y el cargar su cruz se sintió más pesado que cualquier otro día. Un peso que ni el tiempo ni otras manos podría deshacer.

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