La noche parecía sostenerse en un equilibrio extraño, como si todo estuviera exactamente donde debía estar, pero aun así nada terminara de sentirse correcto. Las luces de la carretera avanzaban frente a ella en una secuencia interminable, repitiéndose con una precisión casi perfecta, como si el tiempo se hubiera reducido a eso: líneas que aparecen, se acercan y desaparecen antes de poder quedarse.
El interior del auto estaba lleno de un silencio incómodo, uno que no era realmente silencio, porque había demasiado pasando dentro de su cabeza como para llamarlo así. El sonido del motor ocupaba el espacio, constante, uniforme, pero no lograba cubrir lo que seguía repitiéndose una y otra vez.
No importaba cuánto intentara distraerse, siempre volvía al mismo punto.
A las mismas palabras.
No habían sido dichas con fuerza ni con rabia, y tal vez por eso habían dolido más de lo que esperaba. Habían sido tranquilas, medidas, casi cuidadosas, como si no quisieran hacer daño... aunque ya fuera demasiado tarde para evitarlo. Había algo definitivo en la forma en que fueron dichas, algo que no dejaba espacio para dudas ni para intentos de arreglar lo que ya estaba roto.
Apretó ligeramente el volante, sintiendo cómo sus propios dedos no terminaban de obedecerle del todo. No estaba temblando, o al menos no quería pensar que lo estaba, pero había una tensión constante en sus manos que no desaparecía.
Respiró hondo, pero el aire no se sentía suficiente.
Nada se sentía suficiente.
Por un momento cerró los ojos, apenas un instante, y fue suficiente para que todo regresara con más claridad de la que quería soportar. La forma en que la miró seguía ahí, fija, imposible de ignorar. No era enojo, ni decepción en la forma más obvia. Era algo más silencioso, más pesado. Como si ya no estuviera buscando respuestas. Como si, de alguna forma, ya las tuviera todas.
Abrió los ojos otra vez y la carretera seguía ahí, igual que antes, como si nada hubiera cambiado.
Pero algo sí había cambiado.
Lo sentía en la forma en que sus pensamientos no podían quedarse quietos, en cómo cada recuerdo parecía encajar con otro, formando algo que no quería ver completo. Era una sensación incómoda, persistente, como si algo hubiera estado mal desde mucho antes... pero nadie se hubiera detenido a mirarlo de frente.
Ni siquiera ella.
Sus dedos se aflojaron un poco sobre el volante antes de volver a tensarse. Había un impulso extraño de detenerse, de romper con ese movimiento constante, de hacer que todo se quedara quieto por un momento. Pero la idea se desvanecía antes de poder tomar forma, como todo lo demás.
Porque detenerse implicaba pensar.
Y pensar implicaba entender.
Y había cosas que ya no quería entender.
Una risa baja salió de sus labios sin intención, apenas un sonido que desapareció tan rápido como apareció. No tenía nada de gracioso. Era el tipo de risa que nace cuando algo ya se siente demasiado lejos para poder arreglarse.
Las luces de otros autos pasaban a su lado, rápidas, ajenas, como si no existiera nada más allá de su propio camino. Como si nadie pudiera ver lo que estaba pasando, como si todo fuera invisible desde afuera.
Parpadeó y por un segundo las luces se deformaron, alargándose más de lo normal, perdiendo su forma. No hizo nada para corregirlo. No quería interrumpir ese momento, no quería romper lo poco que aún parecía mantenerse unido.
Había algo en su pecho que no se iba.
Una presión constante, difícil de explicar, que se quedaba en cada respiración y en cada intento fallido de ordenar sus pensamientos. No era solo lo que había pasado. Era todo lo que había llevado hasta ahí, todo lo que ahora parecía tener sentido de una forma que antes no lo tenía.
Demasiado sentido.
Sus manos se tensaron otra vez sobre el volante mientras la carretera seguía extendiéndose frente a ella, interminable, igual, como si no hubiera un final claro.
Como si nada estuviera a punto de cambiar.
Y por un instante, todo pareció quedarse suspendido.
El sonido, la luz, el movimiento.
Todo.
KAMU SEDANG MEMBACA
Demasiado Para Ser Amor. - Michael Afton (AU)
Fiksi PenggemarEmpieza con cosas pequeñas: una mirada que se queda un segundo más de lo necesario, una presencia que se vuelve imposible de ignorar, un silencio que pesa más que cualquier palabra. Luego cambia. Sin aviso, sin ruido, sin que nadie lo nombre. Lo que...
