La terminal de llegadas del aeropuerto de Lviv, en Ucrania, resonaba con un eco metálico. Para la mayoría, era un lugar de tránsito, de esperas tediosas y aduanas rigurosas. Pero para Eddie, Axton, Zack, Lionel y Erick, era la puerta de entrada al paraíso.
Sus risas eran estruendosas, un contraste brutal con el murmullo sobrio del aeropuerto. Llevaban mochilas de senderismo, cámaras de alta gama y una euforia que parecía impermeable a cualquier advertencia de viaje. Estaban listos para su "gran aventura europea", y Slovick era el destino que coronaría su viaje.
En el teléfono de Lionel, la foto de la "Postal de Slovick" brillaba con una saturación poco natural. Un valle verde esmeralda, un río que serpenteaba como plata líquida y cabañas de madera con cúpulas bulbosas sacadas de un cuento de hadas. Eso era lo que esperaban.
—¡Slovick, nenes! ¡Ese paraíso es nuestro! —gritó Erick, chocando la mano con Lionel.
Salieron a la calle, el aire frío y gris de Lviv golpeándolos. El cielo estaba plomizo, pero su ánimo no decayó. Se acercaron a la fila de taxis.
Eddie, el que hablaba un ucraniano masticado y lleno de errores, se acercó al primer coche. El conductor era un hombre mayor, de rostro curtido y expresión pétrea.
—Dobryy den'... —Eddie leyó de su teléfono—. ¿Podría llevarnos a... "Slovick"? —preguntó, pronunciando el nombre con una mezcla de emoción y torpeza.
La reacción del conductor fue inmediata. Su cuerpo se tensó, y la expresión de aburrimiento desapareció, reemplazada por una frialdad glacial. Miró a los cinco chicos, a sus mochilas y a su evidente alegría.
Se hizo un silencio. El conductor, sin incomodarlos directamente pero con una seriedad que debería haberles helado la sangre, simplemente preguntó:
—Вы уверены? ¿Están seguros?
—¡Tak! ¡Sí! ¡Muy seguros! —dijeron Zack y Erick casi al unísono, sonriendo de oreja a oreja.
El conductor suspiró, un sonido que sonó más como una rendición que como una confirmación. Les hizo un gesto para que subieran.
El viaje duró dos horas. La vibrante Lviv quedó atrás, reemplazada por carreteras secundarias llenas de baches y un paisaje cada vez más desolado. Los campos de cultivo dieron paso a bosques densos y oscuros de abetos, y las nubes parecían descender hasta tocar las copas de los árboles. A medida que se acercaban a las montañas, la atmósfera se volvió opresiva, gris y pesada.
Los chicos, inicialmente ruidosos, se sumieron en un silencio inquietante, mirando el paisaje que no se parecía en nada al de la postal. Axton, el más pragmático, empezó a juguetear nerviosamente con el anillo de su dedo.
A unos diez minutos de lo que el GPS indicaba como Slovick, en una curva de la carretera bordeada por árboles esqueléticos, el conductor detuvo el taxi en seco.
—Hasta aquí —dijo en ruso, su voz baja y tajante—. Es todo lo que puedo hacer.
Los chicos le miraron con molestia. Estaban en medio de la nada. Lionel empezó a protestar, pero Eddie le cortó.
—Tak, está bien... pagamos —dijo Eddie, intuyendo que no había discusión posible con ese hombre.
Pagaron y bajaron sus mochilas en silencio. El taxi dio media vuelta y desapareció en la niebla con una velocidad inusual, como si huyera.
Caminaron unos diez minutos por un sendero cubierto de hojas muertas y barro. El sonido de sus pasos era lo único que rompía el silencio. Y por fin, Slovick apareció.
O lo que ellos creían que era Slovick.
El pueblo que vieron era una postal, pero de un infierno.
Casas de madera, sí, pero oscuras, carcomidas por el tiempo y el clima implacable. No había valles verdes, solo campos de tierra y piedra. El río era un arroyo de agua turbia. El "Hostal San Martín", el edificio más grande que vieron, tenía una fachada de madera oscura y grabados que, si mirabas de cerca, no parecían decorativos, sino algo más... siniestro.
La central stone well parecía el centro de una plaza desolada. El "Cafenía Luna" y el "Abarrotes Portal" eran pequeños, viejos y apenas tenían productos en sus escaparates. Había calaveras de animales colgadas en algunos de los puestos de mercado.
No había nadie en la calle. Ni un alma. Solo el viento silbando entre las grietas de la madera vieja.
Zack, Lionel y Erick se quedaron paralizados, mirando la escena con el estómago revuelto. Eddie, el teléfono todavía en la mano con la foto idílica, estaba pálido.
Axton fue el primero en reaccionar. Su mirada se desvió hacia la central well. Sentada en el borde de piedra, una chica estaba leyendo una revista. Era joven, hermosa, con el pelo oscuro y un vestido tradicional que la hacía parecer un faro de vida en ese desierto gris.
Se acercaron a ella, sus pasos resonando demasiado fuerte en la calle silenciosa. La chica levantó la vista, sus ojos oscuros y serios contrastando con la ligereza de su revista.
—Dobryy den'... —Eddie tartamudeó—. Estamos buscando "Slovick".
La chica les miró, una chispa de diversión apareció en sus ojos.
—Este es Slovick —contestó en un español perfecto, con un leve acento que sonaba más exótico que extranjero.
—Pero... —Zack dio un paso adelante y le enseñó el teléfono—. Esta es la foto. Slovick.
La chica miró la imagen idílica de la postal y soltó una carcajada baja y melancólica.
—Chicos, este tipo de fotos lo usan para atraer turistas —dijo, sonriendo con una lástima que no ocultó—. Son espejismos de Photoshop. El verdadero Slovick es este.
Los chicos la miraron, destrozados. Sus "nuevas aventuras" se habían convertido en una trampa de marketing.
—Pero ya que están aquí... —continuó la chica, cerrando la revista y poniéndose de pie—, pues quédense. Slovick es... Slovick. A veces la realidad es mejor que la ficción, ¿no?
Ellos, desesperados por no haber hecho todo ese viaje para nada, y extrañamente atraídos por la belleza y la calma de la chica, accedieron con alivio.
—Me llamo Alina —dijo ella, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Los acompañaré a su hotel. Queda cerca de las montañas.
Los llevó al "Hostal San Martín". El interior era tan sombrío como el exterior, pero las habitaciones estaban limpias y tenían un aire rústico que, si no fuera por todo lo demás, habría sido acogedor.
Alina los acompañó a sus habitaciones.
—Mi casa está justo frente al hotel —les dijo, señalando una de las cabañas más pequeñas y oscuras al otro lado de la calle central—. Así que cualquier cosa que ocuparan, ahí estoy yo.
Se dirigió a la puerta, pero se detuvo. Su tono de voz cambió, volviéndose frío y grave.
—Ah, una cosa más... Si escuchan ruidos o gritos detrás de las montañas... —su mirada se desvió hacia los picos oscuros y escarpados que se cernían sobre el pueblo—... no vayan. Nunca. Cierren sus cortinas y no dejen que los vean.
Ellos, curiosos y un poco asustados, le preguntaron:
—¿Quién? ¿Quién no puede vernos?
La chica no les miró. Solo dijo:
—Solo no las habrán.
Salió de la habitación y cerró la puerta con un clic definitivo.
Se hizo un silencio espeso en la habitación. Los cinco chicos se miraron, procesando la belleza de Alina, la fealdad del pueblo y la oscuridad de su advertencia.
Axton, el que siempre encontraba una salida a la tensión, fue el primero en romperlo. Se quitó la mochila y la lanzó a una de las camas, una sonrisa desafiante apareciendo en su rostro.
—Chicos, quiten esa cara —dijo, con un tono burlón—. Esa zorra no sabe lo que dice. Solo quiere asustarnos con sus cuentos de pueblo. Mejor vamos a divertirnos un poco con sexo y alcohol, como siempre.
Los chicos sonrieron, el alivio inundando sus rostros. Axton siempre tenía razón. Slovick era gris y feo, pero las cervezas seguían siendo cervezas y las mujeres seguían siendo mujeres.
Salieron del hotel y fueron a la tienda de "Abarrotes Portal", compraron cajas de cervezas locales y, tras algunas negociaciones en un ucraniano-ruso-español improvisado con el tendero, consiguieron los servicios de cinco chicas del pueblo.
Toda la noche, el Hostal San Martín resonó con risas, música alta y ruidos de placer. Bebieron, fornicaron y se olvidaron de Alina, de los espejismos de las postales y de las advertencias sobre las montañas oscuras que se cernían sobre ellos. No escucharon nada durante la noche.
Absolutamente nada.
Y eso, en un pueblo como Slovick, era lo más aterrador de todo.
YOU ARE READING
Detrás de las Montañas
HorrorEn un pueblo aislado por imponentes montañas, existe una regla inquebrantable: nunca cruzar al otro lado. La gente del lugar vive bajo el temor de lo que acecha detrás de esas cumbres, pero la curiosidad es una fuerza poderosa. Un grupo de cinco ami...
