Respira. Cuenta hasta siete. Suéltalo.
Todas las noches repetía el mismo mantra. Una y otra vez. Era la única manera de conseguir la deseada calma, el vacío de pensamientos que necesitaba para completar el trabajo. Nunca se hacía más fácil, pero sí más satisfactorio.
Necesitaba dejar de ser, dejar de sentir mis emociones, ponerme un velo de vacío para que me llegase todo lo demás. Solo así sería capaz de percibir la nada y a la vez el todo. De percibir... lo mismo que ellas.
No todas las noches era necesario este trabajo, pero varios días a la semana me encontraba acechando entre las sombras, agazapada en lo alto del tejado de la panadería, la capucha puesta y las palmas de las manos sobre las tejas. Controlaba mi respiración para captar el mínimo indicio de miedo, esa tenaza que me aprisionaba el pecho y no me dejaba tomar aire.
No era agradable sentir aquello, pero me obligaba a mí misma a hacerlo. De lo contrario, ellas estarían en peligro, y me negaba a permitir que aquello siguiera pasando. Aquí no.
Así que respiré y repetí hasta que no sentí nada provenir de mi interior. Hasta que pude concentrarme y expandirme hacia el exterior, recorriendo rápidamente entre calles y callejones. Miles de emociones me golpearon en ese instante: diversión, alegría, pena y sorpresa. El vacío en el que me había convertido hacía que llegasen hasta mí, las discernía y las soltaba. Esas no me interesaban, no en aquel momento. Seguí avanzando y entonces lo sentí. Ese miedo, ese terror punzante inconfundible de que aquel terrible acto estaba ocurriendo.
Me mordí la lengua tan fuerte que casi sangró, la emoción llenando mi torrente sanguíneo.
Siempre me hacía la misma pregunta: ¿por qué aquello tenía que ocurrir?
Dejé ir el resto de las emociones humanas de la ciudad y me centré en esa. La notaba lejana, pero intensa. No quería ni imaginarme el terror que estaría sintiendo para poder percibirla desde tan lejos. Respiré profundamente una vez más y me levanté de mi posición acuclillada detrás de la chimenea.
Anclé esa emoción en mí y no permití que ninguna otra se filtrase; era la mejor opción para seguir el rastro que dejaba, para poder encontrarla, por mucho que ese pánico me calara hasta los huesos.
Y entonces empecé a correr por el tejado, mi capa negra ondeando al viento. La capucha me cubría la cabeza; la bufanda, el rostro, dejando solo mis ojos visibles. En Merowhyn las casas se pegaban unas a otras, sus tejados cercanos, aunque las tejas de arcilla roja eran peligrosamente resbaladizas. Debía tener cuidado de dónde apoyaba el pie.
Normalmente esas noches me llevaban al centro de la zona de tabernas de la parte baja de la ciudad. A altas horas de la noche, siempre había problemas, como consecuencia inmediata del alcohol. Con mucha suerte, solo tenía que hacer esto una vez; al fin y al cabo, Merowhyn no era una ciudad muy grande. Pero algunas ocasiones, nada más terminar con uno de ellos, tenía que correr hacia el siguiente. Y eso me ponía enferma.
Corrí alejada del borde de los tejados, sintiéndola cada vez más cerca. Me detuve, atenta a la dirección que debía seguir. Si me equivocaba perdería más tiempo, así que debía asegurarme de que iba bien encaminada.
Sin duda, la emoción provenía de la zona más acaudalada de la parte baja, justo en el límite del río Jahl donde se supone que se encontraba la gente con educación y clase, personas que se ceñían a las normas sociales para poder ascender. Sin embargo, la experiencia me había enseñado que eso no era así. Dinero y educación no iban siempre de la mano.
En esta parte los edificios eran más altos y los tejados más alejados unos de otros. No me preocupaba; todo lo contrario. Saltar de un tejado a otro era lo más cercano a volar que podía hacer en la ciudad.
Inspiré hondo y di un gran salto para llegar al edificio siguiente. Si alguien hubiese visto, habría dudado de mi naturaleza.
Al fin y al cabo, no era humana.
No me detuve cuando aterricé. Seguí corriendo, aumentando la velocidad. El terror había dado paso a... desesperación. A veces llegaba tarde, y no quería que esta fuese una de esas ocasiones. Apreté el paso todo lo que pude, y me balanceé entre dos chimeneas contiguas, posándome sobre su remate y mirando hacia un oscuro callejón debajo de mí.
La emoción de la chica amenazaba con ahogarme si no daba rápido con la fuente. La notaba caldeando mi pecho, subiendo por mi garganta hasta formar un nudo que se confundía con mi propia ansiedad por no encontrarla...
Y entonces lo oí. Desde esa altura no era más que un murmullo, algo que un oído humano no habría captado.
—Por favor... No lo hagas... Déjame...
Venía de un callejón a mi izquierda. Bajé de un salto de la chimenea y me acerqué al borde hasta que lo escuché con claridad.
Y lo vi.
Un hombre había llevado a una chica hasta allí. Una mano en su cintura y la otra tapándole la boca. De ella no dejaban de salir gritos ahogados cuanto más movía él la mano de su cintura a su pecho.
—Cuanto más grites... más va a doler —dijo él con un susurro ronco como si... como si deseaba precisamente que ella gritase.
El terror inundó cada partícula de mi ser, tanto que tuve que cortar la conexión, dejándome solo con mi furia. Una ira fría que amenazaba con asfixiarme.
Eso se acababa ahí.
Me levanté y miré mi mano para asegurarme de que mis anillos estaban en su lugar, el pequeño botón en el lateral del dedo índice accesible.
Y sin pensarlo, salté hacia el callejón desde una altura de tres metros para caer detrás de él en silencio, ayudada por la oscuridad de la noche. El hombre era rollizo, impidiéndome ver a la chica desde mi posición, y en ese momento se estaba bajando los pantalones para dejarlos caer hasta sus rodillas.
Ni lo sueñes.
Lo cogí rápidamente del cuello de su capa y tiré hacia atrás con todas mis fuerzas, liberando a la chica de su agarre, quien soltó un chillido que debió despertar a toda la manzana, pero no me preocupó. Nadie se arriesga nunca lo suficiente para ayudar a quien lo necesita. Sabía que debía estar aterrada, lo había sentido, pero ahora no podía ocuparme de ella.
El hombre abrió mucho los ojos y soltó una exclamación ahogada, cayendo sobre la espalda con un ruido sordo, los movimientos limitados por los pantalones en sus rodillas. Con rapidez, me incliné sobre él, todo mi rostro oculto por la capucha y la bufanda. Debía tener un aspecto aterrador, ya que sus ojos se abrieron en una mueca de pavor. Empezó a retroceder con los brazos, pero se lo impedí poniendo una bota sobre su pecho.
— ¿A dónde crees que vas? —le dije, casi ronroneando— Creía que habías venido a este callejón en busca de diversión.
Sus ojos se abrieron aún más ante mi voz. Probablemente ante el hecho de que fuese una mujer. Menudo cerdo.
—Yo... Yo no...
Le puse una mano en la boca mientras me bajaba la bufanda con la otra mano para que me viese sonreír.
—Cariño... la diversión acaba de empezar.
Entonces le di al botón. De cada uno de los anchos anillos surgieron unas garras de metal, negras y afiladas. Se amoldaban a cada uno de mis dedos, como si estos se hubiesen alargado y terminasen en unas largas uñas capaces de rebanar la carne.
Joder, qué estaba orgullosa de mi creación.
Al verlas, empezó a chillar debajo de mi mano, unas gruesas lágrimas rodando por sus ojos.
— ¿Por qué todos lloráis en esta parte? —le dije mientras pasaba una uña por su mejilla, sin llegar a cortarle— ¿Acaso no la ibas a hacer llorar a ella? —continué bajando las uñas metálicas, desgarrando su capa por el camino— ¿Acaso ibas a parar si ella lo hacía? ¿Si te suplicaba?
El hombre seguía retorciéndose bajo mi bota, sus manos buscando algo que me desestabilizase. Cogió mi capucha y la tiró hacia atrás, liberando mi larga trenza de pelo blanco. Mi mano salió de su boca para coger la suya y, con mis garras, ataqué. Emitió un agudo grito de dolor cuando la mano se desprendió de su brazo, salpicando sangre.
—Ahora ya no podrás tocar a nadie que no lo desee —y la tiré a un lado.
—Por favor... Lo siento... no volveré a hacerlo... lo siento...
Le miré a los ojos y él me devolvió la mirada. Su rostro se contrajo de dolor y, presa del pánico, empezó a gritar.
—No, cariño, no grites —me erguí y levanté mi bota de su pecho, cosa que él aprovechó para ir hacia atrás mientras agarraba su muñón, sus ojos fijos en mí—. Porque cuanto más grites... más va a doler.
Y ahí comprendió que no saldría de aquella. No siempre los mataba, a veces simplemente los dejaba sin el miembro del que tanto querían disfrutar. Pero este pobre desgraciado había dado con un mal día. Así que arremetí contra él. Mi mano convertida en una garra negra hizo un rápido movimiento a lo largo de su cuello y la sangre comenzó a brotar de la herida. Sería rápido, pero no quería que la chica tuviese que ver eso.
Me giré y la vi, acurrucada en el suelo al lado de un cubo de basura, sin dejar de mirar al hombre. Por todos los dioses, no era más que una cría, no debía tener más de dieciséis años. Respiré profundamente para mantener a raya la ira que amenazaba con desbordarse y me acerqué, agachándome para taparle la grotesca visión.
Pero ella no apartaba la mirada del hombre, con los ojos bien abiertos.
—Siento... siento que hayas tenido que ver eso —le dije, pero no me hacía caso, sus ojos yendo por encima de mi hombro hacia el cuerpo que yacía detrás de mí—. ¿Estás bien?
Entonces me miró con la cara empapada en lágrimas, los ojos desenfocados.
Recordé entonces que llevaba la cara descubierta y, a pesar de la oscuridad del callejón, sabía que mi aspecto no debía ser tranquilizador. Cuando estaba en ese estado tan... alterado, mis facciones podían asustar. En especial mis ojos. Uno de ellos era de un intenso violeta, mientras que el otro tenía el color de la plata fundida. Cuando afloraba mi lado más violento, el iris parecía girar al ritmo en el que latía mi corazón.
Sin embargo, ella me cogió la mano desnuda. No parecía asustada de mí en absoluto, y eso me reconfortó. No quería que esta niña sufriese nunca más.
—Yo... —empezó, la voz ronca, probablemente de gritar—. Era un hombre malo... Nos hacía daño —aspiré fuerte ante sus palabras mientras las lágrimas volvían a caer por sus mejillas—. Gracias.
Se me comprimió el corazón. No era la primera vez que ese... ser le hacía daño, y no solo a ella al parecer. Jamás podría entender cómo alguien podía hacer algo así.
—¿Cómo te llamas? —logré preguntar, luchando contra el nudo que se había formado en mi garganta.
—Eisther —susurró ella.
—Qué nombre más bonito —le dije con toda la ternura que pude—. Ahora, Eisther, te voy a acompañar a casa, ¿vale? No te va a volver a pasar nada —le prometí, y deseé que de verdad eso fuera así. Era demasiado joven para todo lo habría padecido en su corta vida.
Ella asintió y la ayudé a ponerse en pie mientras retiraba las garras de mi mano, retrayéndolas de nuevo a los anillos.
Y caminamos, siguiendo sus indicaciones hacia su casa. Resultaba que vivía con sus dos hermanas y que ese ser era su casero, un hombre aborrecible que abusaba de ellas cuando no tenían cómo pagar el alquiler. Seguimos en silencio por la calle adoquinada, mis pantalones de cuero protegiéndome del frío, mientras que ella solo tenía un vestido demasiado fino. Puse mi capa sobre sus hombros para protegerla del aire gélido, sintiéndome de pronto muy protectora con ella.
Su casa estaba cerca de donde todo había sucedido. A estas horas de la noche no había muchos guardias en la calle, la mayoría concentrados en las puertas de la muralla, pero decidí darme prisa. No quería cruzarme con ninguno de ellos ni tener que darles explicaciones de nuestra presencia en las calles.
Llegamos a una pequeña casa de ladrillo, de una sola planta, situada entre muchas otras del mismo estilo. Eisther se giró en la puerta y me miró, agarrándome la mano de nuevo.
—No sé qué te ha llevado a hacer eso... por mí. Por todas nosotras. Pero... Gracias.
Me quedé paralizada sin saber muy bien qué decir. Ella, por su parte, se quitó la capa y me la devolvió, girándose hacia la puerta, pero se detuvo un instante para volver a mirarme por encima del hombro.
— ¿Puedo saber el nombre de mi salvadora?
Dudé un instante, ya que si ella compartía esta información podría verme en graves problemas, y eso no me venía nada bien. Pero algo en ella me hizo confiar. Eisther tenía que saber que no podía decirle mi nombre a nadie. Así que me aclaré la garganta antes de responder.
—Aysa —le dije—. Me llamo Aysa.
—Aysa... Es un nombre muy bonito también —y desapareció en el interior de su casa.
***
Me costó moverme cuando la puerta se cerró, mis pies pareciendo estar anclados al suelo, pero me obligué a ello. Cuánto más tardase en regresar a mi casa, más probabilidades habría de encontrarme con un guardia. Debía evitarlos, que no me reconociesen para que no distinguiesen lo distinto que había en mí.
Así que me apresuré a trepar al tejado. Estar en lo alto no me protegía, ya que ellos podrían alzar el vuelo con sus poderosas alas blancas, membranosas y musculosas. Yo, en cambio, me sentía más cómoda en las alturas, más segura. Si tan solo pudiese volar hasta mi casa... Pero no era la mejor opción, no en una noche con la luna tan llena como esta. Nunca me arriesgaría así.
Los brazos me picaron de necesidad con pensarlo. Noté que mi tatuaje ardía en señal de protesta, pero lo ignoré. Había pasado demasiado tiempo desde que las había dejado salir, y eso me generaba cierta incomodidad.
Miré a todas direcciones para asegurarme de que no había ningún sae y me giré hacia la zona boscosa, donde se encontraba mi casa, en lo alto de un árbol. Corrí, saltando de tejado en tejado. Cuando llegué a la última de las casas, me impulsé hacia el suelo y seguí avanzando, sintiendo que el picor en los brazos y la espalda aumentaba.
Me adentré en el bosque y una profunda negrura me recibió, aunque mi visión podía ajustarse perfectamente a la oscuridad. Los árboles eran muy densos, haciéndome esquivar raíces y ramas, pero me ofrecía muy buen refugio. No mucha gente se atrevía a rondar por el bosque. Lo creían encantado, con almas que rondaban cada esquina. Nada de ello era cierto, pero, honestamente, me venía estupendo que hasta los saes tuviesen respeto hacia aquel lugar.
Llegué a los pies de un árbol de inmenso tamaño, cuyas ramas se elevaban tan alto que se perdía a la vista. Mi árbol. Miré una última vez hacia atrás para asegurarme de que nadie me hubiese seguido y solo entonces me permití liberarlas, quitándome la capa para permitir que saliesen con libertad por los agujeros de mi corsé de cuero.
Respira. Cuenta hasta siete. Suéltalo.
De mi espalda surgieron mis alas, justo por debajo de los omóplatos, igual de grandes que las de los saes. Pero, a diferencia de ellos, las mías no eran blancas, sino robustas y de escamas negras como la noche en su parte exterior y membranosas por dentro. En las raras ocasiones en las que le daba la luz, tenían un brillo violeta que las hacía más espectaculares.
Poco a poco empecé a notar su reconfortante peso en mis hombros y mi espalda, extendiéndose hacia los lados hasta llegar casi al metro y medio. Las meneé un poco, desentumeciéndolas, con cuidado de que no rozasen el suelo.
Y entonces me elevé para llegar a mi pequeño refugio.
Aterricé en los tablones que hacían las veces de entrada. Haizea, mi hermana mayor, me había ayudado a construir esta pequeña guarida cuando tenía dieciséis años, sabiendo lo incómoda que me sentía con los pies en el suelo. Ya habían pasado once años desde ese momento, y nunca me había sentido tan en casa como en este lugar.
Sin los hechizos de mi hermana no habría podido conseguir que fuese tan estable. No es que mi magia fuese débil, pero no era tan fuerte como la suya. Toda una serie de dibujos en espiral se extendía por las paredes y el suelo de la pequeña cabaña en el árbol, dibujados de tal manera que los trazos llevasen el poder de la estabilidad.
Había sido un trabajo extraordinario llevar las tablas ya trabajadas hasta esa altura. Nos llevó meses terminarlo, pero mereció la pena cada agujeta por tener ese rincón en el mundo sólo para mí.
Abrí la puerta y plegué las alas para entrar con comodidad. La cabaña estaba en completa oscuridad, así que, con un pequeño toque de muñeca al aire, encendí las lámparas de gas. Una luz amarilla se extendió por la espaciosa sala.
No tenía muchas cosas en mi pequeño hogar, una pequeña cocina al frente, una mesa con un par de sillas y un sofá que consistía en una estructura de madera con grandes y mullidos almohadones. Nada me gustaba más que tirarme en ese sofá a leer el libro que Haizea me hubiese conseguido.
No necesitaba más. Por razones obvias, no tenía muchos invitados en mi casa. De cualquier manera, todo el que me conocía pensaba que vivía en casa de mi hermana.
Tiré mi capa en una de las sillas y avancé hacia mi habitación, encendiendo la lámpara de gas por el camino. Me desabroché el corsé frente al espejo y lo dejé caer, seguida por la camisa negra que estaba cortada por la espalda para permitirme desplegar las alas.
Mi reflejo me devolvió la mirada mientras me deshacía la trenza y dejaba suelto mi largo pelo blanco. Mis ojos bicolores habían perdido ese extraño brillo. Siempre había pensado que eran demasiado grandes para mi redonda cara, de labios carnosos. Todo en mí era de cierta redondez, a decir verdad. Nunca sería igual de esbelta que mi hermana, por mucho que entrenase. Nadie pensaría que fuésemos familia, distintas como éramos, ella con su delgada y alta figura, mientras que yo era más bajita y ancha de caderas.
Solté mi pelo y me acaricié los tatuajes. No había tenido más opción que hacérmelos, pero sin duda me... encantaban. Empezaban a mitad de la espalda, un ancho círculo cruzado por dos semicírculos simétricos. Largas líneas onduladas salían de ellos y subían por los brazos, haciendo pequeños arcos, anchas líneas de un poderoso color negro. Avanzaban hasta la mitad del antebrazo, acabando en punta, como si de una manga puntiaguda se tratase.
Eran una esquematización de mis alas, un constante recordatorio de lo que estaba escondido dentro de mí.
Varios flashbacks vinieron a mi cabeza de repente al mirarlos: el dolor, la agonía que me causó el proceso del tatuaje, y cómo las pequeñas alas iban desdibujándose poco a poco según las líneas marcaban mi piel. Hasta que las ocultaron por completo.
Era la única manera de que sobreviviese, la única manera de que nadie supiese lo que era y seguir conservando mis alas.
Sacudí la cabeza, sorprendida por mis propios pensamientos. Por lo general no me permitía pensar en esas cosas. El pasado era dolor, e intentaba que el presente no lo fuese. El ayer era un aprendizaje para que el ahora fuese mejor, y darle vueltas no tenía sentido.
Me deshice de los pantalones y de los anillos. Era un artilugio difícil de quitar. Iba enganchada con una pulsera en la muñeca y, con una cadena, se unían a la estructura en el reverso de mi mano, una placa con esas intrincadas filigranas que hacían las veces de hechizo sihiri, conectada a los cinco anillos casi tan anchos como mi falange.
Esa noche, solo había necesitado uno de ellos, pero si era necesario podía convertir mis manos en auténticas armas de matar.
Me metí en la gran cama, tan grande como para albergar mis alas, y con otro suave movimiento de muñeca apagué todas las luces. Me tapé con la gruesa manta de piel mientras miraba por la pequeña ventana. Mi casa estaba tan alta que podía ver el cielo, y desde esta posición se veía la luna, brillando en toda su intensidad.
El sueño me venció rápido y me llevó con él a un lugar donde lo ocurrido esa noche no ocurría.
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De furia y silencio
FantasyDurante años, Aysa ha sobrevivido bajo una mentira. Los intrincados tatuajes mágicos que recorren su espalda y brazos no son una decoración; son sellos dolorosos que "anclan" sus alas a su cuerpo, ocultándolas de la vista de sus opresores. Se mueve...
