La primera vez que Joss sintió que valía algo fue gracias a un par de zapatos.
No los zapatos en sí, sino lo que representaban. Eran negros, de cuero, impecablemente brillantes incluso bajo la luz de un farol callejero. Joss los vio primero antes de levantar la mirada y encontrar al dueño: un chico de unos diecisiete años, de rasgos pulcros y expresión serena, rodeado de hombres de traje que estaban dispuestos a matar por él.
Joss tenía catorce años, pero en ese momento, para cualquiera, era solo un bulto patético en el suelo, recién empujado por su padre a la acera.
-¡Inútil de mierda! -bramó el hombre detrás de él, tambaleándose por el alcohol-. ¡Te mando a pedir dinero y vuelves con las manos vacías! ¿Ni siquiera se te ocurrió robar?
Los hombres de traje reaccionaron al instante. Dos de ellos se interpusieron entre el grupo y el borracho, mientras otro jalaba a Joss del brazo para apartarlo del camino.
-Apesta -murmuró el que lo sujetaba, con evidente desagrado-. Jefe, mejor sigamos.
-Suéltalo.
La voz era joven, aunque firme. El chico de los zapatos negros dio un paso al frente y se agachó hasta quedar a la altura de Joss.
-¿Cuántos años tienes?
Joss parpadeó. Nadie le preguntaba eso, excepto "¿trajiste dinero?" o "¿por qué no trajiste más?".
-Catorce -respondió, con la voz ronca.
El chico lo estudió un momento. Detrás de ellos, el padre de Joss seguía gritando, ahora mezclando insultos dirigidos a los hombres de traje.
-¿Este es tu padre?
Joss asintió sin pensar.
El chico enderezó el cuerpo y miró a sus hombres.
-Suban al chico al auto.
-¿Jefe? -protestó el que aún lo sujetaba-. Pero si está...
-Al auto -repitió Krit, sin levantar la voz.
El padre de Joss, al ver que se llevaban a su hijo, intentó acercarse.
-¡Oiga! ¿Qué se cree? ¿Mi hijo se vende ahora? ¿Estoy pintado o qué?
Krit ni siquiera lo miró. Se limitó a decir, con naturalidad, de quién está acostumbrado a hacer lo que quiere:
-Encárguense. Saben lo que tienen que hacer.
Joss nunca supo qué pasó después. Mientras lo arrastraban hacia un auto negro y reluciente, alcanzó a ver las siluetas de los hombres de traje cerrándose alrededor de su padre. Luego, la puerta se cerró y el mundo se volvió distinto.
Dentro del auto, el chico iba sentado a su lado, mirando por la ventana como si nada hubiera pasado.
-Todos tenemos un precio -dijo de pronto, sin voltear-. Pero si te mantienes a mi lado, yo me encargaré de que el tuyo sea muy alto.
Joss no entendió nada de lo que eso significaba. Solo supo, que no quería bajarse de ese auto.
Llegar a la mansión de los Ratchakit fue entrar a otro mundo.
Joss había visto casas bonitas en las revistas que a veces encontraba en la basura, pero aquello era distinto. Mármol, madera tallada, sirvientes que se inclinaban al paso de Krit. Lo bañaron, lo vistieron, le dieron de comer hasta que su estómago, acostumbrado al hambre, amenazó con devolverlo todo.
Y entonces llegó el momento de conocer a los padres.
El señor Ratchakit era un hombre imponente, de esos que te miran con indiferencia. Mientras que la señora, elegante y curiosa, observaba a Joss.
-¿Y este es el chico? -preguntó el padre, dirigiéndose a Krit.
Krit asintió. Tenía la misma postura erguida que en la calle, pero Joss notó algo de tensión en su expresión. Como si estuviera pidiendo algo y temiera que se lo negaran.
-Siempre quise un hermano -dijo Krit-. Al menos adoptado. ¿Pueden cumplirme ese capricho?
Hubo un silencio. La señora Ratchakit intercambió una mirada con su esposo, y entonces el hombre soltó una carcajada.
-¿Capricho? ¿A esto le llamas capricho? -Negó con la cabeza, pero no parecía enfadado-. Está bien. Que se quede. Pero si da problemas, te responsabilizas tú.
Krit sonrió. Fue una sonrisa pequeña, que Joss aprendería a reconocer con los años como la única muestra de vulnerabilidad que su hermano se permitía.
Esa noche, durmiendo en una cama más grande que cualquier habitación que hubiera compartido con su padre, Joss entendió algo: su precio acababa de subir. Y no pensaba dejarlo bajar nunca.
Y los años siguientes fueron una escuela constante.
Krit le enseñó todo: a leer y escribir mejor de lo que su padre biológico le había enseñado, a contar dinero, a distinguir una mentira de una verdad a medias. Le enseñó a pelear, a disparar, a negociar. Le enseñó a ser frío cuando la situación lo requería, a calcular cada movimiento y a nunca mostrar miedo.
-Somos humanos frágiles, pero el miedo solo nos hace más débiles-decía Krit, mientras repasaban informes en su estudio-. Si muestras eso... Solo harás que te maten.
Las conversaciones casi siempre eran iguales. Aunque claro, también hubo momentos de hermanos. Partidas de videojuegos a altas horas de la noche, risas cuando debían estar estudiando, complicidades silenciosas y celebraciones de cumpleaños.
Joss aprendió a querer a Krit como al hermano mayor que nunca tuvo.
Y quizás por eso, porque era su hermano, fue el único que pudo conocer su secreto.
Ocurrió un día cualquiera.
Joss entró al estudio de Krit buscando un libro que le había prestado, pero lo que encontró fue una fotografía. Estaba en el escritorio, no escondida, pero sí colocada de una manera que sugería que alguien la había estado mirando hace muy poco.
Un chico de sonrisa amplia, ojos brillantes, iluminado por luces de escenario.
-¿Quién es? -preguntó Joss, sin darse cuenta de que Krit estaba detrás de él.
Su hermano mayor no se molestó. Al contrario, se acercó y tomó la foto con una delicadeza que Joss jamás le había visto.
-Él es Fluke Gawin. -dijo Krit, y su voz tenía un tono suave-. Soy su mayor fan.
Joss lo miró, confundido. ¿Su hermano mayor, el futuro líder de la mafia más temida, fan de un cantante?
Krit sostuvo su mirada y entonces sonrió débilmente.
-Y a partir de hoy -añadió-, tú también debes serlo.
Y lo fue o fingió serlo, al menos hasta esa noche...
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YOUR BIGGEST FAN
FanfictionKrit tenía diecisiete años cuando encontró a Joss en la calle. Y Krit a pesar de su edad ya lideraba la mafia Nakharat, pero ante su padre seguía siendo un hijo caprichoso. "Quiero que sea mi hermano", dijo. Y su padre, el verdadero líder, se lo con...
