Odiaba mi cara: mi nariz tan curvada, mis ojos tan pequeños, mis dientes chuecos, mis mejillas gordas y mi boca delgada, deforme, y lo que yo consideraba: horrible. Pensaba que las personas se sentían obligadas a mirarme a los ojos. Por el hecho de la inmoralidad de no hacerlo. ¿Qué derecho tenían a desviar la mirada o juzgarme por mi cuerpo? "Lo que importa está el interior.", "Aún eres muy joven para preocuparte por esas cosas", "Pero si eres muy inteligente y muy graciosa", ese es el tipo de frases que la gente cree que arreglan todo. Ahora ya no me importa; soy un poco mayor, y ya no tengo de qué preocuparme. Pero cuando tenía dieciséis, me preocupaba un montón. La verdad, no sé si quiero contar esto. A veces la gente no quiere contar este tipo de cosas, porque le incomodan muchísimo, pero da igual. Cuando tenía dieciséis, iba caminando por una de las peores calles del mundo; era de esas todas empedradas y llenas de tierra, y entonces, resbalé en una piedra, y me caí. El piso estaba lleno de vidrios, y cosas de esas que hacen mucho daño. Estuvo horrible. No sentí dolor, pero una señora bastante buena llamó a una ambulancia. Tenía la cara hecha porquería. Cuando llegué al hospital, empezaron a operarme. Les llevó un buen rato, como unas cuatro horas tratando de salvarme la cara. Me había roto la nariz como en cuatro pedazos, los ojos se me habían lastimado bastante, y tenía los labios abiertos, y brotaban muchísima sangre. Hubiese estado graciosísimo que me dejaran como de revista. Es bastante fantasioso, pero bueno. Pues en eso que estaba en el quirófano, llegaron mis padres, las únicas dos amigas que tenía, y todo eso. Les dijeron a mis padres que me iba a quedar varios días en el hospital, y que ellos también debían de estar allí bastante rato. Creo que eso no era un gran problema para ellos, pero casi se desmayan cuando ven el recibo. Era como un mes en el hospital, los medicamentos, la operación, la ambulancia... bueno, casi los matan. Una amiga iba a visitarme, y a la otra no la dejaban; creo que no le caía muy bien a su madre. Y la entiendo, a veces puedo ser bastante rara y todo eso. Me dí un poco de pena, sinceramente, porque me daban de comer, y eso. Creo que a las dos semanas me quitaron las vendas, y estaba hinchadísima. Eso es lo que me dijeron. A la tercera semana me despertaron con la noticia de que me había golpeado la cabeza, y que por eso había perdido la vista. Todos lloraron. Yo no lloré tanto. Pensé que no era tan malo. Por lo menos ya no vería mi maldita boca, ni mis dientes amarillos, o mis ojos del tamaño de una pasa. También me dijeron que la boca me había quedado bastante fea, y todo. Y me refiero, peor que antes. Ahora tenía unas bolitas por toda la boca, se sentían rarísimas. Si recuperara la vista, no saldría de aquí. No volvería a hablar con la gente como antes. No los extraño. Ya no intento agradarles. Nunca lo hice bien. Creo que, en vez de perder, gané algo.
—Y ¿por qué se vino a vivir aquí? Si se puede saber.
—No tenía nada que perder. La amiga que te conté... ha venido a visitarme unas dos veces en casi tres años. No le hacía falta a nadie, por eso decidí venir... les dije a mis padres que me quería ir a vivir al monte. Lo decía un poco de broma, solo quería ir a otro país, rehacer mi vida, y eso, ¿no? Pero les iba a complicar la suya a mis padres, entonces me trajeron aquí... me gusta, igualmente. Me gusta más que París, y eso. Ni siquiera sé hablar francés, pero era mucho más inmadura a esa edad.
—El joven hizo un gesto mínimo—. ¿Y no extraña tener pláticas? Supongo que se aburre.
—Los primeros días sí. Llamaba un montón a todo el mundo. Pero también veo a gente. No estoy sola todo el día. Tengo a los vecinos, y cada tanto vienen a visitarme. Siempre fui tranquila y todo. No creo que tenga mucho que contar, igual. No soy tan interesante como quisiera. No me aburro, porque puedo hacer muchas cosas sin ver. Estoy mejor así, de todas maneras.
—No me puede decir eso. Me parece horrible la idea de no poder ver. Si puedo decir esto, lo veo como una desventaja muy grande... no podría vivir así. ¿Para qué vivir si nadie te va a recordar? No va a dejar una marca en nadie, ni...
—Crees que la gente te mira todo el tiempo. Que te juzgan, y todo. Cuando veía estaba preocupada todo el tiempo por lo mismo, pero no. No lo hacen, créeme. ¿Cuánto tiempo te pones a pensar sobre lo que no hacen los demás? ¿Cuánto tiempo piensas en ti? Somos unos narcisistas todo el tiempo. Por eso no me junto tanto con gente como antes. Siempre tratan de impresionarte, y eso. En algún momento se olvidarán de ti, igual.
Se tronó los huesos de las manos, y su pie se movía un montón. Escuché su ropa moverse, y como inclinó su cuerpo. Suspiró, y dijo algo sobre el existencialismo, y eso. La verdad no lo escuché, pero porque estaba pensando en una respuesta.
—Nunca había conocido a alguien que pensara eso —dijo él.
—Es lo que pasa con la sociedad y todo eso. Realmente, no es que viva con una soledad cómoda. La soledad casi nunca es cómoda... tenía un estilo de vida bastante cómodo, igual. Son este tipo de cosas las que te abren los ojos a veces.
—¿No siente que le falta algo? Digo por curiosidad... pero es que no podría vivir de esa manera... me sentiría bastante inútil.
—¿Por qué crees que vivo aquí? Existen los matices, y eso. Deja de perder el tiempo conmigo, y ve a hablar con tu familia, o algo.
—¿Y sus amigas, y su familia? Supongo que, si la sacaron de la escuela, era porque pensaban que era... no lo sé, ¿tonta, inútil? Supongo que sus amigas pensaban lo mismo. Igualmente tiene veintidós años. La vida por delante... ¿ya se rindió?
Suspiré, y guardé silencio. No es como si no lo hubiese pensado antes. Escuché que se aclaró la garganta, y se levantó de la silla. Escuché su paso pesado. Se alejó, y yo volví a suspirar, escuchando todo a mi alrededor, y pensando.
