Capítulo I.

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La torre de piedra de la Casa Vaelarys estaba más silenciosa de lo habitual aquella mañana. El viento del mar golpeaba suavemente las ventanas altas, llevando consigo el olor salado del Mar Angosto.
Un sirviente recorrió los pasillos llamando una a una a las hijas de Lord Maeron Vaelarys.
—Mi señor pide la presencia de toda su progenie.— así abarcó 14 habitaciones con catorce damas.
Una tras otra fueron llegando.

Primero las mayores, luego las más jóvenes, algunas aún medio dormidas, otras susurrando con curiosidad. Trece hijas en total. Trece muchachas de distintas edades, pero unidas por una misma sangre y una misma casa cuyo emblema —un dragón plateado enrollado sobre un pergamino negro— colgaba en los tapices del corredor.
La última en entrar fue Saelyra Vaelarys, la mayor.
Alta y esbelta, con un porte sereno que durante años había hecho pensar a todos que algún día gobernaría aquella casa. Su cabello era oscuro, casi negro, algunos ,echo es blancos los más rebeldes de su ondulado cabello y en las puntas brillaba el rasgo más peculiar de los Vaelarys un tono azul profundo, una mezcla entre el color del mar y la oscuridad de la noche. Aquella señal era antigua en su linaje y rara vez pasaba desapercibida.
Vestía, como casi siempre, telas plateadas y azules, los colores de su casa.
Cuando las trece estuvieron reunidas, el maestre abrió las puertas de la cámara principal.
Dentro, la luz de la mañana se filtraba entre cortinas claras.
En el lecho descansaba Lady Elira Vaelarys, pálida por el parto horas de sufrimiento, pero muy orgullosa en sus brazos sostenía a un recién nacido envuelto en antas.
A su lado estaba Lord Maeron Vaelarys.
El señor de la casa parecía cansado, pero sus ojos brillaban con una alegría difícil de ocultar.
—Hijas mías —dijo con voz grave—. Hoy la Casa Vaelarys recibe una bendición.
Se acercó al lecho y tomó con cuidado al niño.
—Este es vuestro hermano.
Las hermanas intercambiaron miradas. Algunas sonrieron, otras no hicieron más que  observa en silencio.
—Su nombre es Vaeron Vaelarys —continuó—. Nombrado en honor a mi padre.
El silencio que siguió fue leve, casi imperceptible.
Todos sabían lo que significaba.
Durante años, la casa había esperado un hijo varón y casi durante los mismos años, Saelyra había sido educada como heredera.
Los ojos de las doce hermanas se volvieron hacia ella Saelyra sostuvo la mirada de su padre… y sonrió  una sonrisa amable no tensa ni forzada fue tranquila, luego inclinó ligeramente la cabeza ell gesto bastó.
Las hermanas sonrieron al menos las mayores, que estaban tensas  volvieron a respirar, pronto la habitación se llenó de murmullos y felicitaciones.
Lord Maeron observó a su hija mayor en silencio durante un momento y después de un rato, cuando las muchachas comenzaron a retirarse y la emoción del nacimiento se calmó, él hizo un gesto.
—Sael. Quédate un momento.
La puerta se cerró tras la última hermana.
El bebé dormía ya en brazos de su madre, y el maestre murmuraba instrucciones al fondo de la habitación.

Lord Maeron caminó lentamente hasta la ventana.
—Dime la verdad, hija —dijo finalmente—. ¿Estás de acuerdo con esto?
Saelyra se acercó a su lado.
Miró el mar por un instante antes de responder.
—Sí, padre.
Él la estudió con atención.
—Durante años te preparé para gobernar esta casa.
—Lo sé.
—Muchos pensarían que te he reemplazado.
Ella negó suavemente con la cabeza.
—No me considero reemplazada.
Hubo una pausa breve.
—Nunca fue mi deseo ser heredera —añadió con calma.
Eso hizo que su padre frunciera ligeramente el ceño.
—Entonces dime… —preguntó con voz más suave—. ¿Cuál es tu mayor deseo?
Saelyra no necesitó pensarlo. —Conocimiento.
La palabra salió con una certeza absoluta.
—Quiero aprender todo lo que pueda del mundo —continuó—. Estadística, finanzas, medicina… historia… todo lo que exista en nuestros libros.
Sus ojos brillaban ahora con una intensidad tranquila.
—Siempre quise saber cómo dar buenos consejos cómo comprender los problemas antes de que se vuelvan guerras.
Lord Maeron la escuchaba en silencio.
—También quise aprender a pelear —añadió con una leve sonrisa—. Y usted nunca me lo negó.
El señor de la casa dejó escapar una risa baja.
—No te negué nada que no hubiera negado a un hijo.
—Lo sé.
Saelyra miró hacia el lecho donde dormía el recién nacido.
—Ese lugar siempre le perteneció a él —dijo—. Naciera hoy o dentro de diez años.
Luego volvió a mirar a su padre.
—Si no hubiese nacido, yo habría guiado a nuestra casa, con gran gusto pero no es algo que desee por encima de todo.
Lord Maeron guardó silencio un largo momento.
—Entonces… —dijo finalmente—. Si te pregunto qué quieres hacer con tu vida…
Saelyra respondió con una serenidad absoluta:
—Vivir.
Después añadió:
—Y servir.
Su padre la observó como si la viera por primera vez era su preciosa hija una mente libre.
Lord Maeron puso una mano sobre el hombro de ella.
—Entonces tendrás todo el conocimiento que desees.
El señor de la Casa Vaelarys estaba sorprendido. Nunca nadie había encarnado tanto el lema de su casa —fuerza, conocimiento y lealtad— como aquella muchacha.
Ni siquiera él mismo.
Recordó entonces el día en que nació.
La primera esposa de Maeron había tomado a la recién nacida entre sus brazos y, después de observarla en silencio, había dicho:
—La llamaremos Saelyra.
Cuando el maestre preguntó el motivo, ella había respondido con una calma orgullosa:
—Porque este nombre significa bendecida en conocimiento.
Lord Maeron no lo había entendido del todo en aquel momento.
Ahora sí.
Y mientras observaba a su hija mayor, delgada, elegante, con aquel extraño cabello oscuro que terminaba en azul marino como las aguas profundas del Mar Angosto, comprendió algo más.
Aquella muchacha no estaba destinada a gobernar simplemente una casa.....

A second force, a second flame (Valarr Targaryen)Stories to obsess over. Discover now