La llegada

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El viejo autobús interurbano traqueteaba como si fuera a desarmarse en cada curva de la montaña. Noah y Oliver eran prácticamente los únicos pasajeros, aparte de una señora que dormía contra la ventana y dos hombres con gabardinas largas que no habían despegado la vista de sus maletines desde que subieron.

—Sigo sin creer que el conductor nos dejara meter las bicis gratis —susurró Oliver, ajustándose su gorra negra con la estrella dorada hacia atrás. Llevaba una camisa roja de cuadros desabrochada sobre una camiseta gris, un estilo que contrastaba con el aire serio de su hermano—. Papá tenía razón, ya nos ve como adultos. Aunque si fuera por mamá, estaríamos viajando en una burbuja de plástico con GPS hasta en las medias.

Noah no respondió. Estaba concentrado en una pequeña pantalla táctil que él mismo había ensamblado.

—Algo no va bien. El GPS dice que estamos a tres kilómetros mar adentro —dijo Noah, frunciendo el ceño tras sus lentes—. No es un error de satélite, es como si este sector estuviera borrado del mapa. Parece una neblina, una neblina administrativa.

Cuando el bus los dejó en el cruce, el aire cambió. No olía solo a pino; había un rastro metálico, como el ozono antes de una tormenta. Bajaron sus bicicletas y ajustaron las pesadas mochilas en las rejillas de carga. Noah sacó un mapa de papel arrugado con anotaciones en tinta roja.
—El mapa de la tía dice que hay que seguir la costa hacia la derecha para llegar al hotel —dijo Noah, señalando las líneas a mano—. Pero mi sensor detecta un pulso de banda ancha justo en ese sendero de la izquierda, detrás de esa línea de musgo.
Oliver miró el camino de la izquierda. El musgo allí era de un verde esmeralda fosforescente, formando una frontera perfecta que cruzaba el asfalto viejo.
—Yo voto por seguir el rastro Tecnológico. Si nos perdemos, al menos tendremos una conexión que hackear.

Noah le dice que por hacer un curso de YouTube de 3 horas de como hackear no significa que podrán hacerlo así porqué si pero que igual irán.

Pedalearon hacia la izquierda, ignorando un letrero de piedra tan cubierto de vegetación que cualquier advertencia era ilegible.

El sendero los llevó hasta una formación rocosa cuya entrada era un arco perfecto, demasiado simétrico para ser natural. Dentro, el aire era frío y denso. Al fondo, sobre un nido caótico de ramas y restos orgánicos, descansaba una bestia que desafiaba la biología: un Arctodus de tres metros, un oso prehistórico de pelaje grisáceo y grandes garras.

Pero lo que les heló la sangre fue un detalle absurdo: el oso llevaba una corbata roja de seda anudada al cuello y abrazaba un maletín de cuero negro.

Oliver se acercó de puntillas, atraído por el brillo de la terminal de campo que asomaba del maletín. En cuanto rozó el cuero, el oso abrió un ojo.

un iris azul eléctrico con una pupila que roto de manera antinatural se fijo en ellos.

La persecución fue un estallido de adrenalina. Los chicos volaban sobre sus bicis mientras el oso ganaba terreno con zancadas pesadas que hacían vibrar el suelo.

Al llegar al límite del camino, donde el musgo brillante marcaba la salida del bosque, los hermanos frenaron debido a una curva.

El oso se lanzó en un salto masivo, pero al cruzar la línea invisible del musgo, chocó contra el aire con un estruendo de estática azul.

Oliver, por puro reflejo, le lanzó un chorro potente de su botella de agua mientras la bestia intentaba recuperarse del impacto contra la barrera. El agua hizo contacto con el panel oculto bajo la corbata roja.

Un chirrido de estática rompió el silencio. Una voz sintética y plana brotó de la garganta del oso:
—Error de Protocolo 404: Fuera de jurisdicción. Reiniciando sistema de contención...

Chispas azules brotaron de sus orejas y la criatura se desplomó como un peso muerto de metal y pelo, dejando escapar un hilo de humo negro.

—¿Es... un robot? —Oliver se quedó boquiabierto, viendo los cables bajo la piel sintética desgarrada.
—Vámonos de aquí —dijo Noah, pálido—. Esa cosa no se ha roto, solo se está bloqueando.

Minutos después, llegaron al complejo de la tía Helena. Era un hotel de madera imponente con un teleférico que bajaba hacia la playa.

Helena los recibió con un impermeable amarillo debido a la llovizna que había. En el muelle, Leo (17 años) revisaba los motores del teleférico con cara de pocos amigos, mientras abajo, en la orilla, Noah divisó a Maya caminando con su tabla de socorrista. Se quedó mudo.
—Sisi, es linda —se burló Oliver, dándole un empujón—. Pero cierra la boca que se te van a meter las moscas,
ahora ayúdame a abrir este maletín.

Desde la cima más alta, el viejo Silas bajó sus binoculares y sonrió entre las sombras de los pinos.
—Ya están aquí —susurró—. Los ojos eléctricos por fin tienen competencia.

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⏰ Last updated: Mar 16 ⏰

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