La sombra de tus sueños.

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De los mayores dolores que puede sentir un hijo en su vida, creo que el más profundo es el de no ser el orgullo de sus padres. Un tanto por desahogo y otro tanto a modo de denuncia, te vengo a contar mi historia.
   Llegué al mundo un invierno frío de 1995 entre enfermeras y médicos que, según me contaron, admiraban mi belleza. Una cesaria rigurosamente realizada en el cuerpo de la mujer que le rogó con todas sus fuerzas al universo poder traer un hijo al mundo. Una cesaria a la mujer que cuando intentó quedar embarazada, la vida le plantó un no delante de sus ojos con una enfermedad compleja, mortal. Una cesaria a la mujer que, aún sabiendo que podría morir, luchó de manera incansable para conseguir eso que tanto quería.
   Pasaron los días, los meses, los años, y aunque la mujer, mi madre, había conseguido lo que más anhelaba, no pudo parar de luchar. Disfrutó los primeros días conmigo y ni bien pudo tuvo que salir a buscar el pan para la mesa, porque entre sus malas decisiones, la peor que tomó en su juventud fue a su marido, mi padre. Hombre desesperante, eterno padeciente de su propia existencia y especialista en esquivar la actividad que mi madre practicaba aunque su cuerpo no pudiera más: trabajar. Fue así que mi infancia fue repartida entre mi abuela, la segunda mujer que más me amó en la tierra, y mi madre, la que muchas veces resignaba pasar tiempo conmigo porque la economía solo dependía de ella.
   El inicio de la escuela primaria fue el comienzo de este malestar. Como mencioné, fui una hija deseada, buscada y por sobre todas las cosas, idealizada. La criatura que se formó en un vientre inestable, que logró sobrevivir - o ser sostenida -, y que llegó al mundo siendo la bebé más linda de la clínica, debía ser perfecta. Sí, ni más ni menos. Mi madre esperaba de mi la perfección, pero principalmente en uno específico: el estudio. Aún recuerdo como en esa época las exigencias eran disfrazadas de chistes: si me sacaba un ocho, me felicitaba para luego mencionarme que un nueve hubiera sido mejor; si me sacaba un nueve las felicitaciones eran más amplias, claro, pero... "mejor hubiera sido un diez". Mejor ni hablar de mis temores cuando las notas eran regulares o bajas, porque en ese momento la mujer más amorosa del mundo se convertía en un ser diferente, alguien que a su discurso de siempre agregaba que había que estudiar para ser alguien en la vida (acaso yo ya no era alguien?), y me clavaba una mirada fría, penetrante, que me helaba la sangre.
   El inicio de la escuela secundaria fue el comienzo de sus recuerdos anecdóticos. Se pasaba largos ratos contándome sus hazañas de estudiante, sosteniendo que era súper inteligente para sus profesores pero que ella prefería disfrutar siendo la canchera del curso, la que manejaba a la "manada", la que se llevaba materias y estudiaba una noche antes para obviamente aprobar, la que jamás mostraba un boletín y falsificaba firmas. Terminaba sus relatos con advertencias, con amenazas de encierro todo un verano si me llevaba una sola materia, porque mi única obligación era estudiar "para no terminar como ella". Debía ser buena alumna, para calificar como buena hija. Debía terminar la escuela en tiempo y forma, para hacer una carrera en tiempo y forma. Pero para su desgracia, mi paso por la secundaria no fue lineal como ella deseaba ya que fui la alumna que se llevó materias, arrastró previas e incluso recibió su título un año después. Todavía recuerdo el dolor y la angustia que me hacía sentir cuando me ignoraba por no aprobar el recuperatorio de una materia que me costaba entender.
    Mi etapa de universitaria fue compleja. Desde el desconocimiento elegí una carrera que creí amar, pero no entendía. Una carrera que llevaba disciplina y horas de estudio, cosa que yo, siendo honesta, no le ponía porque no lo disfrutaba y además, trabajaba todos los días de un comercio de mala muerte. Mi primer año fue un desastre y los siguientes igual, hasta que finalmente la abandoné. No podía seguir mintiéndole a mi madre sobre mi progreso, ni mintiéndome a mí misma. Quería dejar de sentir miedo ante sus ojos amenazantes y llegado el caso, trabajar tranquila, pero de alguna forma la manipulación seguía latiendo en mi pecho. Ese "para ser alguien en la vida tenes que tener un título" me picoteaba incansablemente la mente y el corazón. 

   Al año siguiente decido comenzar una carrera terciaria, un profesorado. Aún recuerdo sus lágrimas al escuchar mi noticia, como si su cuerpo manifestara que todavía existía esperanzas de que la hija perfecta cumpliera con el mandato principal: el título. Su desgracia floreció nuevamente. Luego de un primer año en el que trabajé como siempre y de lo que pude, con todas las cursadas aprobadas y finales por rendir, mi vida y supongo que la de todos, se vio sacudida de pies a cabeza.  Transcurría el año 2020 y en el mes de marzo los noticieros nos anunciaban una pandemia a nivel mundial. Sólo pudimos volver a la realidad estudiantil de manera virtual, con cursadas por zoom y finales por videollamada. La lógica de mi madre es que si no podía salir, sólo me podría dedicar a estudiar, pero la realidad es que ni bien pude volví a trabajar. 

   En el año 2021 y por tres años trabajé en otro comercio, también de mala muerte, con un mal sueldo, de lunes a lunes y con un franco semanal. No es que yo haya querido elegir siempre mal mis trabajos, es que la realidad para los que estudiamos y trabajamos nunca es color de rosas. Lo único que me mantenía ahí adentro, era la idea absurda de que mi jefe me acomodaba los horarios para cursar unas materias. Hacía lo que podía, como podía y aunque me mataba la culpa, lo que quería, mientras escuchaba las comparaciones de siempre, como que el nieto de fulana ya se había recibido y que era el prodigio de la universidad, o que la hija de mengano ya se había recibido porque obviamente había llevado la carrera al día. Por mi parte, era trabajadora, muy buena, muy respetuosa, muy  compañera, muy, muy muy... pero estaba atrasada en la carrera. 

   Actualmente estoy a punto de comenzar mi último año. Adeudo materias, seis para ser exacta. Una del 2020, otra del 2021, las otras de años siguientes. Algunas las dejé pasar por miedo e inseguridades que traté en terapia y a veces vienen a visitarme, aunque mamá sostenga que son pavadas porque "yo puedo hacerlo", porque "yo sé". A veces quisiera explicarle que muchas veces no puedo, que muchas veces no sé y que infinitas veces pienso que sería lindo recibirme porque la carrera me gusta, pero a su vez tampoco le encuentro mucho sentido. muchas veces quiero preguntarle si mi percepción es errónea o si ella realmente no se siente orgullosa de mí por seguir incompleta. 

   La realidad de este escrito surge, como mencioné al principio, a modo de desahogo, denuncia si se quiere, y reflexión. ¿Realmente una persona necesita un título para ser alguien en la vida? ¿es realmente necesaria la formación profesional para ser un pleno merecedor de respeto y orgullo ante un padre exigente? ¿o acaso lo cierto de estos tipos de progenitores es que proyectan su vida inexistente, el éxito no obtenido por bajos recursos o pasos erráticos de la juventud, en nuestra vida? Son muchos los interrogantes y enormes los momentos de malestar o dolor, pero realmente te sentís insuficiente frente a la persona que más amas en la vida y que más te ama, aunque te vea imperfecta. Porque sí, mi pensamiento se vuelve dual al pensar que mi mamá es muy buena, porque siempre me dio amor y todo lo que me hizo falta, pero que en este tema es egoísta, caprichosa y manipuladora. 

   Querido lector, si llegaste hasta acá sólo puedo decirte gracias. Estos escritos, por poco que sean, forman parte de mí. Este en particular elijo contarlo, materializarlo en esta plataforma, con el fin de que mi mente fluya, vuelva a él cuando quiera y para que vos, lector, puedas conocerme un poco más, incluso sin conocerme.  

La sombra de tus sueños.Cerita yang bikin terobses. Temukan sekarang