Cruz

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El peso que siente a sus espaldas es inmensa, como mil toneladas de peso en oro. El dolor que no se calma y parece solo querer atormentarlo para toda la vida lo está matando.

¿Que era de aquel buen hombre?

Quien entre latigazos murio y sufrió, aganizo y tembló. La terrible condena en la que vivió, sigue queriéndole recordar año tras año el absurdismo de su vida, como si la vida quisiera dejarle claro cual fue su propósito en la tierra.

¿Vivir?, ¿disfrutar?
Claro que no, aquellas dagas que se clavan en su piel, que le destrozan la vida y el alma. Que desgarra por dentro sin piedad alguna.

Carga aquella cruz durante tanto tiempo, que parece enfermo cuando siente felicidad. ¿Que le sirve ser feliz si no está vivo?

A veces se pregunta cuándo murió realmente.

Porque hubo un día -lo sabe- en que algo dentro de él dejó de respirar.
No fue un día grandioso.
No hubo tormentas, ni gritos heroicos, ni despedidas dramáticas.

Fue silencioso.
Tan silencioso que ni siquiera él lo notó.

Solo un pequeño quiebre.
Un hilo que se rompió en lo más profundo de su pecho.

Y desde entonces... todo fue arrastrarse.

Respira, sí.
Pero respirar no es vivir.

Su corazón late como una condena, no como un milagro.
Cada latido es un recordatorio cruel de que sigue aquí, atrapado en una carne que ya no quiere habitar.

El mundo sigue moviéndose con una normalidad insultante.
La gente ríe.
La gente ama.
La gente sueña.

Y él...

Él observa como un espectro pegado a la vida que ya no le pertenece.

A veces intenta recordar cómo se sentía ser feliz.
Pero el recuerdo es borroso, como un sueño olvidado al despertar.

Porque la felicidad ahora le duele.
Le enferma.
Le provoca una náusea profunda, como si su propio cuerpo rechazara cualquier intento de alivio.

¿Cómo podría permitirse algo tan obsceno como la paz?

Cuando su alma parece un animal abierto en canal.

Cuando cada recuerdo es una garra que vuelve a hundirse en su carne.
Cuando cada noche es un tribunal donde sus pensamientos lo juzgan, lo condenan y lo obligan a revivir cada error, cada pérdida, cada momento en el que debió morir...

pero no murió.

Esa es la verdadera crueldad.

No el dolor.
No la pérdida.

Sino la supervivencia.

Seguir aquí cuando todo dentro de ti ya se pudrió.
Seguir respirando cuando tu espíritu fue enterrado hace años.

Y aun así...

Aun así camina.

Como un cadáver que olvidaron sepultar.
Como una cruz que se niega a caer al suelo.

Arrastra los pies, arrastra los días, arrastra su nombre...

y carga con el peso insoportable de saber

que el hombre que alguna vez fue

ya no existe.

Y lo más terrible de todo

es que nadie parece notarlo.

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