El taxi se detuvo frente a la terminal con un suspiro del motor, como si también estuviera cansado de la ciudad. Yo llevaba la frente apoyada en la ventana, sintiendo el frío del cristal mientras veía cómo Roma se alejaba en un retroceso lento, casi dramático. Las fachadas ocres, los balcones llenos de plantas, los scooters que parecían tener vida propia... todo se iba quedando atrás. Y yo, sinceramente, no estaba lista para despedirme.
Roma tenía ese efecto en mí: me hacía sentir que estaba dentro de una película, incluso cuando solo estaba caminando hacia una heladería. Y ahora, después de una semana entera de vacaciones —crucero incluido—, volver a Madrid se sentía como despertar de un sueño demasiado bonito.
—Ruby, cariño, baja ya —dijo mi madre desde la puerta del taxi, con ese tono que mezcla cariño y prisa.
—Voy... —murmuré, aunque mi cuerpo no parecía muy convencido.
El aire frío de febrero me golpeó en la cara en cuanto puse un pie fuera. Ese frío seco que te despeja de golpe, como si te dijera: "Se acabó la fantasía, bienvenida a la realidad." Me subí la cremallera de la chaqueta y me quedé un segundo mirando la terminal. Era enorme, moderna, llena de cristales que reflejaban el cielo gris. Y aun así, había algo acogedor en el caos de maletas, carros y gente que iba y venía.
Mi padre estaba sacando el equipaje del maletero del taxi, mi madre revisaba los pasaportes por quinta vez, y mi hermana pequeña daba vueltas sobre sí misma como si fuera un trompo humano. Yo solo quería un café. O dormir. O ambas cosas.
Arrastré mi maleta pequeña, que hacía un ruido horrible sobre el pavimento, y avancé hacia la entrada. El aeropuerto tenía ese olor inconfundible a café caro, perfume de duty free y aire acondicionado. Y mientras caminaba, me invadió esa sensación rara de fin de capítulo. Como cuando cierras un libro que te ha gustado demasiado y te quedas mirando la portada sin saber qué hacer con tu vida.
La semana había pasado volando. Tan rápido que ni siquiera había tenido tiempo de procesar todo lo que había vivido. O todo lo que había sentido. O todo lo que había mirado... y todo lo que me había mirado de vuelta.
Porque sí, había algo que no lograba sacarme de la cabeza: unos ojos. Oscuros. Intensos. De esos que te miran como si te conocieran de antes. No sabía por qué los recordaba. Ni por qué habían vuelto a mi mente justo ahora, en medio de un aeropuerto frío y lleno de gente. Pero ahí estaban, como si hubieran decidido acompañarme hasta el final del viaje.
Entramos a la terminal y el aire caliente me empañó las gafas. Me las quité, limpiándolas con la manga mientras intentaba no chocarme con nadie. La gente caminaba con prisa, como si todos tuvieran destinos súper importantes. Yo, en cambio, solo tenía sueño y un ligero sentimiento de nostalgia que no sabía de dónde venía.
—Vamos al check-in —anunció mi padre, como si fuera el guía de una excursión escolar.
Yo asentí, aunque en realidad no estaba escuchando. Mi mente estaba en otra parte. En Roma. En el crucero. En los ojos. En todo lo que había pasado y en todo lo que no había pasado.
Y entonces, justo cuando estábamos entrando a la zona de check-in, mi móvil vibró.
Lo saqué sin detenerme, esperando un mensaje de alguna amiga preguntando qué tal el viaje. Y sí, era una amiga. Clara.
CLARA: Tíaaaa ¿sigues viva o te casaste con un italiano?
Sonreí sin querer. Clara siempre sabía cómo sacarme una sonrisa.
Ruby: Estoy viva. De momento. Y no, no me casé con nadie...aún.
Clara: JAJAJAJAJAJA Bueno, cuéntame algo. ¿Qué tal el crucero? ¿Qué tal Roma? ¿Qué tal TODO?
KAMU SEDANG MEMBACA
¿Casualidad o Destino?
Fiksi PenggemarRuby nunca creyó en las casualidades... hasta que unos ojos empezaron a perseguirla sin querer. Primero fue un cruce de miradas en un lugar ramdom. Luego, un aeropuerto lleno de gente. Y después, una simple frase que cambió el rumbo de su viaje. Luc...
