No recuerdo el cómo llegué aquí. No recuerdo nada... solo tengo un extraño dolor de cabeza que no me deja en paz. A veces, en medio de esa punzada insoportable, recuerdo pequeños fragmentos de mi vida. ¿Anterior?
—¿Anterior...? —le susurré a mi sombra, como si esperara que esta respondiera.
Me levanté. Bajé las escaleras que chirriaban como si protestaran con cada paso. Tomé el hacha, y como siempre, me dirigí al manzano que está pasando el enorme campo de trigo.
Hay pocas cosas que recuerdo claramente.Cuando llegué aquí, tenía hambre... sed... y lo único que encontré para usar fue... ¿un enterizo rosa? Estaba tirado en el suelo, cubierto de manchas secas de barro y tierra pegada, como si hubiera sido usado por alguien que jamás volvió. Era usar eso o quedarme desnudo... con esa cabeza de perro rosada, colgada en la pared como un trofeo macabro.
Tenía los ojos negros, hundidos y vacíos, y una sonrisa cosida que no se borraba. Cada vez que la miro siento que respira... y que me espera. No sé por qué.No pienso volver a tocarla.
—Y también estaba el hacha. Tirada en el suelo... como si me estuviera esperando. —Esta vez, mi sombra sí respondió... o al menos eso creí yo.
Sin más y sin otro lugar a donde ir, llegué al manzano. Siempre tiene manzanas frescas y brillantes, demasiado perfectas, casi encantadoras. Parecen llamarte sin palabras, como si supieran exactamente cómo tentar a un estómago vacío. Su piel brilla como si estuviera húmeda... pero no lo está. Y cada mordida que imagino, se siente... tibia.
Lo que daría por algo de carne ahora mismo.
No carne cocida. No carne cualquiera. Carne... tibia, palpitante, como si todavía respirara entre mis dientes.
Pero tú... te estarás preguntando por qué no me voy más allá de esta casa horrible, vieja, casi en ruinas. No creas que no lo intenté. Lo intento cada día. Pero hay algo... como un domo invisible, que permite que todo entre... pero nada salga.
Y como todos los días, ya está oscureciendo. Será mejor regresar. Porque ahora empezarán a salir ellos.
—¿Que quiénes son ellos?¿No los ves...?
Esas criaturas extrañas, delgadas, casi huesudas. Su piel parece necrosada y seca, como si se estuviera cayendo en pedazos. Sus ojos huecos, sin vida, brillan cuando no hay luz. Cada noche intentan salir de aquí. Cada noche fracasan... igual que yo.
—Ellos... —susurró Lost, mirándote directamente, como si pudieras entenderlo.
Entonces, al compás del sol ocultándose, las criaturas comenzaron a surgir del suelo, retorciéndose, corriendo hacia el lado contrario del cielo sangrante.
Y no solo eran ellas, sombras finas y quebradas se arrastraban detrás, moviéndose como enjambres de insectos, trepando por la tierra, los muros y el aire mismo, como si buscaran un cuerpo que habitar.
Mientras me abría paso entre las sombras, intentó correr. Hacia el granero... siempre el granero. Las criaturas rugían sin garganta, y susurrando incoherencias.
Llegué jadeando, con los pulmones ardiendo y las piernas temblorosas por el esfuerzo de abrirme paso entre ellos.
Todavía puedo sentir el hedor pegado a mi piel, un olor rancio, como a carne podrida fermentada bajo el sol. Es asfixiante.
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La Última Torre
AventuraEs una epopeya trágica sobre extinción, supervivencia y el costo real del poder, ambientada en un universo donde la evolución fue arma, la inmortalidad es maldición, y las únicas victorias son aprender a vivir con la pérdida.
